
La primera noche dormí en la arena a mil millas de toda tierra habitada. Estaba más solo que un náufrago en medio del océano. En tales circunstancias ya pueden imaginarse mi sorpresa cuando al día siguiente, al despertar, oí una simpática vocecita que me decía:
—Háblame de la “corderidad” del cordero.
—¿Cómo?
—Háblame de la “corderidad” del cordero.
De un brinco me puse de pie como si hubiera sido tocado por un rayo. Me froté los ojos y miré detenidamente. Era un hombrecito en verdad extraordinario que me observaba gravemente.
Contemplé esta aparición con ojos redondos de asombro. Recuerden que me encontraba a mil millas de toda región habitada. No obstante, mi pequeño hombrecito no me pareció ni perdido, ni muerto de fatiga ni de sed, ni de miedo. No tenía la apariencia de un niño perdido en el desierto, a mil millas de toda región habitada. Cuando por fin pude hablar, le dije:
—Pero… ¿Qué haces aquí?
—Soy una alucinación.
Debió notar mi súbita palidez, porque enseguida agregó:
—Ah, ¿te asustaste? Era una broma. Por favor, háblame de la “corderidad” del cordero.
Cuando el misterio es demasiado impresionante, uno no se atreve a desobedecer. A pesar de lo absurdo que esta petición me pareciera hallándome a mil millas de distancia de cualquier lugar habitado y en peligro de muerte, saqué una hoja de papel de mi bolsa y una pluma. Pero me acordé entonces de que lo que yo había estudiado asiduamente era geografía, historia, cálculo y gramática, y le dije al pequeño hombrecito, con un poco de mal humor, que habría de conformarse con que le “dibujara” un cordero. De paso, le advertí que no era muy bueno en esas lides, así que no debía esperar gran cosa.
Él refunfuñó algo que no pude entender, luego pareció resignarse. Yo me dije, para mis adentros: “Caramba, estos niños ya no son como los de antes”. Y elevé la vista al cielo en búsqueda de inspiración.
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