viernes, 31 de agosto de 2007

Rockeando y rodando en la tierra de Hamlet


—Vamos a ver —digo, encarnando a la temida Esfinge. En realidad, estoy frotándome las manos, algo que no creo que la Esfinge haya hecho jamás—. ¿Quién de ustedes puede mencionar, aquí y ahora, diez grandes bandas de rock nórdicas?

(Ninguno de los presentes es sueco, ni danés, ni noruego, ni finlandés, ni minucioso “hagiógrafo” de la All Music Guide, lo que en cierto modo garantiza la “asepsia” de mi encuesta).
—The Raveonettes —empieza uno, entusiasmado—. Ah, claro, y The Hives.

Pssht, creí haber dicho GRANDES, pero dejémoslo así.
—¡Turbonegro! —se le ocurre a otro, y no puedo decirle ni que sí, ni que no, porque en mi vida la había oído mencionar.

Como sea, hasta ahí llegamos. Lo sé por sus caras de estupefacción.
—Rebajémoslo a cinco bandas —sugiero, con una sonrisa misericordiosa.
—¿Abba calificaría para ese renglón? —me pregunta alguien.
—Hum, no —replico, cabizbaja—. Me temo que no.

No se rían, es verídico. Aunque todos vivimos en el mismo árbol (y ahora más amorochados, gracias a la globalización y a Internet), ciertos lugares del mundo como los mentados países de la Península Escandinava, Islandia, Nueva Zelanda, el Yukón y la Patagonia se nos antojan planetas lejanos, bien sea por su proximidad a los círculos polares (qué les diré yo, que estoy en plena zona tropical), por las barreras idiomáticas o porque allí nunca pasa nada. Pero de vez en cuando esos “enclaves de la serenidad” nos dan sorpresas, demostrándonos que rebosan de vida y haciéndonos caer en cuenta de las limitaciones de nuestro cosmopolitismo.

Por eso, cuando les cuente que “Soundgarden ha asomado las narices en Dinamarca”, muchos creerán que se trata de un espejismo, o de un espectro, el padre muerto del príncipe Hamlet apareciendo a medianoche. Tal vez exagero, pero La Mancha (The Toothfairy Label, 2007), el álbum debut de The Royal Highness, me ha devuelto memorias relampagueantes del ya legendario cuarteto de Seattle. Metal en varias de sus vertientes (speed, stoner, death), retrorock, sublime ruido, llámenlo como quieran. La banda jura haber echado en el mismo saco a Led Zeppelin, Queens of the Stone Age, Black Sabbath y The Stooges (y yo diría que participan del sonido denso de algunos vecinos, como Katatonia). Luego, con la mano de Alain Johannes (colaborador y espíritu gemelo de Chris Cornell) metida en la composición de algunos temas, las intenciones se vuelven obvias: ¡The Royal Highness quiere ser como Soundgarden! Y se esmera, aunque por instantes devenga en Nickelback (postgrunge pedestre), o en copycat de Audioslave. Dennis Kasten no alcanza las gloriosas cimas vocales de Cornell (¡faltaría más!), ni goza de su sex appeal, pero en I Know I Will se transfigura milagrosamente, haciendo gala de unos estupendos pulmones mientras la banda se lanza riffs potentes, envenenados con un poquitín de psicodelia.

El próximo 26 de noviembre empezarán a rodar por la Unión americana en una gira que podría llevarlos a la celebridad o a la disolución. En todo caso, pueden chequear algunos tracks de La Mancha en www.theroyalhighness.com y en www.myspace.com/theroyalhighness.

domingo, 26 de agosto de 2007

Julio, el de la mirada torva (1914-1984)

Serio, chiflado, bueno, cruel. ¿Se puede ser todo a la vez, en el plano patafísico, en el astral, en el jocoso, en el plano real? Julio Cortázar era una noria para marear niños grandes, una rareza, un libro descatalogado. Un enorme escarabajo errante en la París suburbana, perdurable como el ocho, esa autola que se muerde la copista y nunca termina, y siempre se enreda. Un maníaco del jazz, un regusto a noche, a uvas, a queso, a relax. Algo perruno, tal vez el ceño, los ojos picasianos, el rostro minotauresco, la mirada torva. Hoy tendría 93 años. Uff. Y pensar que se veía tan serio... Y pensar que, mientras menos serio parecía al hablar, al escribir, al posar para la cámara, más serio era.

sábado, 25 de agosto de 2007

Se acabó lo que se daba


Siempre me ha intrigado un poema de Hart Crane que, coincidencialmente, es el más célebre de toda su obra: The Bridge (1930). Se dice que lo escribió inspirado en la luminosa imagen del puente de Brooklyn, pero, como suele suceder en estas lides, las musas, entre más vergonzosas y socialmente inaceptables, resultan más urgentes de camuflar, y la humanización de objetos o lugares se presta perfectamente a la tarea.

En The Bridge abundan las imágenes poderosas y cautivadoras. Esta nos toma por asalto en la introducción:

The phonographs of Hades in the brain
are tunnels that re-wind themselves; and love
a burnt match skating in a urinal
”.

Sé que al ilustrar este post con un fonógrafo real soy infiel a la complejidad de la metáfora, pero me redime el hecho de que tanto los versos como la fotografía retienen cierto sabor a antiguo, a un tiempo pasado que ya no regresará o que tal vez existe eternamente en otra dimensión. En cuanto a la cerilla quemada... Sabemos que el amor es un monstruo multiforme, que cambia de máscara según las épocas y sus víctimas. Lo que en el siglo XVI fue plasmado en una deliciosa alegoría por Bronzino, Crane nos lo ofrece flotando inane en uno de los sitios más antihigiénicos del siglo XX.

Pero la decadencia del mundo no sólo habla a través de nuestras representaciones líricas del amor. La “moral”, la “piedad” y la “ingenuidad” también se han desfigurado a todo tren en los últimos sesenta años, por decir lo menos. No es que hayan progresado, volviéndose más sofisticadas; ni que se hayan ido a pique: simplemente, ya no son las señoras amigables que conocíamos. Han mutado en nuestras narices, y la biología nos enseña que las mutaciones no son siempre un hecho “feliz”.

Doquiera que antes se hallaba algún detalle encantador, por cándido, bien intencionado u honesto, hoy ha sido reemplazado por una viñeta brutal (bueno, la brutalidad es otra forma de honestidad, no tan agradable como las usuales, pero honestidad al fin). Nosotros mismos tenemos una actitud que deja mucho que desear… Al oír a alguien invocando la “moral y buenas costumbres”, como si se tratara de un dios olvidado, nos entra la comezón… Irritados, le endilgamos esa retórica a las gentes que se precian de un conservadurismo hipócrita, y decimos, con resignación y cinismo: “Bueno, ¿y qué quieren? Así es el mundo en el que nos tocó vivir”.

Como sobadora nostálgica de vestigios culturales, me inquieta un poco el vértigo y la despreocupación con que nos lanzamos a experimentar nuevas y mejores formas. ¿Qué le estamos dejando a los arqueólogos y a los antropólogos del futuro? Nada. Lo único que podrán decir de nosotros es que fuimos “una civilización de la fugacidad, la fagocitosis, la inmediatez, el acelerador de partículas y lo virtual”. Admito que es impráctico engañarse con el opio de que “todo tiempo pasado fue mejor”, pero tampoco deberíamos acostarnos a dormir confiando en que el futuro necesariamente será superior. Y de eso pueden hablarnos con propiedad quienes, allá por los años cincuenta, se quedaron atascados entre su esperanza en la colonización del espacio, su avidez por un relajamiento del protocolo, su reposada y funcional idea de “lo que sería el futuro” y, en definitiva, “lo que terminó siendo” (un locus infinitamente más perverso e interesante). ¿Qué nos legaron, aparte de su arquitectura y muebles “vintage” (el impoluto Estilo Internacional) y sus estupendas páginas de ciencia ficción (profecías distópicas, conjuros contra lo que ahora sabemos que nunca sucederá)?



Esto es lo que hay

El fenómeno del “atasco” es más común de lo que se cree. Ahí está mi madre, echando pestes de las neveras que se fabrican hoy en día y que “no duran nada”. Por más que le explico que las cosas ya no están hechas para durar, sino para renovarlas (fomentando el ciclo periódico del consumo y garantizando la demanda regular de la producción), no logro que me entienda. Mamá, los fabulosos electrodomésticos del pasado, su calidad y sus extensos lapsos de garantía no regresarán, así que no te pongas exquisita y confórmate con lo que te ofrece el mercado por estos días.

Está también este chico, cuyo primoroso Motorola —adquirido apenas el año pasado— rodó accidentalmente por las escaleras. Esperanzado, acude al servicio técnico de su proveedor de telefonía celular, y allí, con cortesía corporativa, le dicen que se olvide, que bote ese “perol” y compre uno más actual, pues esa generación de teléfonos expiró hace seis meses (en tecnología, seis meses equivalen a seis millones de años luz) y está descontinuada, borrada de la historia, pues, y ya no queremos ni acordarnos de ella, así como a veces no queremos ni acordarnos del peinado que llevábamos a los quince años.

Y a propósito de generaciones, aquí estoy yo, mirando —como si se tratara de un partido de ping pong— a los que aseguran que ya se acabaron las letras para denominar las cohortes: primero fue la X, luego vinimos los de la Y, nos siguieron los de la Z, y ahora no se sabe por cuál andamos, cómo se denominarán las próximas. ¿La generación nano, los niños índigo, los neutrinos, los 001010110 (en código binario, o quizás, código de barras)? Tradicionalmente, los intervalos entre generaciones y la duración de su influencia histórica era de quince a treinta años. Ahora me hablan de la generación “post Messenger”, “post You Tube”, y post qué sé yo, basadas en fenómenos tecnológicos y/o sociales que duran poco más que un litro de leche.

Ojo, no me considero “neoludita”, ni “reaccionaria”. Pero a veces tengo la impresión de que, en su volubilidad, la gran fraternidad humana se ha vuelto esquizofrénica. No me marea la velocidad vertiginosa de los cambios, sino el afán de vértigo que encuentro en todos lados y el aprovechamiento superficial de las vivencias.

¿Tienes el poder de duplicarme? Ya no eres mi amigo

La tecnología avanza y las malas mañas proliferan, dando pie a un cambio de prioridades y de estrategia. Para comprobarlo, basta con comparar las instrucciones, sugerencias o advertencias que los productores fonográficos solían incluir en las contracarátulas y fundas internas de los discos de mis padres y lo que ponen en los CDs y DVDs que yo compro en estos días.

“This London ffrr long-playing record was recorded under an exclusive process and bears the trademark ffrr on the front cover. Look for this sign


It is your guarantee of the finest quality phonograph record available anywhere in the world”
(Kempff, Fistoulari y la Orquesta Sinfónica de Londres, Conciertos para piano 1 y 2 de Liszt, años 50).
En resumen, si no tiene la orejita, es mejor que no lo compres. Muéstrale fidelidad a la marca que te ofrece la más alta fidelidad.

“This recording should be played only with a Stereo Cartridge & Stylus” (Paul Kletzki y la Orquesta Filarmónica de Viena, Sinfonía Nº 1 “Titán” de Mahler. Angel, 1961). Si no tienes un Cartridge & Stylus, no estás en nada. Regala el disco y/o suicídate.

Columbia Stereo Players can be placed on today’s mono record players with excellent results. They will last as long as mono records placed on the same equipment, yet will reveal full stereo sound when placed on stereo record players” (Watts, Bernstein y la Filarmónica de Nueva York, Concierto Nº 2 en si bemol de Brahms, 1968). ¿Cómo podían sobrevivir esas gentes prehistóricas sin dolby surround, ni subwoofer, ni super bass, ni sonido en profundidad 3D? Qué horror.

En los ochenta, cuando los CDs eran aún un soporte incipiente, te anunciaban con orgullo en el booklet que la Humanidad había alcanzado otra cumbre técnica: “The Compact Disc Digital Audio System offers the best posible sound reproduction –on a small, convenient sound-carrier unit. The Compact Disc’s remarkable performance is the result of digital playback with laser optics. For the best results, you should apply the same care in storing and handling the Compact Disc as with conventional records”. (Orchestral Maneouvres in the Dark, Junk Culture, 1984). Por esa época, Brian Eno explicaba en Ambient 4: On Land cómo elaborar un sistema de tres salidas, añadiendo una corneta adicional a tu equipo esterofónico para tener una experiencia distinta de su música.

En 1992, Big Black, la banda de Steve Albini, advertía en Songs About Fucking: “This compact disc is made from analog masters recorded without noise reduction. Half the tracks, in fact, were recorded in a dismal, cheap basement eight-track studio with puddles of water on the floor. Digital technology will now faithfully reproduce those noisy, lo-fi masters for you at great expense”.

Y en 1993, In Utero, de Nirvana, ofrecía una indicación gráfica para garantizarle a sus fanáticos un mejor disfrute de la obra (o el producto, según se le vea):


Hmmm... Pero, de un tiempo para acá, el tono es otro. No el de los artistas, sino el de las disqueras. No salimos del logo y el mensaje policíaco: “FBI Anti-Piracy Warning: Unauthorized copying is punishable under federal law” (Vanessa Carlton, Harmonium, por mencionar uno, pues es omnipresente).

También está ese recurso inútil con la que la industria se protege (y les importa un bledo si el que paga por el disco experimenta dificultades técnicas): “This disc contains Copy Control technology. On some equipment, for example, CD car players, playback problems may be encountered” (Air, Talkie Walkie, entre muchos otros).

O el regaño para hacerte sentir como un matapollitos: “Using Internet services to distribute copyrighted music, giving away illegal copies of discs, or lending discs to others for them to copy is illegal and does not support those involved in making this piece of music – especially the artist. By carrying out any of these actions it has the same effect as stealing music” (Patricia Barber, Live: A Fortnight in France).

O sea: el público y el comprador son tratados como potenciales delincuentes digitales.

“Si intentas copiarme, me autodestruiré en diez segundos”. Me temo que hacia allá se mueve este molesto asunto, aunque lo más probable es que en el futuro no haya discos de ninguna especie, y con suerte, tampoco habrá Planeta Tierra, ni gente apurada por saltar a la Siguiente Gran Innovación. Sólo quedará el recuerdo de nuestra civilización suspendido en el éter, con sus emanaciones mefíticas, uno que otro satélite chatarra y el ícono del perrito de la RCA Víctor como partículas dispersas del Gran Espíritu, girando al revés en los fonógrafos de Hades que nos adentran en el poema de Crane.


jueves, 23 de agosto de 2007

Aunque no parezca un pez, quizás lo sea

Hace unos días fueron las mariposas, por cursis y porque se la tenía prometida. Hoy el bingo se lo han ganado los peces. Oh, sí. En mis recuerdos, el cartel incluye al lamentable Flipper (ese Lassie acuático, la estrella de televisión más fácil de reproducir en hule de todos los tiempos) y al bacalao sonriente de la Emulsión Scott, que a duras penas pasaba la rigurosa alcabala de mi garganta entre el desayuno y la ida al colegio. Empero, mi intención no es caerles a pedradas… No a todos. Los peces “reales”, por ejemplo, me simpatizan. De hecho, siempre me ha intrigado todo lo que se mueve bajo el agua, pero nunca me planteé la posibilidad de ser bióloga marina, ni encerrarme en un submarino... A diferencia de buena parte de la Humanidad, los moradores del mar no son una opción bienvenida en mi menú. Encuentro perturbador que, en nuestro idioma, un ser vivo cambie súbitamente de nombre —de pez a pescado— una vez que lo matan y se lo echan a alguien en el plato, en rodajas y cubierto de un primoroso aderezo. Una sutileza lingüística que muy pocos se detienen a considerar mientras la mastican.

La sospecha como método. Cuando tengan un botón, un moco o una piedra entre sus manos, mírenlo bien, porque podría ser un pez, aunque a simple vista no lo parezca. Y es que con los peces sucede como con el jazz: debido a la diversidad de sus rasgos, escapan a cualquier intento de definición certera. No se quedan quietos ni en su esencia, siempre surge una especie al margen de los parámetros regulares, desbaratando el concierto taxonómico perseguido por la clase. Como conglomerado, desafían el principio de contradicción, según el cual “algo no puede ser y no ser al mismo tiempo” (ellos no se enrollan con eso, pues no saben nada de Lógica). En teoría, un pez no debería ser descrito como un “animal vertebrado que puede tener o no tener mandíbulas, que puede tener o no tener huesos, que puede respirar o no respirar fuera del agua”… Y, sin embargo, nada retrataría mejor su naturaleza heterogénea.

Su sangre fría, su vida discreta, su inexpresividad, su rapidez y su mágica suspensión en un medio inhóspito para nuestro sistema respiratorio nos subyugan. ¿Y qué decir de los símiles que sugieren sus cuerpos, esos sintomáticos vuelos de la imaginación divina? Ángeles, payasos, espadas, pájaros... Algunos son osados y burlan la pasividad que prescribe el “deber-ser” del pez: ¿vivir siempre en el agua? “Pssht, qué fastidio”, nos dice el gurami, trepándose a los árboles. ¿Boca oblicua? La del pez rata es casi vertical. Parodiando su propia muerte, el rape usa un anzuelo para pescar peces más pequeños que él. El rodaballo nada de costado y tiene ambos ojos del mismo lado del cuerpo… Ah, pero, los ojos no son problema: ciertas especies abisales carecen de ellos y no los echan en falta.


Quien haya oído hablar de los cormoranes sabrá que hay “peces” que viven en los cielos. En realidad, los cormoranes son pájaros veloces, pero al cruzar el espejo líquido —como cañas de pescar regurgitantes, que es el uso que les dan en Asia— compiten con las “especies autóctonas”, convirtiéndose en peces alados de pupilas magníficas, en diestros buzos dotados de picos, plumas y pulmones resistentes. De igual modo, hay peces que planean por los aires sin perecer por la falta de agua, evidenciando que las fronteras entre categorías son débiles, prácticamente ridículas.

Las profundidades de la mente y las leyendas. En la mitología hindú, uno de los epítetos de Kaamadeva, dios del amor, es Makaraketana, “el que porta un pez”. De Dagon, dios filisteo de la fertilidad y el tiempo, se dice que emergía de las aguas para impartir sus enseñanzas, y se le representa en forma de tritón. La constelación del Pez Austral describe a un pez que bebe del ánfora sostenida por el aguador. Como acuariana he detectado un loop en esa imagen cósmica: luego de verter el líquido, el aguador suele ser arrojado de cabeza al interior del estanque y se convierte en pez, en un buscador de la Atlántida —como diría alguien metido en el rollo New Age—, de un recuerdo falso, de lo que no se le ha perdido.

Así que cuando se las vean con un supuesto pez, desconfíen: podría ser un botón, un moco, una piedra... O un disco de jazz.

viernes, 17 de agosto de 2007

Handicaps varios para aprender el arte erótico del baile

—Tener llagas en los pies
—Una pista de hielo quebradizo por corazón

—Rostro inexpresivo (afasia)

—No hallar la taquilla correspondiente (en la academia de baile)

—Mal clima perenne en las manos

—Pelo, ojos y/o extremidades desobedientes

—Dientes afilados
—Canales auditivos obstruídos
—Grilletes psíquicos
—Tener llagas en los pies
—No recibir las líneas de entrada
—Ser paciente, al punto de no fijar límites para una espera
—Creer que uno está alegre (sólo creerlo)
—Creer que uno está más alegre que unas pascuas (sólo creerlo)
—Creerse las pascuas en persona (jajaja)
—Generar silencio alrededor al menor intento de expresarse
—Esporas, salpicaduras cutáneas, caspa y cadillos
—Tener llagas en los pies
—Incomodidad en cualquier situación de cualquier comedia
—Aceite en sitios indebidos
—Falta de una estrategia correcta de promoción
—Dificultad de cambio y desarraigo
—Alfileres en las zonas circundantes
—Más alfileres (vudú casero)
—Caminante, no hay camino, se ha ido borrando al andar
—La cortesía, los dengues de la empatía y el ser políticamente correcto siempre
—Poco tino para balancear los kilos de más (o de menos)
—Estar en guerra con la fuerza de gravedad (tinnitus, mareos, etc.)
—Definitivamente, las llagas en los pies.

Pssht, ¿de qué estás hablando?

sábado, 11 de agosto de 2007

Coming next...










He aquí tres para todos los gustos (y sin intención de hacer pronósticos): comedia romántica, drama de maduración juvenil y musical grandilocuente. A los directores los conocen en su casa, pero las historias (y los
trailers) prometen, así que vale la pena echarles un vistazo.

1. Penelope (Mark Palansky). Preciosa! Imperdible! Les robará el corazón! Christina Ricci encarna a una niña que creció oculta debido a su nariz de cochino y está a la búsqueda de su príncipe azul. Un papel que le queda como pintado, en una historia a medio camino entre lo surreal y Walt Disney.

2. Hallam Foe (David Mackenzie). La madre del Hallam se suicidó. Él (escocés, de 17 años, paranoico y con una pinta del siglo XIX) se emperra en que la culpable es su nueva madrastra (Claire Forlani, con aire de no haber matado una mosca). Luego de confrontarla huye a Edimburgo, donde se dedica a trepar techos y al voyerismo, y se obsesiona con una chica muy parecida a su extinta madre.

3. Across the Universe (Julie Taymor). Hum, no es la primera vez que alguien intenta (desastrosamente, en el caso de Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band, de Michael Schultz) servirse de las canciones de los Beatles para hacer "la gran película musical del siglo". Esperemos que ésta, una historia de amor y turbulencias sociales, ambientada en los años de Vietnam, la contracultura y el LSD al menos tenga una trama coherente. El reparto es kilométrico, e incluye al polifacético Bono y a Salma Hayek.

¿Para qué sirven las mariposas?

Bah, ¿yo qué sé? Eso es cosa del National Geographic. Pero si han durado tanto como las cucarachas sobre la faz de la tierra (pese a nosotros), supongo que han de tener algún mérito especial.

Estas hostias de celofán y pintadedos arden al más leve aleteo. Sus vidas son tan cortas y tan decorativas... Muchas terminan en el fuego, cual brujas. Pobrecitas, siempre les pasa lo mismo. Creo que lo llevan en los genes. Son los últimos vestigios de una tecnología arcaica, que data de los tiempos de Ícaro.

¡A-la-luz, vamos-todas! ¡Al-calor-vamos-todas! El asunto las embriaga como si se tratara de un estanque, y en un pestañeo, todas las niñas chamuscadas, Esther Williams se ha quedado sola en su ballet acuático. ¿Por qué tan frágiles? ¿Por qué tan tontas? Debe tratarse de un defecto de fabricación, porque yo sumerjo mis manos en la luz, para bañarme, para purificarme, y no me pasa nada. Ni me quemo, ni me derrito (y lo peor es que tampoco me purifico). Claro, yo pertenezco a otra familia: una que no se deja clavar agujas en el cuerpo porque no cree en el vudú ni en la acupuntura, ni se deja encerrar en cajas de vidrio y colgar como adorno junto con otros trofeos de caza más atemorizantes, con ojos inyectados, cuernos, pelos, colmillos, garras y otros detallitos por el estilo.

A pesar de los crímenes espantosos que aparecen a diario en la prensa, mantengo mi fe en la Humanidad y en sus progresos, en especial, los culinarios. Y ya que las maripositas tienen una tendencia innata al harakiri, ¿quién quita que un día de estos aparezca en el menú, encabezando la sección de entremeses, el exótico renglón “papilio weiskei fritas”? ¿O entre los postres, “monarcas flambeadas con mousse de chocolate”? Eso les daría un matiz funcional, una razón de ser, una finalidad que siempre es de agradecer. Aunque algunos comensales tendrán sus reservas (pues estas criaturas parecen hechas del mismo material que las hojas y las ramas, pero hay quienes comen flores, hormigas y hamburguesas de McDonalds, que no se sabe si son de plástico, así que, ¿qué más da?), a mí podrían apetecerme. Sería un pálido triunfo para esta niña, que siempre ha sentido un absurdo e incontrolable pavor por los insectos, aún los que tienen mejor aspecto.


miércoles, 8 de agosto de 2007

El simpático enigma del gigante Lego

De seguidas, algunas dudas concernientes al pasado, presente y futuro del señor de la foto:

1. ¿Quién es este minifig (que, con sus 2,5 metros de altura, no tiene nada de "mini") rescatado ayer de las aguas del balneario holandés de Zandvoort? ¿Un desertor, un desterrado, o tal vez, un espía de Legoland?

2. ¿De qué rincón remoto proviene? "Puede ser que de Katanga, o del Tibet, o del Congo", como el Alibombo de la canción, aunque una bañista que lo vio a la deriva declaró boquiabierta a la prensa: "Era como si viniese de Inglaterra" (¿Del Legoland Windsor, tal vez?).

3. ¿Qué se trae entre manos? Hum, tal vez sólo quiere aventura, un poquito de diversión, aunque la cosa habría sido mucho más divertida si lo hubiesen encontrado vestido de pirata o de corsario (entonces cabría pensar que la Corona Inglesa ha vuelto a las andadas del siglo XVI, a Francis Drake y todo ese cuento).

4. ¿Quién lo habrá lanzado al mar? ¿Y con qué intenciones? ¿Será un mero golpe publicitario (excelente, por demás)? ¿Habrá sufrido un accidente? No podemos descartar la posibilidad de que se le haya caído al agua a algún pequeñín (por ejemplo, el hijo del gigante Fifofum) durante un día de playa. Es horrible: la criatura debe estar desconsolada; el muñeco, a juzgar por su sonrisa triunfal, está feliz de haberse librado de él (o ella).

5. ¿Será que estaba harto de los frecuentes cambios de "peluca"? Nótese que, a diferencia de otros minifigs, éste carece por completo de cabello. Y si nos ponemos "feministas", ¿no se tratará, más bien, de una mujer Lego haciéndose pasar por un hombre para probarle al mundo que no hay diferencias entre sexos?

6. Después de revisar en sus cajones (y hasta debajo de la alfombra, por si acaso), Legoland le salió al paso a las especulaciones, asegurando que no se les ha perdido ninguna "pieza". ¿Y entonces? ¿Nuestro amigo salió de las aguas, como la Venus de Boticcelli? ¿Cayó del cielo? ¿Vino del futuro? ¿Lo mandaron los taiwaneses -que son expertos en copiar cuanta cosa plástica diseña Occidente- a manera de globo de ensayo, para ver si los niños holandeses lo distinguían de los hombres Lego originales?

7. ¿Será este individuo la avanzada de una nueva raza de grandullones plásticos que vienen a colonizar el planeta? ¿Nos convertiremos en sus juguetes? ¿Harán y desharán nuestras ciudades a gusto?

Jejeje, ojalá todos los derrelictos fueran así: de ascendencia danesa, fuertes, resistentes al agua y sonrientes. "Vikingos pasados de vueltas", pues.

sábado, 4 de agosto de 2007

Gente que me gustaba más en mis recuerdos

Aun a riesgo de sonar idealista y poco conocedora de la realidad del mercado, la importancia del dinero y las reglas de la industria del entretenimiento, se me ocurre que ciertos casos emblemáticos de “disputas por la marca” entre ex socios deberían dirimirse:
A) Mediante grandes torneos, como las justas medievales al aire libre o los duelos que propugnaban los románticos del siglo XIX, por el honor, de madrugada y en un claro del bosque. O bien,
B) Ya que vivimos en la era del American Idol, mediante competencias televisadas en las que se demuestre fehacientemente de qué lado quedó del puente roto quedó el virtuosismo, y en las que el voto de la crítica calificada y del público tengan la última palabra.

Este preámbulo fantasioso viene a colación por Veruca Salt y, más recientemente, Smashing Pumpkins (por sólo mencionar dos “víctimas de su propia reinvención”). ¿Puede alguien conservar el nombre de una banda luego de su disolución y dedicar todos sus bríos a destruirlo, con la excusa de un “reagrupamiento” (que no es tal, puesto que la alineación consta de nuevos miembros)? Pareciera que sí y, como sobre gustos y colores nada hay escrito, no faltan quienes los apoyan en la cruzada. Lo de Veruca Salt es un mal menor; a fin de cuentas, su momento de gloria se redujo al inefable disco con el que debutaron en el 94. Las circunstancias noveleras en que se disolvieron, así como su devenir reciente (los kilos de más y el desabrimiento vocal de Louise Post; la maternidad y las baladitas sentimentales de Nina Gordon) hacen improbable que vuelvan por sus fueros. Pero en el caso de los Pumpkins y su postrero atentado sonoro, Zeitgeist... Tiene que ser un chiste.

Tal vez no sea el mejor ejemplo, pero cuando Simon & Garfunkel dividieron aguas, por allá en 1969, ninguno decidió seguir presentándose como “Simon & Garfunkel”. ¡Faltaría más! (Cuando una mujer se divorcia, Ms. Post, no continúa usando el apellido de su marido; en especial, si más tarde se “casa” con otro fulano). La intención de confundir en realidad, el engaño al consumidor, pues se trata de meter gato por liebre ofende. Lo ético sería desarrollar una nueva identidad, aunque resulte menos ganancioso. Oh, ¿será ese el punto? No hay que soslayar que la música es un gran negocio. Aparte de la pasión, el innegable talento y la conexión con las multitudes, muchas bandas están en esto por el dinero (como dice cierta cancioncita de Supergrass). El arte ante todo, pero engordar un poquito la cuenta nunca viene mal.

Querido Billy: desde la cuneta en la que haya quedado desnucado, el Billy Corgan de
hace una década debe estar retorciéndose al ver lo que has hecho con la dignidad de su extinta banda y con su propia "genialidad", que todos dábamos por descontada. O tal vez no, tal vez le parece de lo más natural, porque siempre has sido así, camaleónico... Y para prueba, ese engendro —afortunadamente efímero— llamado Zwan. ¿Por qué no reagrupaste Zwan para volverlo a ahogar, grabando con ellos estas doce joyas? ¿Por qué no te inventaste otra banda equis, o un segundo disco en solitario? No es que Smashing Pumpkins fueran incapaces de aparecer con algo indigno de su leyenda, pero ya que no lo hicieron en vida, ¿había que resucitarlos para echársela a perder?

Sip, es una lástima que suenen mucho mejor en mis recuerdos.

jueves, 2 de agosto de 2007

Mi agencia de detectives existenciales

Entre los proyectos inverosímiles que alguna vez han rondado mi cabeza mientras espero mi turno para subirme a la cabina del sueño está montar una oficina de investigaciones. De detectives, sí. Pero no a lo Moonlighting, ni a lo Monk. Me inclino, más bien, por una agencia de detectives psíquicos, que estén más allá del bien y el mal (como Constantine). Una cuerda de frescos que reciban los casos más sui generis (como Eddie Valiant, el de Who Framed Roger Rabbit?, o Nick Belane, en Pulp, de Bukowski). Un equipo de indagadores patafísicos (aunque suene redudante)… O que le metan a la ontología, con una profundidad conceptual no menor que su grandioso toque de chaveta, y que se sirvan de los métodos de averiguación más absurdos que alguien pueda imaginar (verbigracia, la parejita de I Heart Huckabees que ilustra este post). En cualquier caso, la cosa iría de asociarme con personas de similar vocación para poner la lupa sobre enigmas cotidianos o asuntos que a la mayoría pragmática de la Humanidad le parezcan inútiles, a fin de aportar respuestas, soluciones, o nuevas y más inquietantes preguntas. ¿Quién pagaría por ese servicio? Hum, pues... Quizá habría que planteárselo como un voluntariado.