domingo, 9 de mayo de 2010

Aburrimiento (en el Día de las Madres)


Te avergüenza confesar tu ocasional aburrimiento, porque te reconoces como la única culpable de que venga de visita. De hecho, pocas veces lo manifiestas en voz alta, muchas menos de las que lo sientes deambular por tus pasillos. Aburrirte expresa una mala administración de tu tiempo, los esfuerzos y las opciones que la vida te ofrece; una especie de ceguera de los sentidos, un bloqueo de tu conciencia y tu voluntad ante lo mucho o lo poco que hay por hacer (porque siempre queda algún detalle pendiente).

De modo que no hablamos de la pérdida de la capacidad de hallar placer en lo conocido o en lo nuevo, ni del cansancio ocasionado por las rutinas y los allegados, sino de esa temible sensación de vacío, insatisfacción, incertidumbre, asfixia, finis terrae, que te asalta una vez a la cuaresma, y que sólo podrías describir como
una locomotora que se detiene.

Hasta donde alcanza tu memoria, la primera vez que le dijiste a tu madre que estabas aburrida (esperando que hiciera “algo al respecto”) tenías cinco años. Por supuesto, ella no te tomó en serio. Peor aún: sin siquiera mirarte a la cara, te toreó con un insulso juego de palabras que ya por entonces aborrecías: “No sea-burra, niña”. Estaba en camino la epifanía de que tu Magna Proveedora no era tal cosa. Por más que se esforzara, velando junto a tu padre por tu alimentación y tu abrigo, tu educación y otras obligaciones a las que la invitaban la Ley y el instinto (que es otra clase de ley), jamás podría llenar el saco de tus necesidades emocionales. En ese sentido, más que un regalo, más que una hija o una muñequita, la vida le metió una piña bajo el brazo.

(No es fácil ser una piña).

Los adultos cometen un grave error al creer que los pequeños no se fastidian. Su tedio va creciendo con ellos, a la par de su sombra... Sin embargo, a diferencia de la sombra, el tedio no mantiene su mansedumbre, su respeto hacia la forma que lo proyecta.

Conforme han ido creciendo juntos, tu tedio se ha nutrido de cada hora muerta que has transitado al desgaire. Te acecha en silencio y un buen día te saldrá al paso y sabrás (¡cómo sabrás!) que aquella quejita infantil —que parecía menos grave que un dolor de oídos o un vómito nocturno— era sólo el preámbulo, el ruido de la llave entrando en la cerradura, el inútil brocal del pozo. Y que has llegado a él para quedarte... O para probar que sabes nadar.


(Por suerte
—y aunque no fue idea de tu madre te enviaron a la escuela de natación a muy tierna edad).

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