sábado, 30 de enero de 2010

Mis ojos te lamen, Burroughs, no sé por qué


No suelo mirar fotos de escritores con especial interés (me apetecen más las de músicos y artistas plásticos). Aún así, hay un autor cuyas imágenes tienen una carpeta especial en mi memoria: William S. Burroughs. Siempre inmaculado en su estropicio existencial, famélico, con ojos de perro triste y rodeado de un irónico halo de santidad que debió lograr al atravesar (aparentemente, nunca se estrelló, sólo “lo atravesó”) el fondo de su hondísimo pozo, como quien cruza un espejo o la calle. Esa serenidad a prueba de bomba que transmite en todo momento no es sólo resultado de la pericia del fotógrafo, del encuadre y de la acertada elección de la locación: sin duda, el modelo tiene algo intrigante, algo… Algo que siempre he querido probar (y no me refiero a la ayahuasca).


Burroughs (primero a la derecha) a sus 29 años, con Ginsberg, Kerouac y Hal Chase (NY, 1945)

El norte del arte fotográfico nunca ha sido, como se cree, revelar la verdad de los seres que sus máquinas congelan. Incluso las imágenes más palmarias son un misterio: lo esencial permanece desapercibido, no hace más que ocultarse. De modo que mirar una foto se convierte en una persecución de lo real, una incursión de nuestros ojos al mejor estilo de “atrapa y cobra la presa” contra el tiempo coagulado en el papel o en los bits.

Fue quizás, guiada por esta intuición, que empecé a escudriñar al Burroughs icónico, personaje público, antes de zambullirme en sus libros. En mis días de colegio deseaba leerlo con fervor, pero luego me olvidé del asunto y me convencí de que, si no llegaba a devorar una página suya, verlo retratado "en situación" sería igualmente satisfactorio.


La venganza de los nerds: con Lucien Carr y Allen Ginsberg

Resulta difícil explicar aquí cómo una quinceañera caraqueña sucumbió a su oscura fascinación por ese señor uxoricida y bisexual, que siempre estaba de traje (la armadura de un caballero moderno) como un empleado bancario y que, bajo su pinta impecable y su sombrero, amparaba sordidez y desparpajo, todo un desafío a los convencionalismos del American Way of Life a mediados del siglo pasado. De hecho, Burroughs era uno de los poquísimos gringos viejos con los que me habría encantado entablar una conversación de parada de autobús en una tarde de invierno (idea sospechosa, porque yo suelo enmudecer ante los extraños y Bill no parecía un tipo fácil de abordar).


Leyendo Vientos, de Saint-John Perse (NY, 1953)

¿De qué hubiéramos podido hablar a finales de los noventa, antes de su muerte? Con un tipo así no puedes tratar de romper el hielo diciendo: “Wow, qué casualidad, usted y yo somos acuario”, pues corres el riesgo de que su mirada te petrifique. Empero, sin excesivas confianzas, habría intentado corroborar qué era cierto y que era falso de cuanto había oído y leído sobre él. Le habría preguntado por la máquina de sueños de Brion Gysin y por los trances bioenergéticos a los que lo inducía su acumulador de orgones (del que yo, sin saberlo, tenía una versión casera: una cama metálica plegable con su —también plegable— colchón con estampado de manzanas rojas y azules, que formaba una caverna tan estrecha como el canal del nacimiento y me hacía sentir, bueno, orgásmica —¿a los ocho años? — cuando mis primos o mis amigas me metían ahí para jugar a los rayos X).


Con su caballo de batalla y su lanza

Alguna vez, Burroughs declaró que, mientras usaba el acumulador, “notaba un silencio especial que a veces se siente en los bosques profundos o ciertas calles de la ciudad, un zumbido que es más una vibración rítmica que un sonido”. Eso era exactamente lo que yo percibía: un silencio raro, envolvente, de latencia, que me anulaba al tiempo que pujaba por proyectarme a otra dimensión. Sí, estoy segura de que por ahí habrían ido los tiros de nuestra plática… Y hablando de tiros, supongo que hablaríamos de su colección de armas, porque no hay que olvidar que mi héroe era un Tiro Loco McGraw.


Esta me recuerda un cuadro de Hopper... Sólo que Burroughs está vestido
y el modelo de Hopper no (París, 1959)

Desgranaríamos trivialidades, cómo no: su comida favorita, sus amigos y enemigos, la música que le gustaba y, por retruque, sus colaboraciones en discos de los noventa (Stoned Inmaculate, September Songs, The Priest They Called Him) y su influencia en Bowie, Rollins, Waits, Frank Zappa... Luego lo haría evocar para mí la impresión que le produjo su encuentro con Kurt Cobain (“Algo está mal en ese chico”, comentó Bill luego de haberlo conocido. “Frunce el ceño sin el menor motivo”).


Ni lo digas...

Eso sí: no hablaríamos de su obra (el año pasado compré El almuerzo desnudo para saldar mi vieja deuda, pero todavía no le he hincado el diente). A lo sumo, de la mía, la futurible… Le pediría consejo profesional: cómo sobrevivir a todo y a todos en tres simples lecciones, dejando una ración suficiente de prosa rara, encomiable y entretenida.


Sweet dreams are made of this: con Brion Gysin y su máquina de sueños

A decir verdad, toda esta fantasía sobre una conversación con Burroughs que ya no tendrá lugar (a menos que, al final de mis días, me asignen por error al mismo búnker donde él vive ahora y donde ha de tener montada tremenda juerga con sus eternos camaradas) es una farsa. No quiero oír al viejo. Sus grabaciones tienen algo escalofriante, tal vez por la monotonía de la lectura… De mirarlo, en cambio, no me canso jamás. Y entre más huesudo, arrugado y calvo se me aparece, mejor. Su estampa es la prueba que puedes hacer de tu vida un descomunal experimento sensorial, nadando a contracorriente como el salmón, y morir como un venerable anciano, con honores y demás.


En el sauna, con Ginsberg y Gordon Ball

En adelante, a quien me pregunte si he leído a Burroughs, le diré: “Sí… En sus fotografías”. Es una manera tan buena (y tan alimenticia para la imaginación) como cualquier otra
de acercarse a un creador en este mundo de prisas malvadas, fervores pasajeros y leteos marca ACME.

viernes, 22 de enero de 2010

Te diré por qué, Aquiles: test de personalidad (featuring The Smiths)


En el Sony Trinitron de Zenón de Elea, Aquiles se fatiga en vano todos los días, echándole piernas para alcanzar a la tortuga. Al fondo, Morrisey le da ánimos cantando una y otra vez: “Todavía no te lo has ganado, bebé”. Música cruel para una estampa cruel. Después de todo, los reality shows son más antiguos de lo que creíamos.

Pifia quien cree que ha obtenido algo que ansiaba porque “se lo merece” y, satisfecho como un niño recién amamantado, baja la guardia, se duerme en sus laureles… Es apenas entonces cuando tiene que redoblar sus esfuerzos diarios para ser digno de eso que ha recibido. La dádiva no es premio, sino prueba.

Porque, a fin de cuentas, nadie termina de merecer, nadie merece del todo lo que consigue. Y algunos lo merecen menos que otros… Pero eso ya es harina de otro costal, como también lo son aquellos que a todas luces “merecen” y, sin embargo, no logran lo que desean. Y peor aún, aquellos que se desvelan por “hacerse merecedores” de algo que no vale la pena.

sábado, 16 de enero de 2010

El silencio como error (u horror) de fe


“En otras ocasiones, cuando chocaba contra una pared, no aceptando que se tratara de eso mismo, la transformaba en una puerta. Pero aquí las paredes eran muy sólidas, y no había puertas. Jamás había pensado que la vía de la verdad fuera la vía del silencio y, naturalmente, jamás se lo había dicho nadie, pero ella era como aquel que busca con denuedo la casa marcada con una cruz, convencida, segura de su existencia —pero la meta buscada iba desplazándose continuamente y las huellas se confundían, y de desvío en desvío no llegaba a ninguna parte, hasta que, de repente, reconoce en una pared la señal establecida, pero la pared es ésta, y todos los libros que ha leído le han enseñado, en el fondo, que la mayor parte de los deseos desembocan en fétidos pantanos, y que al final es necesario callar, callar, callar”.

Ella tan amada, de Melania G. Mazzucco (Anagrama, 2006)

miércoles, 13 de enero de 2010

La farmacopea canta en mis sueños


“Normalmente no rezo, pero si estás ahí, por favor sálvame, Súperman”
Homero Simpson



Esta tarde tuve un sueño (sí, bueno, dormí una pequeña siesta… ¿Qué otra cosa podía hacer, si no había luz en la oficina, por el racionamiento, y me mandaron a casa a mediodía y me sentía como una inválida de la guerra?). Mi sueño parodiaba ese capítulo de Los Simpsons en que Homero danza enloquecido en el país del chocolate: de repente me vi bailando bajo una lluvia de pastillas y cantando a todo gañote “Lexotaniiiil, Lexotaniiiil”, mientras intentaba atajar con la lengua una que otra de esas “gotas” milagrosas. La canción no era de mi autoría, pero la cantaba con tal frenesí… Imagínense a una pisadora de uvas en plena faena o a un vikingo a punto de desembarcar en territorio enemigo y tendrán una idea aproximada.

“Lexotanil, Lexotanil”… Quizás sea el éxito del momento en el hit parade de mi planeta onírico. Quizás sea... Desperté entre el espanto y la risa. Y ganó la risa.


(Este post es el espanto).


Los sueños son el pizarrón (o el cuaderno cuadriculado, o la ensaladera) de los demonios. De los tuyos, de los míos, de los vuestros.


Ahora que lo pienso, mi sueño parecía salido de un libro de Irvine Welsh… Y eso que todavía no he leído el primero, ni lo haré: con las versiones cinematográficas de Trainspotting y The Acid House tuve suficiente.


Me pregunto qué significará este sueño. ¿Debería hojear el librito de San Cono y buscar un dato para la lotería? ¿O revisar La interpretación de los sueños, de Freud? Hum, buscando respuestas en los lugares menos adecuados… La elocuencia de las paredes, de lo que allí se escribe. Cazando eso que llaman sentido. Todos hablan de la búsqueda del sentido, de la pérdida del sentido, ese unicornio… Pero, ¿es posible perder algo que jamás se halló? ¿Algo de lo que si acaso se tienen atisbos, falsas confirmaciones, etcétera, etcétera, etcétera?


No coqueteo con el suicidio. Creo que la vida es el único marco válido para todas las posibilidades (y también, para las imposibilidades). Si estás muerto, no puedes hacer siesta. Ergo, tampoco puedes despertar.

Lo único que prueba este sueño que, si te descuidas, la mente va por su cuenta y hace desastres. Mezclas estúpidas (Homero y el Lexotanil, y todas esas que han dado nombre a buenos y no tan buenos libros, como El sonido y la furia o Kant y el ornitorrinco). Las combinaciones más improbables saben a gloria por culpa de esa hipócrita asesora de belleza. La gloria te sabe a veneno, a cáliz que urge apartar, por las razones más absurdas (a veces, incluso contrarias al instinto de conservación). Y terminas olvidando lo que es realmente importante.

La mente no siempre es tu amiga. De hecho, pensar más de la cuenta, usarla demasiado, mascando una y otra vez los mismos temas irresolubles, equivale a dormir con el enemigo. La mente, traviesa ella, te pone zancadillas. Te deja en el aire, haciéndote quedar mal con el mundo (porque has contraído obligaciones, como todos, que debes honrar con la mayor claridad de juicio… Justo cuando el juicio brilla por su ausencia). Te exprime, te machaca, golpeándote contra ti mismo. Grita cuando quieres silencio y enmudece cuando necesitas tener la cabeza llena de ruidos. Varía la luz con la que miras las cosas, como si en vez de globos oculares llevaras lámparas estroboscópicas en el rostro. Y entonces te toca decidir, rápido, rápido, mientras ella va un momentito a buscar la azucarera o a cambiar la mecha del taladro, qué ha sido cierto y que ha sido falso en este Magical Mistery Tour.

Creo que también fue Homero Simpson el que dijo: “¡Oh, mírame! Estoy haciendo feliz a la gente. ¡Qué bien! ¡Soy un hombre mágico! ¡Del país feliz, de la casa de gominola de la calle de la piruleta! Por cierto, intentaba ser sarcástico”. Pocas veces el "sentido de la vida" (y el pathos) del hombre posmoderno ha sido mejor expresado.