viernes, 9 de mayo de 2008

Ex condiscípulos sorprendidos en su buena fe

Entre el kinder y segundo grado estudié con una niña muy sui generis, llamada Karla (el apellido no lo recuerdo, faltaría más). Esta imposible criatura traía de cabeza a maestras y condiscípulas por igual, pues era incapaz de permanecer sentada o callada por más de cinco minutos (un temprano síntoma de hiperquinesia). En mis vívidos recuerdos, me sale al paso cuando menos me lo espero con la cara manchada de Pintadedos, cual jefe apache... O se levanta en mitad de la clase y empieza a correr entre los pupitres, con la lengua teñida de azul, amenazando con rayar nuestras blancas camisas con sus marcadores.

(Antes de que lo pregunten, se los aclaro: yo no asistía a una escuela para niños especiales).

Esta señorita era, simplemente, el bufón que no puede faltar en ninguna clase. No me extrañaría que haya terminado de artista. Ya ni señorita debe ser. Con algo de suerte (y considerando sus antecedentes), aparecerá degollada en una cuneta, en medio de la guerra no declarada que supone la inseguridad en Caracas. O podría haberse ido a vivir a Chile y andar ahorita en un corre-corre por el malestar estomacal del volcán Chaitén (hum, no, esa no es Karla, sino Olga, otra ex condiscípula, hija de chilenos, que se perdió tempranamente del mapa).


A veces resulta sorprendente averiguar (queriendo o sin querer) en qué devino algún compañero de escuela. Luego de compartir tantas horas (de nervios, travesuras y descubrimientos) de nuestras vidas, como los niños más normales del mundo, crecemos, nos graduamos y cada quien sigue su camino. La mayoría se construye vidas corrientes, pero de toda camada “convencional” siempre saltan uno o dos que, al reaparecer en nuestro radar...

“Ja, ¿quién lo hubiera dicho? Pelolindo concejal” (al toparse en la calle con el afiche del galancito metido a político que se postuló para las próximas elecciones).

“Miren a la mosquita muerta, pues…” (al verla en una página de sociales, vestida de novia y con un marido tan bello y de tan buena familia, uno no puede menos que...).

“Ah, por eso se la pasaba escribiendo esos poemas incomprensibles sobre muerte y oscuridad/dibujando esos monstruos tan asquerosos al final de los cuadernos” (el que se convirtió en literato suicida, pianista esquizoide, violador o cualquier otro caso clínico).

“Uff, esta es una prueba de la Injusticia Divina. ¡Nadie se imagina lo fea que era...! Pero yo voy a buscar unas foticos que tengo por ahí guardadas y las voy a mandar a un periódico de circulación nacional, para echarle una vaina” (la muchachita amorfa y narizona pero voluntariosa, que con los años y la cirugía se volvió bonita y bien proporcionada, y terminó de presentadora de televisión).


“Nooo... ¿Este es el mismo gordinflón dientefrío con el que siempre me caía a golpes en el recreo?” (el geniecillo asmático que enflaqueció, se hizo la ortodoncia, supervisó la construcción de una obra descomunal y ahora preside el Colegio de Ingenieros).

“Estábamos en la misma clase y, ciertamente, se quitaba la camisa o los zapatos y corría por los pasillos dando alaridos pero nunca sospeché que estuviera tan frito” (un terrorista, una estrella de rock, un actor porno o un sindicalista demasiado alebrestado).

“Bicho, ¿qué le pasó a la reinita? ¿Le hicieron brujería? ¿Se tomó un jugo piche? La pobre parece una chancha ojerosa” (la madrina del salón, de la que todos hacían los mejores augurios... y terminó gorda, con el pelo quemado, secretaria de ministerio y casada con un mamarracho con el que engendró cuatro mamarrachitos).

Estas y otras cosas deben pensar algunos cuando se enteran por la prensa, la tele o el Internet de los últimos pasos de un viejo camarada (léase: asesino en serie, presidente de algo, miss o puta a tiempo completo, enfermero de la Cruz Roja, mesonero apuñaleado, monje budista, etc). Y es que, así como hay algunos que desde muy temprano dan muestras de lo que serán, otros son silenciosas bombas de tiempo.


¿Y qué decir de esos colegios o universidades excelsos”, que paren promociones enteras de futuras celebridades? Al otro día leí la entrevista que le hicieron a uno de estos tipos, quien modestamente aseguraba que "casi todos sus ex compañeros de salón ocupan puestos clave de la vida nacional, porque fueron educados para destacar, reinar, figurar, tener éxito", y qué se yo. Estos payasos están tan convencidos de que su misión en la Tierra es ser excelentes y notorios que hasta dan risa.

Yo sólo puedo alabar el poético encanto de la gente mediocre y anónima. Y pienso en lo aburrido que debe ser un reencuentro de ex alumnos en el que todos son ricos, famosos y operados. Sin contrastes, la cosa no tiene gracia.

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