¿Decepción? Introducciones gloriosas y libros mediocres. Que el prólogo o el comentario, la crítica o el texto de la tapa sean mejores que el libro, o pinten una obra que luego no logro ver por ninguna parte, y que me hagan preguntarme si los folios se le traspapelaron al encuadernador y terminé recibiendo el gatopardo por la liebre de marzo. Que me hablen de gente que nunca apareció en la historia, que me entusiasmen y me prometan el cielo, y que, al abrir la puerta, sólo sea una letrina. Que las metáforas de afuera (las promocionales) superen en mucho a los pastiches de adentro. Que me aseguren que será "una sacada de muela" y dure un año padeciendo páginas interminables. Y todos esos autores que, pese a estar muy ufanos en la tapa, no se presentaron a la cita por miedo escénico o impotencia...
Prefiero prologuistas que amortajen en vez de vendedores de bienes raíces en la Luna.

Para los ingleses, hablar en público de su salud es el colmo de la mala educación. Y tienen razón, porque por pudor o por dignidad, uno no puede andar enseñando las llagas a diestra y siniestra, ni literal y figuradamente. Pero lo que en un sitio es tabú, en otro es costumbre, y entre los venezolanos no está mal visto ventilar tales asuntos, al punto que cierto comercial criollo de analgésicos explota ese comportamiento "de viejas": dos amigos se encuentran en la calle, y en vez de intercambiar información sobre lo que han logrado últimamente (un ascenso, una casa o un carro nuevo, un hijo, etc) para despertar la envidia o la admiración del otro, se miden con sus males recientes (a mí me duele esto, a mí me está fallando aquello, yo tengo equis cosa, etc).
Cuando me veo envuelta en uno de esos torneos, mi florete es la migraña, y más específicamente, uno de sus efectos concomitantes: el sueño. Porque la migraña y el sueño se combinan en una extraña relación causal, como en el enigma del huevo y la gallina, para boicotear mi trabajo o mis ganas de trabajar. No es una carrera contra el tiempo por mi mejoramiento personal o artístico: estoy librando una seria batalla contra el imperativo de dormir, contra ese impulso contrario a la vida, que debería transcurrir mayormente en estado de vigilia. Entre otros pronósticos desalentadores, las estadísticas indican que en cualquier momento podría quedarme rendida sobre el volante y causar un accidente (desde luego, eso no me disuadirá de conducir).
Hay mañanas en las que se necesitaría de una grúa para sacarme de la cama. Da lo mismo que duerma seis horas o diez, o las ocho reglamentarias: lo primero que pienso al abrir los ojos es ¿cómo? ¿Ya? ¿Tan pronto? ¡Pero si me acabo de acostar…! Si se supone que el principal propósito del sueño nocturno es brindarnos un merecido descanso, creo que estoy perdiendo mi tiempo.
Durante el día, un bostezo, un súbito deseo de hacer la siesta, un rato de amodorramiento lo tiene cualquiera. Pero una jornada entera de hipersomnolencia es el infierno en la tierra. Interminable. Ahí te das cuenta de lo relativo del sentido del tiempo, de cómo varía de persona a persona. A veces tienes que meter la cabeza bajo un chorro de agua fría, o incluso pellizcarte para permanecer despierto.
Lo peor es el capítulo de los remedios: no hay cura para la migraña, ni remedios para atenuar la somnolencia (las anfetaminas sólo son para los casos desesperados). Tampoco puedo beber café para mantenerme alerta, porque no tolero bien la cafeína (y porque podría desencadenarme un episodio de migraña). De vez en cuando, al levantarme, tengo un "dos en uno": además de sentirme aletargada, me duele la cabeza, en cuyo caso debo decidir entre el analgésico (para mitigar el dolor mientras llega la hora de tomar el medicamento para la migraña) y el café (para sacudirme el sopor). Ni hablar de mezclarlos... A menos que quiera andar por ahí, flotando a diez centímetros de la acera, con la sensación de que el mundo gira a menos revoluciones de lo acostumbrado.
Mientras la ciencia resuelve estas paradojas neurológicas, estoy fregada. Quizá lo estaré de por vida, pero si mantengo el tono estoico, quedaré como una heroína... Digamos, como una inglesa a la que no le importa develar los intríngulis de su salud.
Luego de echarle un vistazo a la lista de fiascos tecnológicos del año que se fue, me quedo con la HDTV y el Windows Vista. Al pensar en estas dos víctimas de su propia invención, uno sólo puede decirse: “Ajá, veamos qué se les va a ocurrir ahora, cómo se inventan la vida después de la vida”. Porque parecen haber llegado al llegadero. Seguramente seguiremos boquiabiertos y agradecidos por la expansión exponencial de la capacidad de memoria de las máquinas, pero, ¿cuánto más podrá perfeccionarse el grado de detalle de una imagen o la “amabilidad” de una interfaz sin terminar desgraciándola? La tendencia apunta hacia una imitación feroz de la realidad... pero no para que las cosas sean “como lo real”, sino “lo real”. Así de ambiciosos —y de esclavos— nos hemos vuelto en la postmodernidad. (Hum, por algo Bill Gates recogió sus bártulos y decidió emular a la Madre Teresa de Calcuta durante lo que le resta de vida... Empezó algo que sabe que no podrá terminar).
Admito que vi The Jane Austen Book Club por Kevin Zegers, cuya mirada no he conseguido olvidar luego de Transamerica. Sabía que Kev tenía un papel pequeño (mínimo, en realidad, pero, ¿no lo tuvo Brad Pitt en Thelma y Louise, allá, al principio de su carrera?), y aún así corrí el riesgo, porque quería repetir la dosis y porque una comedia burguesa que tomara para sí las banderas de Jane Austen no podía ser tan terrible. Y de hecho, no lo fue. Resultó ligera, con un comienzo coreográfico, con una fotografía luminosa, digna de una serie, y también, con los estereotipos de rigor.
También admito que nunca he leído una novela de la célebre señorita Austen, ni he visto las películas basadas en sus obras, y hasta ahora tampoco tenía noticia del libro de Karen Joy Fowler del que nació este filme.
Así como mi interés por las cejas de Zegers fue el pretexto para acercarme a la película, los paralelismos con los personajes y situaciones “austenianas” parecen una excusa para hilvanar las vidas que discurren en esta historia. Ciertamente, hay diálogos inteligentes, momentos divertidos, conflictos interiores, romance… Pero, para mi gusto, también hay demasiadas mujeres en el club de lectura (cinco, para ser exacta, y sólo un chico, un nerd enamorado, desventaja que habría hecho feliz a un fervoroso cultor de las damas, como Fellini), inyectándole volatilidad y superficialidad a la trama con sus hormonas… Me imagino que los guionistas lo habrán premeditado, teniendo en cuenta que, en la obra de Austen, los tipos femeninos son los que se roban el show.
¿Y los roles masculinos? Pues son débiles, anodinos, carentes de profundidad, como muñequitos de cartón (los de la película, no los de Austen... Kevin Zegers, por ejemplo, se limita a ser hermoso y tentador en sus fugaces apariciones; a este paso, nunca le darán un Oscar, ni un Globo de Oro).
No me malinterpreten. Fue una función entretenida, aunque no terminara de cuajar bien su mezcla de "tertulia literaria" y "molestos asuntos domésticos". Se trata de una película sobre mujeres, escrita por mujeres, con una autora “feminista” como trasfondo, y desde luego, dirigida por una mujer (hago esta observación sin traza de misoginia). No quedé con ganas de ir corriendo a devorarme la obra completa de Jane Austen, pero pasé un rato agradable... Sólo por haber visto a Kevin Zegers repiqueteando sus dedos en el cristal de una cafetería para saludar a una chica y desapareciendo enseguida con una malvada sonrisa, ha valido la pena, sí.
Leer Vinyl Junkies: Adventures in Record Collecting, de Brett Milano (St. Martin’s Press, 2003) me hizo caer en cuenta de algunas cosas:
Primero, que admiro a esos seres que dedican su vida a coleccionar decenas de miles de viniles sin volverse un lío. Algunos confiesan que ni siquiera lo hacen por la música: a menudo, una portada llamativa, una anécdota ligada a la concepción de un disco o a la vida de cierto artista bastan para convertir estos negros y viejos círculos en una obsesión duradera.
Sin duda, hay que tener valor: valor para vaciar los bolsillos y atestar la casa de estos vejestorios, al punto de saturar tu espacio vital con ellos; valor para lanzarse una y otra vez en su búsqueda, por desesperada o absurda que parezca en ocasiones; valor para perseverar, aún a sabiendas de que es una afición que te desbordará (una colección “modesta” puede constar de diez mil discos; pero hay otras más cuantiosas, como la de Michael Ochs, que tiene cien mil, lo que equivale a casi once años de hilo musical ininterrumpido).
Milano asegura que muchos de estos coleccionistas no tendrán tiempo de escuchar todas las horas de sonido que ha acumulado. A veces, ni siquiera sacan sus discos de la funda: la gracia está en haberlos encontrado, mirarlos, saber que pueden levantarse en medio de la noche y localizarlos en alguno de sus estantes o enseñárselos a sus amigos cuando vienen de visita. Desde luego, los acecha el fantasma que asalta a todo ser humano medianamente autoconsciente: la búsqueda del sentido. ¿Para qué hacer esto? ¿Es racional esta compulsión? ¿Es síntoma de algún desorden mental?
La gratificación parece justificarlo todo, trascendiendo incluso el apego material. “Mi viaje es usar la música. No creo en la idea de la propiedad, todos vamos a morir algún día, así que tú no posees ese disco, sólo lo usas por un rato. No hay gozo en la propiedad, el gozo viene cuando pones el disco. Se te erizan los pelos en la nuca y, ahí está, eso es por lo que vives”, comenta Monoman, de la banda The Lyres, uno de los "adictos al vinil" entrevistados por el autor.
Segundo, por ser de la generación de transición del LP al CD, me avergüenza haberme dejado seducir tan pronto por el aséptico sonido y la presentación diminuta de los discos compactos.
Antes de leer el libro de Milano, había olvidado en qué radicaba el encanto de los enormes, estorbosos, fáciles de rayar y a veces desafinados viniles. Había olvidado el romance con las fundas, aquello de sentarte en el suelo mientras escuchabas la música para estudiar las carátulas más llamativas (o sea, tener un verdadero rato de ocio, en vez de usar la música como fondo mientras trabajas o llevarla contigo mientras viajas en el Metro, “profundizando tu tiempo”, como dicen los sociólogos). Había olvidado que mis padres no me dejaban jugar con ellos, porque eran “cosa seria” (recuerdo la solemnidad con que mi padre me enseñó a colocarlos en el tocadiscos, sosteniéndolos por los bordes entre las palmas extendidas y posando la aguja con el mayor cuidado para no desgraciar la delicada superficie).
El sonido no será tan nítido, pero hay algo en las viejas y buenas grabaciones que se gana nuestro cariño… Tal vez el modesto orgullo de la técnica —hum, hubo una época en la que las tecnologías y los soportes no cambiaban cada cinco minutos, en una evolución trepidante— combinado con la maravilla artística (“Eso sí era música”, dicen algunos, aludiendo a la pasión con que se hacía, y a que todavía quedaba mucho por inventar, por experimentar).
El conflicto entre los malqueridos viniles y los perfectos CDs me remite a un símil conocido: las dos mitades de La Guerra de las Galaxias. La parte más nueva de la saga no es mala, pero carece del encanto de la trilogía original, en parte, porque no conoce de las limitaciones presupuestarias y técnicas a las que ésta se sobrepuso, y que contribuyeron a su carácter excepcional. En los setentas era una hazaña emprender un proyecto tan ambicioso. Ahora es apenas natural: cualquiera con el suficiente dinero, ingenio y recursos tecnológicos a su servicio puede intentarlo, y el público se ha acostumbrado a ver periódicamente películas de similar magnitud.
Milano destaca que con los viniles podías “tocar" la música”, “ver cómo y de dónde salía”, un misterio infantil del que los reproductores modernos nos privan, al aislar el disco compacto en su interior y dejar que el lector óptico haga el trabajo. Esa fue la primera amenaza cumplida de la cultura digital: quitarnos la experiencia táctil de los discos (¿los libros serán los siguientes en la lista?).
Tercero. Hace algún tiempo, de forma “instintiva”, decidí salvar todos los discos que estaban en mi casa (los de 33, los de 45, algún pesado redondel de 78, e incluso los que no me gustaban, porque esas piezas también eran necesarias para completar el rompecabezas primigenio de mi cultura sonora).
Todo empezó el día en que mi papá optó por deshacerse de algunos... Como si se tratara de un cachorro lanzado a la calle, le pedí que me los dejara. Aunque no tenía espacio para guardarlos y había prescindido del tocadiscos, me los quedé. Los heredé en vida. Nunca los escucho, pero cada vez que los saco para limpiarlos es como si me pusiera a hojear un álbum de fotos familiares: cada uno me trae un recuerdo de la infancia, de cómo fui descubriéndolos, cómo fui encariñándome con ellos, cómo me zambullí en su diversidad (porque había de todo: clásicos, folklóricos, navideños, bandas sonoras, salsa, pop, infantiles, baladas cursis y hasta poesía).
Tal vez por eso me conmovió leer sobre Geoffrey Weiss, un veterano de la industria discográfica norteamericana, quien decidió su destino de "vinyl junkie" a los diez años, imponiéndose el deber de comprar todos los discos de los Beatles por una intuición tan ingenua como admirable: “Tenía la impresión de que estaba preservándolos para la posteridad, porque semejantes maravillas iban a perderse”. Dudo que haya una frase que resuma mejor el espíritu de un coleccionista.
No es el título de un cuadro, ni el nombre una nueva teoría de la Física Moderna. Y se siente muy extraño. Me refiero a los robos que perpetramos contra nosotros mismos. Tengo un montón de cuartillas guardadas, cuentos, poemas, comentarios que no sé si echar a la basura o maravillarme por el estado de trance en el que me hallaba (y que temo que ya no alcanzaré jamás) cuando los escribí. Me maravillan, sí, y me asustan esas viejas motivaciones que no reconozco en la actualidad como mías. Si en verdad cada día somos seres distintos, si el tiempo no posee continuidad por sí solo, sino que nuestra conciencia lo dota de esa característica, entonces es válido mi remordimiento por el robo que cometí al publicar y recibir honores por esos textos viejos, de otra yo, y el robo que en adelante seguiré cometiendo en perjuicio de mis homónimas de días anteriores. Porque nos mueven sentimientos, emociones, ideas y contextos tremendamente distintos, que a menudo dan pie a cambios de opinión. Después de todo, quizás no sea raro arrepentirse de sacar a la luz algo con lo que uno ya no comulga. Quizás la solución sea que, al agotarse la edición y publicar una nueva, se adhiera una calcomanía a la portada con una advertencia del autor, algo como: “Esta ya no soy yo”. Para que no me busquen en los sitios equivocados, ni me juzguen erradamente, tomándome por algo que ya no soy.