6.11.09

Velocidad de oxidación


No hace falta tener nociones elementales de química para saber que todos los materiales no reaccionan ante ciertas sustancias con la misma rapidez… Y que los humanos somos laboratorios químicos ambulantes y tremendamente complejos. Lo que hoy denomino “velocidad de oxidación” no es más que una metáfora de lo pronto que algunos nos aburrimos de nuestros semejantes, lo pronto que nos decepcionamos (al punto que pareciera una urgencia, que estamos predispuestos a ello, que no hacemos más que esperarlo, como si fuera inevitable), lo pronto que empezamos a hallarles detalles incómodos. Como segadoras, pasamos sobre ellos y ese trigal seductor, que tanto prometía al principio, hum, resulta estar infestado de toda clase de imperfecciones.

La crítica puede formularse a quemarropa o de un modo puramente mental. Este último es aterrador, porque se va alimentando de sí mismo, en una suerte de espiral interior, de monstruo silencioso que aflora el día menos pensado.

De vez en cuando, todos pasamos por una etapa de “embeleso” con respecto a alguien, sobre todo si acabamos de conocerlo. Un período de gracia en el que no somos capaces de detectar (o no estamos a la malvada caza de) sus defectos, inmersos en nuestro entusiasmo por una forma de vida que, tan sólo días atrás, no sospechábamos. La llegada de nuevos personajes a nuestra novela siempre resulta excitante, mientras intentamos averiguar qué papel jugarán, en que casilla caerán, cuánto tiempo resistirán; mientras los vamos descubriendo (afinidades, contradicciones entre la acción y el discurso, etc). Fascinados, llegamos a celebrarles manías que usualmente no toleraríamos, pareceres o actitudes con las que no solemos estar de acuerdo.

Pero ese estado de maravilla y concordia con la otredad no puede durar para siempre y, en algún momento, su rostro empieza a cuartearse, a descascararse sin remedio.

Como diría Fiona Apple: “This is not about love”. Me refiero a las relaciones humanas en general.

Como diría el viejo Charly: “Lo que fue hermoso será horrible después”. Así que el secreto está en aprovechar lo hermoso mientras se pueda.

Perdí la cuenta de las veces que me han acusado de aburrirme rápido de la gente, de dejarlos en el aire y saltar a otra cosa… y, a veces, es verdad. También me han acusado de “exigente”, “perfeccionista” y “acerba crítica” de los míos… Y puede que sea cierto, pero también es involuntario. Sepan que, si los quisiera menos (o no me importaran en lo absoluto), ni siquiera me tomaría la molestia de criticarlos. Probablemente, mi intolerancia y mi retirada se deban a que me acerco (o los dejo acercarse, esto es más veraz) con expectativas muy altas. Pero, una vez que estoy ahí, también conozco la lealtad incondicional, la admiración desbordante… Y aún más: no tengo olvido para quienes me han deslumbrado alguna vez. La incapacidad de olvidar viene a ser como un insomnio de la memoria, y yo me mantengo “despierta” a toda hora.

A trancazos me ha tocado comprender que no hay seres perfectos, sino momentos perfectos que me conectan con personas tan llenas de virtudes y defectos como yo. Y que lo único que he de conservar son esas instantáneas mentales que me muerden el alma como el día en que fueron tomadas, y la gratitud por las flores y los cardos que salpican mi camino.