La tecnología avanza y las malas mañas proliferan, dando pie a un cambio de prioridades y de estrategia. Para comprobarlo, basta con comparar las instrucciones, sugerencias o advertencias que los productores fonográficos solían incluir en las contracarátulas y fundas internas de los discos de mis padres y lo que ponen en los CDs y DVDs que yo compro en estos días.
“This London ffrr long-playing record was recorded under an exclusive process and bears the trademark ffrr on the front cover. Look for this sign

It is your guarantee of the finest quality phonograph record available anywhere in the world” (Kempff, Fistoulari y la Orquesta Sinfónica de Londres, Conciertos para piano 1 y 2 de Liszt, años 50). En resumen, si no tiene la orejita, es mejor que no lo compres. Muéstrale fidelidad a la marca que te ofrece la más alta fidelidad.
“This recording should be played only with a Stereo Cartridge & Stylus” (Paul Kletzki y la Orquesta Filarmónica de Viena, Sinfonía Nº 1 “Titán” de Mahler. Angel, 1961). Si no tienes un Cartridge & Stylus, no estás en nada. Regala el disco y/o suicídate.
“Columbia Stereo Players can be placed on today’s mono record players with excellent results. They will last as long as mono records placed on the same equipment, yet will reveal full stereo sound when placed on stereo record players” (Watts, Bernstein y la Filarmónica de Nueva York, Concierto Nº 2 en si bemol de Brahms, 1968). ¿Cómo podían sobrevivir esas gentes prehistóricas sin dolby surround, ni subwoofer, ni super bass, ni sonido en profundidad 3D? Qué horror.
En los ochenta, cuando los CDs eran aún un soporte incipiente, te anunciaban con orgullo en el booklet que la Humanidad había alcanzado otra cumbre técnica: “The Compact Disc Digital Audio System offers the best posible sound reproduction –on a small, convenient sound-carrier unit. The Compact Disc’s remarkable performance is the result of digital playback with laser optics. For the best results, you should apply the same care in storing and handling the Compact Disc as with conventional records”. (Orchestral Maneouvres in the Dark, Junk Culture, 1984). Por esa época, Brian Eno explicaba en Ambient 4: On Land cómo elaborar un sistema de tres salidas, añadiendo una corneta adicional a tu equipo esterofónico para tener una experiencia distinta de su música.
En 1992, Big Black, la banda de Steve Albini, advertía en Songs About Fucking: “This compact disc is made from analog masters recorded without noise reduction. Half the tracks, in fact, were recorded in a dismal, cheap basement eight-track studio with puddles of water on the floor. Digital technology will now faithfully reproduce those noisy, lo-fi masters for you at great expense”.
Y en 1993, In Utero, de Nirvana, ofrecía una indicación gráfica para garantizarle a sus fanáticos un mejor disfrute de la obra (o el producto, según se le vea):

Hmmm... Pero, de un tiempo para acá, el tono es otro. No el de los artistas, sino el de las disqueras. No salimos del logo y el mensaje policíaco: “FBI Anti-Piracy Warning: Unauthorized copying is punishable under federal law” (Vanessa Carlton, Harmonium, por mencionar uno, pues es omnipresente).
También está ese recurso inútil con la que la industria se protege (y les importa un bledo si el que paga por el disco experimenta dificultades técnicas): “This disc contains Copy Control technology. On some equipment, for example, CD car players, playback problems may be encountered” (Air, Talkie Walkie, entre muchos otros).
O el regaño para hacerte sentir como un matapollitos: “Using Internet services to distribute copyrighted music, giving away illegal copies of discs, or lending discs to others for them to copy is illegal and does not support those involved in making this piece of music – especially the artist. By carrying out any of these actions it has the same effect as stealing music” (Patricia Barber, Live: A Fortnight in France).
O sea: el público y el comprador son tratados como potenciales delincuentes digitales.
“Si intentas copiarme, me autodestruiré en diez segundos”. Me temo que hacia allá se mueve este molesto asunto, aunque lo más probable es que en el futuro no haya discos de ninguna especie, y con suerte, tampoco habrá Planeta Tierra, ni gente apurada por saltar a la Siguiente Gran Innovación. Sólo quedará el recuerdo de nuestra civilización suspendido en el éter, con sus emanaciones mefíticas, uno que otro satélite chatarra y el ícono del perrito de la RCA Víctor como partículas dispersas del Gran Espíritu, girando al revés en los fonógrafos de Hades que nos adentran en el poema de Crane.