jueves, 20 de agosto de 2009

¿De dónde vienen los chistes?

Ya lo habrán oído antes: “Mamá, yo quiero saber / de dónde son los cantantes”. O: “Mamá, ¿de dónde vienen los niños?”. Pues bien, mi pregunta es una variante sobre las anteriores.

Remitámonos a una imagen vernácula: en toda fiesta siempre hay alguien que por petición popular se pone a echar chistes con la facilidad y soltura de quien hace churros, bien sea porque es muy bueno en la faena y se lo piden expresamente, porque se sabe muchos y no puede perder la oportunidad de lucirse o, simplemente, porque es compadre del dueño de la casa y tiene encima unos tragos de más. Yo me declaro ajena a todas esas categorías y, si alguien me invita a intentarlo, declino amablemente la oportunidad, pues jamás he sabido contar un chiste con sal, aunque puedo reconocer uno bueno y reírme con ganas.

Pero al ver a chistosos, chistófilos o chistólogos tan prolíficos y exitosos en su “labor”, suelo preguntarme de dónde salen los chistes. Son como cotufas, como ratas, te los sacan hasta de las orejas. ¿Acaso habrá gente dedicada exclusivamente a pensar cada día en un nuevo chiste? ¿Cómo se difunden? ¿Quién fue el primero en la historia que contó un chiste? ¿Eso le habrá concedido alguna clase de prestigio social? ¿Cómo es que alguien puede ganarse la vida echando chistes, a veces, de lo más vulgares? ¿Puede considerársele a esto una ocupación "seria"?

El chiste es una forma delimitada y portátil del humor; tan manoseada como los billetes (y a veces, tan falsa, pero, ¿a quién le importa?), va de mano en mano, resucitándonos del marasmo en que a veces deviene nuestra cotidianidad y conectando las mentes más disímiles y las clases sociales más irreconciliables por obra de la risa. La comicidad debe ser un rasgo de personalidad o un don divino.

El humor, en cambio, parece derivar de nuestra capacidad racional, tal como se ha comprobado en los casos de esas personas que, tras ser operadas de algún tumor o por haber sufrido algún accidente, pierden la capacidad de comprender y formular comentarios graciosos o sarcásticos. ¿Qué es "gracioso"? ¿Qué lo define? ¿Cómo lo identifica nuestro cerebro? Si, como dicen por ahí, "cada cabeza es un mundo", ¿cómo es que mundos tan diferentes se sacuden espasmódicamente al unísono ante ciertos comentarios o relatos? ¿Cómo es que a veces lo "chistoso" está en la mera forma, y otras, en el contenido?

La ubicuidad (y la adicción que nos crea a algunos en sus vertientes más oscuras) me hace sospechar la existencia de algún componente "instintivo", que al igual que el sexo, le confiere al humor ese carácter universal, de juguetico de la especie. Quizás se debe a las endorfinas que ambos nos hacen liberar. ¿Acaso habrá algo en nuestras células o en nuestros genes que nos predestinen a disfrutarlo?

Para algunos, los chistes son una religión; para otros, un gusto culposo. Lo que cuenta es que unos y otros aflojen la carcajada a tiempo.


viernes, 14 de agosto de 2009

Estado ideal

El estado ideal es ese que llaman “tutela”, cuando te dejas guiar porque eres menor de edad y no te queda de otra, pero en realidad eres tú quien lleva la batuta, y ellos piensan “parece una niña buena”.

Y no crees que todas esas tonterías sobre muerte, desempleo, envejecimiento y guerras sean verdad, y ellos suspiran por tu inocencia que no durará (la inocencia es lo primero que se le pudre a los mamíferos, incluso antes que las muelas), y piensan “parece una niña buena”.

Te das el lujo de tenerlos a todos en tu contra mientras los obligas a alimentar tu monstruo sin chistar, a darte casa, comida, estudios, todo gratis, no pueden echarte de su lado
porque te aman, el futuro está muy lejos y a pesar de todos tus desplantes, ellos piensan “parece una niña buena”.

La conciencia siempre llega tarde, sólo te das cuenta que este es el estado ideal segundos después que lo dejas. Mira como huye de ti, lo estás dejando y ellos siguen pensando que pareces una niña buena, no caben en su orgullo por haber hecho una ciudadana ejemplar de una criaturita rebelde, y tú te miras desconcertada al espejo, preguntándote en qué momento te ganaron la partida, cómo te convirtieron en esto, quizá se valieron de esa brujería moderna que llaman
psicología inversa.