jueves, 3 de junio de 2010

Confesión


Tengo un gato, pero no es mío. Tampoco me lo robé. De hecho, no sé cómo llegó, de dónde vino; pero, pensándolo un poco, esa es la condición primordial de todo lo que se nos atraviesa en esta vida: un no-saber-de-dónde-ni-por-dónde-ni-para-qué-pero-finalmente-helo-aquí.

De modo que tengo este gato, pero en cómodas cuotas: usualmente, cuando llego del trabajo, me espera ansioso al pie de las escaleras. Creo que ya hasta me reconoce. Y cómo no va a reconocerme, si lo alimento (con leche, casi siempre; con atún desmenuzado, que le fascina; con boronitas de pan mojadas, que no le gustan tanto. Mi madre dice que come mejor que muchos venezolanos. ¡Condenado suertudo!). Lo acaricio. Juego con él. Agradecido, se frota contra mis piernas, se enrosca en ellas, pasando de la una a la otra, trazando lentos y elegantes ochos. Frota su cara, sus bigotes contra mí. Jamás me araña, ni yo a él: supongo que en eso radica nuestro delicioso acuerdo. Ni violencia, ni ataduras. Me encanta y le temo, y la cosa es mutua.

Intuyo que se le escapó a alguien: es grande y muy aseado, con un pelaje precioso, blanco con manchas pardas, sin pulgas ni las marcas o trasquilones que delatan una existencia peleada. Y maúlla con la insistencia de un niño que busca llamar la atención de los adultos. Es un gato con hábitos de “gato que ha vivido como gente”, pues… Aunque, cuando el hambre apremia, se muestra tan fiero e impetuoso como cualquier animal callejero y hay que agarrarlo para que no se zampe de cabeza en la taza, como un torpedo, explicándole cariñosamente: “Ah-ah, eres un gatito, no un cepillo de limpiar vasos… Contrólate, por favor”.

Otros vecinos también le llevan comida, pero no se toman su tiempo con él, no lo miman, no lo aconsejan, no se interesan por la marcha de sus asuntos, no le dan conversación (espero que no traten igual a sus hijos, cual celadores… Hasta las plantas necesitan dedicación, un plus). Lo más lejos que han llegado ha sido poniéndole por nombre "Domingo", en honor al edificio. Recientemente me enteré de eso gracias al conserje y pensé: “Genial… Ni siquiera tuve que tomarme la molestia de bautizarlo”.

Por si fuera poco, es autolimpiante (como todos los de su especie).

Un gato marca ACME. Listo para usar. Sí, las mascotas de carne y hueso siempre serán mejores que los Tamagotchi, aunque la comida para mascotas sea cara, y aunque persista la posibilidad de que las atropellen o se escapen y sufras mil días y mil noches por eso (los Tamagotchi eran virtualmente imposibles de atropellar y no se largaban jamás… Obligándote a matarlos de hambre cuando te hartabas de ser su esclavo).

Este régimen (de relación abierta) es cómodo y conveniente. Porque todavía no estoy segura de querer ser dueña de un gato a tiempo completo. Y porque a Domingo no se le da bien el encierro y la sumisión. De lo contrario no habría venido a parar aquí… Pero, ¿quién en su sano juicio preferiría el pie de una escalera a la tibieza de un hogar regido por humanos?

Recuerdo que en las comiquitas siempre había un policía tratando de hacer que un gato bajara del árbol al que había trepado, mientras su pequeña ama lloraba desconsolada a un costado de la escena. En mi mundo no hay policías. Niñitas inconsolables… tal vez. Gatos, por decenas (quién sabe si no serán el mismo, una versión félida de Droopy). Y como moderno sucedáneo del árbol, la escalera panorámica de mi edificio. Una escalera de caracol, para más señas.

Hace un par de semanas, Domingo apareció maullando en mi piso. No era que se supiera el camino: andaba en una de gato mendicante, de llevar su show de orfandad de puerta en puerta, seguro de que en algún lado se conmoverían y le darían lo que quería. Considerando que esto no es Las aventuras de Chatran, subir doce pisos sin haberse mareado por tantas vueltas y sin saber qué conseguiría en el camino no me pareció poca cosa; así que, lejos de irritarme por su inesperada visita, le aplaudí la gracia con una escudilla de anime llena de leche y me quedé con él hasta que se sació. Diríase que yo también me iba sintiendo llena mientras lo miraba beber.

(Bueno, ya está bien de animales por hoy… ¿O acaso cambiamos a Lawrence Durrell por su hermano Gerald?).

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada