De repente me vi pensando en esos cadáveres que son exhumados a la vuelta de varios años y a los que les encuentran tierra o restos de la tela que tapiza su ataúd bajo las uñas. Y también pensé en esos bebés que nacen con el cordón umbilical enroscado en el cuello, una perfecta horca para la hora en que les toca bajar a nuestro caótico mundo. ¿Qué pretendían unos y otros, desde la oscuridad? En cualquier caso, la muerte y la vida se encargaron de mantenerlos en sus casillas.
¿Dónde está mi animal? Hace tiempo que no lo veo. Tal vez lo asfixié con una manta de letras o quedó emparedado entre el hojaldre de mi imaginación. Aunque siempre le temí, no dejé de alimentarlo. Alguien me dijo que le permitiera hacer cuanto quisiera, y luego, alguien más me aconsejó que le prohibiera cosas, que le enseñara reglas, que no le diera alcohol, que lo educara bien. Yo hice lo que pude. Eso dicen todos los que crían. Pero ahora que el pobre está extraviado, siento horror ante la posibilidad de que se haya convertido en uno de esos seres imposibles de satisfacer, que gruñen cuando están contentos y mueven la cola de tristeza. En otro maníaco-depresivo armado hasta los dientes contra su propia felicidad.
"A qué viene la noche si no es buscando pájaros. Sobre la profundidad que abraza mi balcón, asisto sin palabras a la manera ciega y astuta, sus lápices infatigables, el pausado latido del corazón. Por eso he abandonado el sueño, saliendo de sus manos por un infinito estudio y una segura consecración. Ahora estoy enteramente en la actitud nocturna que las horas más graves exigen. Huyo de los relojes, establezco distancias invariables de mi cuerpo al llamado de timbres y campanas. Sostenido en mi balcón por una paciencia osada, miro llenarse la calle de topacios, en una sorda batalla de sustituciones, hasta que las aristas de toda contrucción son arrasadas por la manera de lo que viene y las aguas de la sombra ascienden, con aspirados torbellinos silenciosos, hasta mi refugio. A qué viene la noche si no es buscando pájaros. Cuando está junto a mí, abro los brazos, la bebo profundamente y me dejo ir, ya olvidado de resistencias, como un halcón fulminado o una construcción gótica".
Julio Denis, XLI
En: Papeles inesperados, de Julio Cortázar (Alfaguara, 2009)
La otra noche, mientras me cepillaba los dientes, estaba pensando en que no puedo con los artistas conceptuales, ni con aquellos que eligen la performance como forma de expresión. Tampoco puedo unírmeles (le huyo al exhibicionismo y cada vez que oigo la palabra “conceptual” siento cosquillas, lo mismo me pasa con “quintaesencia”. Debe ser alguna neurosis. Rebuscada, ¿eh? De otro modo, no sería una neurosis decente). Por eso:
1. Envidio
Apuesto a que los artistas modernos se divierten más que sus colegas de siglos anteriores. Los conceptuales, sobre todo. Y si son mujeres, ni hablar (y si están furiosas, mejor aún; la excusa de buscar reivindicación es la más saqueada desde la última mitad del siglo pasado). Pongámonos en su lugar. Hacen de la vida un portafolio de proyectos. Van proyecto tras proyecto, cazando ideas como oxígeno para subsistir. Clarividentes y reyes del "do-it-yourself", planifican el futuro inmediato, el siguiente salto cuántico, dividen la existencia en planes quinquenales. ¡Están hechos! Porque, ¿quién de nosotros sabe qué desayunará mañana?

Tomemos como ejemplo el proyecto Chewing Gum of the World, de la finesa-angoleña (nacionalizada mexicana) Jamaica Tuominen-Rosnay.
“Durante los próximos cinco años me propongo recolectar envoltorios de chicle en ciudades de los cinco continentes y elaborar una gran instalación con hilos de chicle, entretejidos como una gran tela de araña, de pared a pared, en una gran sala a media luz donde se proyecte permanentemente un mapamundi descomunal. En estos hilos colgaría, con pinzas de ropa, los envoltorios a modo de banderas, para significar… ¿Significar QUÉ? Oh, creo que perdí mi punto".
También es preciso que la artista piense de antemano si tendrá que mascar todo ese chicle por sí misma, o si ya va siendo hora de contratar un ayudante malpagado.
Los artistas conceptuales piensan dos, tres y hasta diez veces diez, en un mundo donde la mayoría no se lo piensa mucho. O nada. Hurra por ellos.
1 y 1/2. Un ejercicio narrativo de sutil ironía que, gracias al Señor, no excede las ciento veinte páginas
Si este rollo del arte conceptual los embarga al mismo tiempo de temor místico y de una creciente sensación de absurdo (como a mí), no pueden dejar de leer La cabeza de plástico, del español Ignacio Vidal-Folch. Publicada por Anagrama en 1999, esta brevísima novela recrea unos cuantos duelos de ego y poder entre papanatas y señores del mundillo artístico holandés. Si sobreviven a algunos pasajes aburridores, se sentirán gratificados por su final sorprendente. Es un puño a la nariz, sí. Un puño fétido, para ser más específicos.
2. Aplaudo
Mientras el enjuague dental se movía por mi boca al convulsivo ritmo de mis mejillas infladas y me miraba al espejo con ojos de tontarrona, ya no pensaba en arte conceptual, sino en la performance. Pensaba en que toda performance es delirante.
Mi vida es una performance. Pero no es delirante. Todavía no.

Yo no asisto a las performances ajenas. Me aburren. Estoy programada para tratar de incluirlos en la mía, como espectadores, como experimentadores, cosa que no siempre logro. Y cuando lo logro, no siempre obtengo los resultados que esperaba.
¿Una performance ha de ser satisfactoria para el artista, aún cuando incluya mortificaciones auto infligidas para demostrar su punto de vista? En ese caso, el ejecutor de la performance podría equipararse con uno de esos mártires antiguos o esas víctimas de la Inquisición, a quienes no les importó morir con tal de darse la razón y que el asunto fuera, como dicen ahora, un hecho público y notorio. De otro modo, no valdría la pena. Si no puedes compartirlo, si no puedes hacerlo significar, no tiene sentido.
Luego de experimentar con mi propia carne, de llevar a cabo una experiencia vital artificialmente preparada, a ver qué tal, presento los resultados, los recortes, en la galería X, todo muy aséptico, muy posmo. He aquí lo que he vivido vicariamente por ustedes, para ustedes. Mi ofrenda. ¿Qué no entienden de qué va? Oh, es su problema. Malditos todos. Sí. Rock.
Z. Ajá, lo que tú digas
Texto para una camiseta o una pancarta: “Quienes de veras aman la música no hacen periodismo musical”. Quizás, durante una protesta ante el Colegio Nacional de Periodistas. En esas ocasiones siempre se cuelan mensajes así, sin pies ni cabeza, y quienes están en el sitio o las siguen por televisión se quedan preguntándose: “¿Ah?”.

“Era una muchacha alegre. Feliz. Era tan feliz que no tenía tiempo para leer poemas. La he visto. Se los confieso. La he visto en la calle y está arrugada”.
Francisco Massiani, Piedra de Mar, pág. 52.