Y mientras lo hacía (considerando también deshacerme de mi teclado Casio, por creerme desahuciada en el terreno musical y porque el dinero no me vendría mal, así como tal vez también debería salir de la cámara de video y el equipo de sonido y un montón de cosas más que alguna vez significaron algo para mí y ahora no parecen tener la menor utilidad en mi vida), no pude evitar que mis pensamientos se desplazaran hacia el piano de Teresa Carreño, que durante algún tiempo permaneció "cautivo" del olvido y la desidia general, embalado en pésimas condiciones (parece que alguien tuvo la ocurrencia de pintarlo de verde y que luego la caja se convirtió en una mansión de cucarachas) y relegado a las sombras, hasta que una extraordinaria mujer, coterránea suya y digna heredera de su talento, vino a ocuparse de él.
Me refiero a Rosario Marciano (1944-1998), la recordada pianista, musicóloga, docente y fundadora del Museo del Teclado que, con el apoyo del Ministerio de Educación, publicó en 1975 una minuciosa crónica sobre el rescate del Weber de Carreño, que emprendió por iniciativa propia y con el entusiasmo desbordante de sus veintidós años. "Una mañana del mes de agosto de 1966, cuando ensayaba con el pianista vienés Hans Kann, quise enseñarle a este último, durante una pausa del trabajo, el piano de Teresa Carreño, que se encontraba allí.
Desde pequeña, aquel instrumento casi destruido me fascinaba, y ahora tenía muchos años sin verlo. Me había marchado a Europa y en el interín adquirido una extensa colección de instrumentos antiguos, en su mayor parte de teclado, que, a pesar de sus centenios o magnas edades, se comportaban fenomenalmente y sonaban de maravilla. Así pues, subí una vez al lobby del Municipal, como lo hacía desde niña, esta vez en forma decisiva. Al encontrarme frente al viejo y destartalado piano, para mí tan querido, y ver que exhalaba sus últimos, débiles e imperceptibles suspiros, se apoderó de mí la desesperante idea de ¡revivirlo! y me dije: ¿Por qué ese piano no ha de volver a sonar si los míos que están en Viena lo hacen tan bien?".
Así comienza Protocolo y resurrección de un piano, y a lo largo de sus ciento seis páginas, Marciano va bordando una narración apasionante, plena de datos y anécdotas y complementada con toda clase de documentos que no sólo contribuyen a su verosimilitud, sino que dan cuenta del engorro burocrático que nuestro mundo opone a las causas más nobles: cartas, telegramas, facturas, actas, papeles oficiales, manuales de instrucciones, recortes de prensa y hasta una entrevista con Alfred Watzek, el restaurador que tuvo a su cargo la titánica tarea de reanimar el maltrecho instrumento, uno de los tantos que sirvieron de vehículo a la gloria de Teresa Carreño (de cuyo natalicio se cumplieron ciento cincuenta y seis años el pasado 22 de diciembre). Al unísono de Marciano, vivimos las antesalas, las gestiones, los contratiempos, las frustraciones y las alegrías de esta odisea fraguada entre dos continentes. Pese a iniciarse como una cruzada personal, el proyecto tuvo buena acogida en el ámbito cultural venezolano, como lo demuestra el interés de todos los factores involucrados en que la empresa llegara a feliz término justo a tiempo para reestrenar el piano en el cincuentenario de la muerte de Teresa Carreño, como parte de un programa especial inserto en la celebraciones organizadas por motivo del cuatricentenario de Caracas. Su éxito sirvió de ejemplo a las futuras generaciones (un ejemplo que no estoy segura de que haya sido recogido, pero al menos quedó registrado) sobre el respeto y el cuidado que merece nuestro patrimonio histórico, más aún cuando, como en el caso de la Carreño, ese patrimonio contribuyó al renombre de nuestro país y nuestro gentilicio en otras tierras.
Recordar esa placentera lectura de mi infancia (tendría yo once o doce años cuando, en una sola tarde, engullí el libro, como si de un relato de aventuras se tratara) me ha reconciliado momentáneamente conmigo misma, así que me pareció interesante compartirlo aquí. Dudo que hoy en día sea fácil de conseguir, pero si llegan a cruzarse por ahí con un ejemplar y no le tienen miedo a los documentos históricos, échenle un ojo. No se arrepentirán.
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