viernes, 28 de noviembre de 2008

Y ahora, las flores

Ellas —al igual que los perros— no me hacen mucha gracia. Son lindas y tal, pero ya. De lejitos. No obstante, si están ahí debe ser por algo, y aunque ignoro ese algo y no comparto la alegría por su existencia, las respeto. Que no hablen ni suelten derechazos (si no que se limiten a morirse cuando no están de acuerdo con algo) no significa que no tengan derechos tácitos. Nosotros (que si hablamos y nos lanzamos guerras por las causas más estúpidas) deberíamos defender esos derechos.

Por lo general se asume que las plantas carecen de alma. Ergo, no sufren, así que no importa si las tratas mal o las insultas al pasar. Total, no le dirán a nadie.

(¿Que no le dirán a...? Por favor, los crímenes más insospechados terminan por salir a la luz, la voz de las víctimas siempre halla el modo de "aflorar". Al respecto, veáse la última película de N. Shyamalan... Aunque fatal, ilustra mi punto sobre una eventual conspiración de todas las matas del planeta, que no podemos soslayar).

Pero resulta que el verde sí tiene algo que lo anima, aparte de la clorofila. Lo sé porque se lo he arrebatado a unas cuantas plantas con ayuda de mi cámara (árboles no, porque son más grandes que yo y mucho mayores, y porque se me antojan una secta silenciosa y omnipresente). Las que ven aquí estaban en todo su esplendor cuando las retraté… Y luego del flash, no duraron ni tres días.















En esta época de lluvias inclementes, un árbol cayó frente a mi casa. Fue así, de lo más inesperado. El pobre se amotinó. Su entorno le era hostil. Terminó sus días arrancado de su lugar, derribado por el agua y el viento, teatralmente desmayado sobre un cable de alta tensión.

Eso me puso a pensar: ¿qué le habremos hecho (o qué habremos dejado de hacerle) a este noble poste natural que, en vez de luz, nos ofrecía sombra, absorbía la contaminación de nuestra transitada avenida sin cobrar una puya por ello y, de vez en cuando, nos regalaba la visión de sus ramas floridas?

Luego tropecé en la web con esta noticia, que reproduzco íntegra y textualmente para que no se crea que exagero:



Logran "crear" el olor de las flores

Científicos encuentran la forma de mejorar el aroma de las flores e implantar aroma en las que no huelen a nada. Ahora, gracias a un hallazgo de científicos israelíes, todas las flores tendrán un aroma, y también las frutas y vegetales

Los investigadores de la Universidad Hebrea de Jerusalén encontraron la forma de mejorar genéticamente el olor de las flores e implantar un olor en aquéllas que no tienen. Según los científicos, con el hallazgo no sólo se intenta hacer más atractivas a las flores, frutas y verduras, sino a toda una variedad de productos agrícolas.

Intensidad
El olor juega un papel fundamental en nuestra vida porque influye en nuestra elección de alimentos, frutas, vegetales e incluso hasta nuestra pareja.

Y sin embargo, el olor, afirman los autores del estudio publicado en "Plant Biotechnology Journal" (Revista de Biotecnología Vegetal), no es sólo lo que percibe nuestro olfato sino también influye en el sabor de lo que comemos.

En el reino vegetal, el aroma de flores y plantas es utilizado para atraer a insectos polinizadores, como abejas, para pasar el polen y ayudar en la reproducción y la creación de la fruta. Y la intensidad del aroma que emana la flor está influenciado por el tiempo del día, el clima, la edad y la especie de la flor.

Según los científicos, en la nueva investigación lograron encontrar la forma de mejorar diez veces el aroma de una flor y además pudieron hacer que ésta emita su olor durante el día y la noche, sin importar el ritmo natural de la producción del olor.



Gen maestro
Los científicos lograron identificar un "gen maestro" que control tanto la producción de olor como la producción de color en las plantas.

Y con ésto, dicen, se puede controlar el aroma que produce una flor.

"Muchas flores han perdido su aroma después de muchos años de reproducción" afirma el profesor Alexander Vainstein, quien dirigió el estudio.

"Y este hallazgo, además de que nos permitirá crear flores con un aroma mejorado, nos ayudará a producir nuevos componentes aromáticos para las flores", agrega.

Sin duda el avance será de mucho interés para la creciente industria de las flores y la de perfumes. Las investigaciones muestran que cerca de 35% de los consumidores de flores eligen el tipo de flor por su aroma.
Además, las esencias de flores son unas de las más populares en la industria del perfume y en ésta se gasta mucho dinero y esfuerzo tratando de reproducir la auténtica fragancia de las flores frescas. Según el profesor Vainstein, el avance podría ayudar a los productores de perfume a utilizar flores modificadas genéticamente con olor mejorado, en lugar de ingredientes químicos para producir sus esencias.

Y con esto quizás se reducirá el costo de los perfumes ya que se necesitarán menos flores para extraer la misma cantidad de esencia.



Los avances de la ciencia consisten en practicarle sucesivas disecciones a la Creación para averiguar de qué está hecha cada cosa, cuál es el secreto de su prodigioso funcionamiento y, luego, fabricar prótesis, parches, sucedáneos y otras formas artificiales que son bienvenidas cuando la naturaleza tira la toalla y a alguien se le pudre o se le echa a perder algo. Es así como existen niños probeta, clones de ovejas, alimentos genéticamente intervenidos y un largo etcétera.

No obstante, esto de averiguar cómo las flores producen su aroma característico, “mejorarlo” e incluso ponerle perfume a las que lo han perdido me parece demasiado. Un invento de científico de comiquitas. Como enmendarle la plana a la naturaleza. Yo podré ser una casual asesina de plantas caseras, pero la Ciencia, en su ambición e inmodestia, a veces parece un matón a sueldo de los tímidos encantos que nos ofrece la vida en la Tierra.

Sálvese quien pueda.


sábado, 22 de noviembre de 2008

Aquí, en alguna parte


De nuevo aquí, sí.

No soy nada chauvinista, patriotera, ni neo-nacionalista (en contra de la tendencia local actual), pero recientemente me he percatado de que me embarga una emoción secreta (¿desconcierto? ¿orgullo? ¿asombro?) cada vez que tropiezo con una referencia a Venezuela en una obra de ficción de algún autor foráneo, en especial, si está ambientada en otro tiempo o en un contexto muy diferente al nuestro (cultural, climática e idiosincráticamente hablando). Y pareciera que, en honor a la teoría de las sincroncidades de Jung, ese asombro ha motorizado la aparición cada vez más frecuente de esas menciones, llevándome de forma subconsciente a leer textos en los que acabaré hallándolas, o bien, me ha vuelto más alerta ante su posible aparición.

Creo que la primera vez que sucedió ni siquiera estaba leyendo un libro. No recuerdo cuántos años tenía, sólo sé que estaba viendo
Aracnofobia por segunda o tercera vez en la tele, y de repente oí que le echaban la culpa de todo el lío a una araña oriunda de la selva venezolana. Oír que mencionaban a Venezuela en una película gringa (aunque fuera para mal, algo a lo que los colombianos están acostumbrados o resignados, en lo que toca a su asociación universal a la guerrilla y el narcotráfico) fue toda una revelación: la confirmación de que la existencia de mi país no era una cosa puramente solipsista. ¡El mundo nos tenía en cuenta!

La sensación de irrealidad es mitigada por un efecto que denomino “sentir que una mano invisible nos toca el hombro”. Ese “sentir” encierra el rotundo despertar de la autoconciencia. Quizás se deba a una pizca de menosprecio de nuestra importancia, nuestros méritos y ventajas, o a una percepción pobre de nuestra situación geopolítica en el planeta.


Sé que Venezuela existe —y cómo no saberlo, si yo existo en ella, y a cualquier lado que vaya, seré prueba fehaciente de ello—, pero también sé de gente de otras latitudes que en su vida ha oído hablar de nosotros (una ignorancia que no justifico, dado que yo sí he oído hablar de sus países y me he preocupado por enterarme cómo se vive en ellos. Y es que, hasta el sol de hoy, a nadie se le ha caído la mano por hojear un
Almanaque Mundial, por decir lo menos, ya que Internet nos pone en contacto directo con todo el orbe).

Se dirá que si alguien vive bien —por ejemplo, en un país del Primer Mundo—, con todas sus necesidades básicas satisfechas, no está obligado a mirar hacia abajo… A menos que el aburrimiento de tenerlo todo cubierto lo empuje a interesarse en “exóticas” formas de vida. En el extremo opuesto —el Tercer Mundo—, esa caza y copia indiscriminada de modos exóticos es asumida como un escape de la realidad, de esa inagotable fuente de insatisfacción, esas arenas movedizas.

¿Por qué no me sorprende cuando encuentro a Venezuela en un mapa confeccionado en otras tierras? Verla ahí me parece de lo más natural. Sucede que,
en un mapa, todos somos iguales. El papel es plano, a todos se nos asigna un espacio proporcional a la extensión real de nuestros territorios, identificado por un nombre perfectamente legible. El mapa es una convención internacional, un instrumento de reconocimiento, de ubicación propia y aceptación del otro, independientemente de lo mucho o poco que se le respete en la práctica. Así pues, lo raro sería no hallar allí a nuestro país, casi tan raro como mirarnos al espejo y no encontrar nuestra imagen.

Pero “existir” en la ficción es otra cosa, un privilegio extraño, considerando que sus dominios no pueden plasmarse en un mapa estricto, como a los que estamos acostumbrados, sino que conforman una geografía vasta, creciente, de la que jamás se podrá afirmar que se conoce por completo (piénsese en los “confines” de Fantasía, como nos la presenta Michael Ende en La historia interminable).

Aunque se crea que todas las naciones tienen derecho a “contarse y ser contadas”, no todas reciben o deberían recibir “el llamado de las páginas”. Para mí, Canadá, Singapur o Suiza carecen por completo de interés. Son como mujeres frígidas u hombres impotentes: allí nunca pasa nada. Su falta de presencia en la realidad no enciende mi imaginación. Y sin embargo, allí vive gente, y a esa gente debe sucederle cosas, y entre ellos debe haber escritores que contribuyen al desarrollo una literatura local, con rasgos muy específicos. Bastante distintas son las locaciones entrópicas (Mozambique, Río de Janeiro, Ciudad de México), que por su historia, sus conflictos étnicos o de clase, o simplemente el grado de descomposición social y absurdo al que han llegado sus habitantes, parecen bullir en material literario.

(Como habitante de esta casa, entiendo que Venezuela es difícil de retratar, por no decir que es un tanto… impresentable. ¿Deberíamos atribuirlo a su perpetua provisionalidad, a su obstinada falta de seriedad? Porque las cosas que aquí suceden no son de gente seria...).

No descarto que en esto subyazga un resabio infantil, una alusión al complejo tema de la identidad, a esa etapa —aparentemente interminable— en la que empezamos a definir quiénes somos con respecto a los demás. Esa cosa de estar (sin pensar) y sabernos (al vernos ahí o al caer en cuenta) simultáneamente. Venezuela, Caracas, los venezolanos, nuestra comida, nuestra fauna, nuestros disparates. Aún en referencias intrascendentes, estamos presentes en
La Invención de Morel, de Bioy Casares y en El camello salvaje, de Jaenada. No estoy segura si también vi algo nuestro en El mundo en la era de Varick, de Ibañez, en La pequeña vendedora de cuentos, de Pennac, y en otros más que ahora no alcanzo a recordar. Sólo sé que la conciencia de esta nueva fascinación venía rondando mi mente en los últimos días y que, esta mañana, mientras leía El día de todas las almas, de Nooteboom, hallé —en un brumoso entramado de alemanes, rusos y neerlandeses— una nueva mención de nuestro terruño, que me sacó una sonrisa.

Encontrar a Venezuela fuera de Venezuela siendo Venezuela (ese es el modo más preciso de expresarlo) me ha hecho quererla un poco más y, por ende, sentirme un poco menos ajena de mis raíces y a lo que me rodea. Y eso que siempre he juzgado mal a los seres que sólo empiezan a apreciar lo propio cuando lo ven subir en la estima de los demás. Esa es otra modalidad de traición, una de las más vulgares, quizá.

domingo, 9 de noviembre de 2008

Sobre los rostros desconocidos que nos visitan en sueños

“—¿Cómo piensas que se crean realmente las personas que aparecen en tus sueños? No me refiero a las personas que conoces, sino a las personas que estás seguro de no haber visto nunca. ¿Cómo las creamos? Tienen que estar fabricadas de una forma u otra. ¿Cómo lo hacemos? Tienen rostros de verdad y no existen.
—En realidad, eso es desagradable —dijo Arthur.
—Quizá también a ellas les parezca desagradable —siguió cavilando Arno en voz alta—. Imagínate que no existes y, de repente, tienes que acudir a toda prisa al sueño de un perfecto desconocido. Eso es, bien mirado, una forma de trabajo…”.

El día de todas las almas, de Cees Nooteboom. Ediciones Siruela, 2006.


viernes, 7 de noviembre de 2008

Cualquier parecido es pura coincidencia

Yo nunca quise parecerme a Andy Warhol y, sin embargo, ahí estaba, sin proponérmelo, posando con un rictus de insatisfacción, conectándome secretamente con él, a los siete años. Apenas hoy me di cuenta de eso y me hizo una gracia horrible. Puse una foto junto a la otra y dije “oh, la historia se repite”. Tener un momento Warhol a los siete años no es nada promisorio.

Recientemente, mirando fotos de cuando tenía apenas meses de vida, también descubrí que mis muy características cejas me han acompañado casi desde que nací, confiriéndole a mi rostro un inocente aire ceñudo que está a medio camino entre Frida Kahlo y el bebé de la familia Addams. Más risas. Es saludable poder reírse de uno mismo, sobre todo, de lo que no se puede cambiar. Burlarse de lo que la naturaleza te hace o de cómo te hace y de lo que demoras en advertirlo, y pensar en lo fácil que debe saltar a la vista de los extraños, de los que no son tú o los que están acostumbrados a ti.


Mirando otras fotos (las de mi primera y hasta ahora última excursión al Páramo), en las que luzco ese coqueto mono lila que tanto me gustaba y zapatos deportivos a juego, me apercibo de que estoy vestida a la usanza de Ari y Uzi Tenenbaum, de The Royal Tenenbaums. Y entonces sé que es verdad.

Siempre lo sospeché: no hay mucha diferencia entre familias como los Tenenbaums y la mía. Familias atípicas de un modo u otro. Con padres sobreprotectores o descuidados. Con hijos neuróticos o con una infancia especialmente intensa, que se vienen a pique al crecer. Con hijas a las que llevan a comer helado con un fondo musical de Vince Guaraldi y cuyo segundo nombre sus padres no recuerdan porque, simplemente, no tienen uno. Y con niños que, por caprichos del destino, lucen lindos monos lilas o rojos todo el santo día, todos los santos días, por una buena temporada de sus vidas.