martes, 30 de junio de 2009

2012 (sólo en pesadillas)


Esta tarde vi el trailer de 2012, de Roland Emmerich y me dije: "Guaooo, esto no deja nada a la imaginacion". El método escogido para acabar con el mundo y la Humanidad es un cataclismo; a partir de ahí, la cinta se pasea por los peores escenarios derivados del furioso desbordamiento de los océanos, sin escatimar en brutalidad.

No tengo intenciones de meditar sobre la cercanía del año que le da título a esta fatídica profecía visual (los mayas lo aguardaban con recelo, y desde entonces...), o de las condiciones en que vivimos en 2009 (el periódico es una pequeña selección de horrores cotidianos; la proporción entre noticias alentadoras o felices y malas noticias resulta elocuente). Pero admiro que alguien se haya tomado el trabajo de imaginar con todo detalle cómo será el evento más cacareado de la Historia, el que le pondrá punto y final. Es un género por sí mismo, el de la "épica de la aniquilación".


¿Quién sabe? De repente, el mundo no se acaba por una mega-catástrofe, sino por una desafortunada constelación de "causas naturales", menos abruptas y más puntuales. A saber: sujetos que no pueden cumplir o mantener una promesa, de la clase que sea. Mujeres que prefieren que las recorten en un quirófano, en vez de hacer ejercicios y llevar una dieta saludable. Niños que no consiguen explicar qué es una metáfora o una humanización y, por supuesto, tampoco son capaces de reconocerlas si las ven "pasar" ante ellos. Gente que se encierra en su casa y no sale, así oiga que están asesinando a su vecino. Tiranos de todos los calibres disfrazados de "mesías" (la minúscula es adrede). Microbios superpoderosos que se alimentan de los descuidos humanos. Soledad e incomunicación pese a la supuesta "muerte de las distancias" que nos brinda la tecnología. Pseudo-comida. Pseudo-justicia. Pseudo-diversión. Pseudo-amor. Imposibilidad de confiar en los semejantes. Perversión de las buenas costumbres (como dar las gracias o no sonarse los mocos en público). Degeneración de los idiomas. Hastío. El hombre como lobo del hombre. Etcétera.


Más de uno se quedará de una pieza cuando, en vez de ver llegar a los cuatro jinetes del Apocalipsis, aparezca uno solo a pie, sin mayores fanfarrias y sin causar las temidas catástrofes. Y su nombre será "Colapso" y muchos lo reconocerán como su vecino de décadas.

2012 estará en las salas de cine en noviembre de este año... O sea, con ventiséis meses de antelación. Sólo espero que, como ha sucedido con otros guarismos (1984, 2001) podamos pasarle por encima y reírnos de la aprensión de las culturas precolombinas. Mientras tanto, cantemos con R.E.M.: "It's the end of the world as we know it (and I feel fine)".

miércoles, 24 de junio de 2009

Los beneficios estéticos del perdón

Pocos casos encarnan tan bien ese dicho que reza: "Lo que no te mata, te hace más fuerte".

Pongamos por ejemplo a una mujer, a la que llamaremos Diana Ibañez. En 1968, con apenas diez años, se columpia en el umbral de la muerte en un hospital, tras haber comido una ensalada contaminada con la bacteria Clostridium botulinum. Viene una gran elipsis y, a los diecisiete, vemos a Diana vivita y coleando (y a sus padres, al borde de la desesperación, pues ya no saben qué hacer con ella). La excusa para cada nuevo desbarro: ser joven y haber sobrevivido al botulismo sin secuelas graves.

En 2004, la señora Diana de Salcedo (de soltera Ibañez) emprenderá una guerra contra las intolerables líneas de expresión resultantes de varias décadas de “vivir a su aire”, sangrando el bolsillo de su marido para que periódicamente le inyecten Botox (dosis controladas de una proteína que se extrae de la Clostridium botulinum) en el rostro. Su belleza bien vale perder la memoria, ¿no?

Al cabo de cuatro o cinco años es fácil suponer que Diana (nuevamente Ibáñez y punto, tras su divorcio) ha encontrado la felicidad: los músculos paralizados de su cara le confieren una invariable expresión plácida, incluso en sus momentos de mayor indignación... Como cuando su marido le dijo que ya no pensaba subvencionar más su obsesión con la eterna juventud y la dejó por una auténtica “pichoncita”, o como cuando su hija le soltó que, por mucho que se planchara la piel, nunca iba a lucir como ella, porque algunas virtudes se marchaban para jamás volver.

Para algunos, el proceder de Diana puede resultar temerario, masoquista o irónico... Pero, para otros, su nobleza de corazón es un ejemplo a seguir. Le ha dado una segunda oportunidad al botulismo. Ha permitido que vuelva a invadirla a sus maltratados cincuenta, bajo la promesa de devolverle una frescura de lechuga... ¿Y acaso no fue una lechuga lo que la metió en todo este rollo?

Hum. Como dice otro conocido refrán: "Tanto nadar para morir en la orilla".

sábado, 20 de junio de 2009

Bye-Bye View-Master

La debacle económica mundial y la rancia aplanadora del tiempo —que con el cambio de milenio ha pisado el freno a fondo— están liquidando los vestigios kitsch de un pasado fabuloso. Primero fue el cine: de aquellos románticos proyectores en los que se montaban las películas y se les ponía a dar vueltas (venían enrolladas en latas, ¿recuerdan?), pasamos a compactos proyectores digitales... O sea, del círculo al cuadrado. Un cambio que sólo los puristas resentirán, dado que la calidad de la imagen es superior y la ilusión de movimiento alcanza un realismo nunca antes visto.

Luego le tocó a las Polaroids, otro “recipiente” emblemático de información que perdió la batalla contra la avalancha digital. En lo personal, creo que nunca hubo punto de comparación entre la fotografía de proceso químico y la instantánea; cada una podía ser un arte en sí misma, pero la segunda hacía que la “magia” sucediera en las narices de cualquiera con sólo agitar un poco, sin importar su edad o su conocimiento técnico del asunto.

Días atrás seguimos en caliente la conversión al formato digital
de la TV en Estados Unidos, con pintorescas historias sobre brigadas de técnicos que visitarían a viejecitos y habitantes de zonas para ayudarlos a alargar la vida de sus televisores analógicos mediante la instalación del convertidor correspondiente…

Se trata de una tendencia de la que ni los juguetes están a salvo. A principios de 2009 le llegó su turno al View-Master. Fisher-Price, actual fabricante de este divertimento que por siete décadas hizo las delicias de grandes y chicos (antes del cable, los videojuegos, los DVDs y You Tube), resolvió cerrar su fábrica de México y descontinuar la producción de visores modelo L, reels panorámicos, aquellos hechos por encargo y también los comerciales (o sea, los que, junto al ya mencionado modelo de visor, se elaboraban para fines publicitarios). Es comprensible: en un mundo donde las distancias se han acortado gracias a la tecnología y donde los viajes son cosa frecuente y fácil, esas “vistas” que llevaban a nuestros hogares desconocidos paraderos turísticos, monumentos y ciudades “que quizás nunca visitaríamos”, resultan tan vigentes y emocionantes como las diapositivas vacacionales de los abuelos. ¿Quién pagaría por ver imágenes fijas, añejas, mudas, impersonales, limitadas (sólo veintiuna por paquete), cuando se puede sintonizar cualquier canal de turismo o entrar en la red para encontrarse en vivo y directo con la mar embravecida, bandadas de pájaros migrando hacia el Sur, el barullo de una gran urbe o una nevada cayendo silenciosamente sobre una plaza bicentenaria?

En cualquier caso, la decisión de Fisher-Price deja en la estacada a un buen número de coleccionistas a lo largo y ancho del mundo, que aman la cualidad “vintage” de esos carretes planos. Despídanse del culto al fotograma, señores. Ya llevamos un buen rato en el siglo XXI.

Aparentemente, el resto de la línea VM (los reels para niños, con personajes de Disney, Nickelodeon, etc.) serán manufacturados en China, en la misma fábrica de la que salieron aquellos juguetitos “tóxicos” que hace algún tiempo metieron en líos a Mattel. O sea que el View-Master no ha desaparecido del todo… Permanece en condición de huésped honorario del catálogo de Fisher Price, pero no tardará en ser liquidado. Como curiosidad técnica, su encanto ha ido retrocediendo ante las nuevas y más sofisticadas generaciones de juguetes. Como producto, ya no es tan rentable.

Yo conservo mi modesta colección: una treintena de títulos (Fantasía, Spider-Man, el zoológico de San Diego, California; La Bella Durmiente, Star Trek, los Pitufos, Pee Wee Herman...) de hace veinte años. Recuerdo que tuve dos o tres visores; uno se dañó, otro lo destripé —el de la cara de Mickey— para ver cómo estaba hecho por dentro… y tal como le sucedió al dueño de la gallina de los huevos de oro, me decepcionó no hallar nada prodigioso en el mecanismo de mi víctima. También tuve el proyector y le di rosca hasta más no poder. Podía pasarme horas tumbada en la alfombra,
siguiendo cada viñeta, estudiando cada detalle, maravillándome por la “profundidad de campo” de una colorida vista en la que Pinocho buceaba en el fondo del mar.

Lamento que el tufo a neo-ludismo o a “nos estamos poniendo viejos” de este post. Pero no deja de parecerme irónico que, mientras el View-Master agoniza en baúles, closets y áticos del mundo, la estereoscopia esté volviendo por sus fueros en las salas de cine caraqueñas, donde tardíamente se han popularizado las funciones de películas animadas en 3D. Puede que lo que se exhiba sea distinto, pero el ingrediente secreto es el mismo: la excitación creada por el relieve y la proximidad, esa ilusión de realidad —a ratos entretenida, a ratos amenazadoraque confunde nuestros sentidos... La tecnología 3D es un canto a la redundancia, una resurrección efímera del asombro de nuestra infancia, lograda a fuerza de recrear ante nuestros ojos un milagro que sucede tras ellos cada milisegundo.

Para terminar, un loop metaficcional: lo del cine en 3D me trae a la mente la escena inicial de Muppets Movie, en que los muñecos aguardan la proyección, precisamente, de esa película, amontonados en una sala. En 1979, yo aún no había nacido... Ares y Torrent demorarían un cuarto de siglo en llegar... Así que si no pillé esa escena en la tele, debió ser en Scenes of Jim Henson's Muppet Movie, VM 4005. Tres reels que también me ufanaba de poseer.



sábado, 13 de junio de 2009

Melómanos en el río

“—Se ha ido —suspiró la Rata , hundiéndose de nuevo en su asiento—. ¡Tan hermoso, y extraño, y nuevo! Para que acabara tan pronto, casi hubiera preferido no haberlo oído, porque ha despertado en mí un anhelo casi doloroso, y nada parece valer la pena sino escuchar ese sonido una vez más, y seguir oyéndolo eternamente. ¡No! ¡Ahí está de nuevo! —gritó alerta otra vez.

Cautivada, se quedó en silencio un buen rato, embelesada.


—Ahora se aleja, empiezo a perderlo —continuó la Rata—. ¡Oh, Topo, qué belleza! Es un alegre y gozoso burbujeo, es la delicada, clara y feliz llamada de una flauta distante. Música que nunca había soñado, ¡tan suave y, sin embargo, tan fuerte su atracción! ¡Rema, Topo, rema! La música y la llamada son para nosotros.


El Topo, muy asombrado, obedeció.

—No oigo nada —decía—. Sólo el viento que juega con los juncos, carrizos y mimbreras.


La Rata no contestó; ni siquiera lo había oído. Arrebatada, transportada, temblorosa, estaba poseída por ese algo nuevo y divino que había prendido en su alma indefensa, haciéndola saltar y girar, criatura impotente pero feliz, en un fuerte y prolongado apretón”.


El viento en los sauces (1908), de Kenneth Grahame

domingo, 7 de junio de 2009

Una peculiar decoradora de vajillas


Tuve el gusto de conocer a Bele Bachem (1916-2005) mientras investigaba en la red el “pedigree” de un par de platitos seriados, firmados y pintados a mano por ella, que se cuentan entre los tesoros domésticos de mi madre. Ambos mostraban la misma escena campestre... En apariencia. Eran idénticos, pero no sé, siempre he desconfiado de la gemelaridad. No hay gemelaridad perfecta, a eso me refiero. Mi paranoia no demoró en aparecer: ¿sería esa misteriosa escena la moraleja de un cuento para niños? ¿O una profecía? Lo más llamativo de la imagen eran esos chicos, enzarzados como salvajes en el follaje de un árbol... En ambos platos. ¿Quería decir que había pasado dos veces? ¿O que le había pasado a cuatro niños? ¿Que hacían allí, como una cometa enredada entre las ramas? ¿Sobrevivirían a su aventura? De niña, esos platos eran mi puerta a ese instante. Un cristal que me permitía observar sin peligro. Una advertencia.

Sorteando como pude el obstáculo que imponía mi nulo conocimiento del alemán hallé que, a mediados del siglo pasado, Bele Bachem fue reclutada como decoradora por Rosenthal, la afamada fábrica de porcelanas de cuño teutón de la que habían salido mis platos. Y entonces supe que la repetición de la escena se debía a la entrada de la producción en serie en el reino de lo artesanal.


Con su estilo naive, Fraulein Bachem —al igual que Jean Cocteau, Salvador Dalí, Jean Dubuffet, Walter Gropius, Friedensreich Hundertwasser, Horst Janosch, Oskar Kokoschka, Henry Moore, Victor Vasarely y Andy Warhol, entre otros— puso su creatividad al servicio de un fin meramente funcional: vajillas, estatuillas de adorno... Pese a lo poco elevada en términos artísticos, era una alianza prestigiosa para ambas partes, pues, por décadas, Rosenthal había estado presente en las opíparas mesas de las monarquías europeas... y en los aparadores más modestos de familias plebeyas del resto del mundo, que se preciaban de un dudoso buen gusto por sus reservas de porcelana bávara.

Así pues, los platos que tanto me habían atraído desde niña por su curiosa forma triangular eran un ticket para descubrir las maravillas de la Bachem, cuya obra es análoga en su estilo e imaginación a la de otro artista que reverencio, el sueco Max Walter Svanberg. Con guiños a la caricatura en su tratamiento de la figura humana (que puede derivar en híbridos antropomórficos con cabeza de pájaros, o quiméricos, como los de Svanberg y Sonnestern) y su caótica disposición espacial, el tema dominante en la obra de Bachem es la mujer (y lo erótico, a lo Beardsley o a lo Ungerer) como despreocupada anfitriona de situaciones oníricas (pienso en Dorothea Tanning y en los seres flotantes de Chagall) ricas en detalles.


Tal como me sucedía de pequeña con la enigmática escena campestre de los platos, las atmósferas intrigantes de estos dibujos y pinturas invitan a adivinar, a elucubrar sobre los encantadores episodios que nos muestran.


Casualmente, hace un par de días se cumplieron cuatro años de la muerte de esta menuda mujer con "cara de no romper un plato". Pintora, dibujante de postín, ilustradora de libros, escenógrafa teatral y hasta escritora, se le considera la única surrealista en la literatura alemana de la postguerra... una suerte de Leonora Carrington germana que, sin duda, vale la pena chequear.