
En estos días en que los gatos me persiguen (los encuentro por doquier y, por si fuera poco, vienen a mí y se dejan acariciar con sospechosa docilidad), conseguí en la red esta imagen de Yva Las Vegas en 2001, quien fuera una especie de “celebridad de a pie” en Seattle cuando ésta ya se había enfriado como epicentro de la movida rockera de los noventa. Me sorprendió verla desmaquillada, melancólica, casi con pinta de homeless. Cargando ese minino enorme. La recordaba de otras fotos en las que aparecía más “próspera”: hinchada, tosca, con cara de pitbull, peinada con pinchos azules… En contraste con un Krist Novoselic trajeado y normalito, que intentaba levantar cabeza después del suicidio de Kurt Cobain.
Cenicienta musical, Las Vegas se convirtió en fuente de envidia y admiración cuando, de cantar canciones criollas venezolanas y otras cosillas en las calles de Seattle acompañándose con un cuatro, pasó a formar con el ex bajista de Nirvana una banda llamada Sweet 75, en la que alternaba la guitarra eléctrica con el bajo y entonaba himnos autoconmiserativos en un inglés chapurreado. Su debut y despedida (un álbum homónimo editado por Geffen en 1997) acusaba tímidas reminiscencias grunge sin aportar temas memorables. Lo interesante aquí fue que, sin ceder el control creativo, Novoselic le permitió a Yva lucirse con ciertas extravagancias que el público estadounidense no supo apreciar:
-La vida, un tema en español que le hubiera quedado pintado a María Rivas, con cuatro incluido y la participación especial de Herb Alpert, el trompetista del Tijuana Brass (“la vida es así / así na’ más / aunque ya no la quieras / ni agarrar”).
-Ode To Dolly, una animada (j)oda a Dolly Parton donde nuestra desparpajada vocalista (y lesbiana confesa) revela que prefiere ser una “country swinger” que una “country singer”.
-Cantos de pilón (“Las estrellas de mi cielo / toditas tienen su nombre”), una caricatura de nuestro folklore, rematada por el monótono acordeón de Novoselic (¿se acuerdan de Nirvana versionando Jesus Doesn’t Want Me for a Sunbeam en el MTV Unplugged? Definitivamente, no hay nada más cursi que un croata de tres pisos tocando acordeón con cara de zonzo).
Me gustaría poder decir que, de algún modo, con su efímero paso por la escena rockera estadounidense, Yva Las Vegas hizo realidad mi fantasía de oír a Lilia Vera versionando White Rabbit, de Jefferson Airplane (un cruce traído de los pelos, lo sé). Pero la voz de esta señora no da para tanto. Tiene lo suyo; sin embargo, donde se espera potencia, pasión o furia, suena cansada, amarga, incluso cuando se supone que está gritando. ¿Será por lo que revela en Take Another Stab: “I used to be lovely”? Ese es mi verso favorito de todo el disco. Más que nostalgia, rezuma decepción. Algo se torció en el camino y, voilá!
Como sea, las frases interesantes no son problema para la banda. Sutilezas semánticas como “You think you're up / but you're only high” (Japan Trees) y estribillos brutales, del tipo “Your pain is nothing to me” (Oral Health). Escupidos en tu ojo bueno como si tal cosa.

Flor de un día, Sweet 75 no fue elogiado pero tampoco fue destrozado por la crítica. A nadie atrajo ni espantó su concepto “mamarracho”. Su CD es el más barato de mi colección (me costó, si mal no recuerdo, cincuenta centavos de dólar), al punto que casi sentí que me lo estaba robando cuando lo pagué. Sí, de repente pensé en la banda y el equipo de producción como una maquila. Los que trabajaron “horas-culo” (como suele decir mi jefa) para hacerlo realidad. Pero así es la vida: nunca sabes cuándo tu trasero va a terminar en un remate.
¿Que por qué lo compré? Ah, uno le toma cariño a estas cosas. Por derrelictas. Por curiosas, por nimias, por huérfanas del favor histórico, como gatos callejeros. Porque huelen a ingenuidad y a barbarie, a “aquímismito”. ¿Cómo no sonreír al leer en los agradecimientos, después de una pila de nombres gringos: “A Yuraima, Yurima, Yujoiva, Ramón, Cheche y los Guillermos”? ¿Qué pintoresco nombre con “Y” aparecerá en la cédula olvidada de nuestra maracucha de oro? Porque ese “Yva” debe ser un rastro desdibujado de su pasado local, una abreviatura adoptada con propósitos artísticos (o con el propósito de encarar una nueva vida, una vida más libre). ¿Y, finalmente, cómo no alzar las cejas al constatar que la firma bajo la que publica sus temas es “Sin Cojones Music”?
Me divierte pensar que el realismo mágico alguna vez se atapuzó de patacones y ahora, como tantos connacionales, tiene visa americana. Quién sabe si vencida. Esperemos que no.
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