
Derrelictos. Objetos abandonados en el mar. Hundidos o flotando a su suerte. ¿No es esa es la condición de todos en estos lares? Una legión de mensajes abandonados adrede en la red para marcar un punto, indicar una dirección, sugerir una historia, obligar a detenerse o a dar un rodeo.
Junto a la de acepción de “cosa abandonada” anida la de “cosa menospreciada”. ¿Menosprecio por lo que está a salvo en tierra firme, muy cómodo en su camita y comiendo papillita para no desalinearse la dentadura?
(Aquí debo advertir sobre una tendencia muy personal. A menudo, mientras otros intentan cabalgar sobre la cresta de la ola, anotándose en “lo último” o cruzando apuestas sobre lo que vendrá, a mí me da por viajar en sentido contrario y rebuscar entre lo que quedó atrás, valioso, inadvertido, o empañado por la bruma del tiempo. Me entretiene echar un vistazo entre las huellas invisibles que, en su “manoseo”, han dejado las miradas de otros).
Entonces rebusco derrelictos. Soy una “cultora” de derrelictos.
Una buena motivación es “porque se me antojó”. Otras: la excusa del eclecticismo. Hacer terapia contra mi habitual pichirrez de palabras, imitando a esas buenas personas que practican el sano deporte de “tener una opinión para todo” (incluso para lo que no les interesa).
Hora de subir el primer post. ¿Primera reacción? Autosabotaje. Preguntarme si, a estas alturas del partido, vale la pena abrirse un blog. ¿No hay ya demasiada gente que cree que tiene algo que decir y, en efecto, lo dice, exponiéndose con alegría a que la ametrallen? ¿Realmente tengo algo que añadir al coro? ¿Será tarde para arrepentirme de haber engrosado la lista? Abrir una ventana no siempre es buena idea… Sobre todo si se está sumergido en el mar.
Esto que empieza como un monólogo, ¿devendrá en alguna clase de diálogo? ¿Un diálogo de sordos, por ejemplo? Sí, allí donde se cruzan ideas y frases al garete con denodada mala educación; allí donde las frases ajenas son “el enemigo”, como lo planteaba Breton en su Manifiesto Surrealista. En cierto modo, todos padecemos del síndrome de respuestas marginales de Ganser, en el que cualquier contestación parece válida para cualquier pregunta. “Este modo de hablar no permite abordar el fondo de la cuestión”, decía Breton. Y de eso va el asunto: de revolotear, de cernirse reflexivamente, sin llegar nunca al fondo, sin aceptar la posibilidad de que ese fondo exista. Este método para “parir ideas” parece más eficaz que la mayéutica, la libre asociación y los oxigenadores cerebrales. Podríamos llamarlo “irse por la tangente”… Que es más o menos lo que estoy intentando hacer aquí, en mi preocupación por que este post inicial suene a cualquier cosa, menos a bienvenida o declaración de principios.