
No suelo mirar fotos de escritores con especial interés (me apetecen más las de músicos y artistas plásticos). Aún así, hay un autor cuyas imágenes tienen una carpeta especial en mi memoria: William S. Burroughs. Siempre inmaculado en su estropicio existencial, famélico, con ojos de perro triste y rodeado de un irónico halo de santidad que debió lograr al atravesar (aparentemente, nunca se estrelló, sólo “lo atravesó”) el fondo de su hondísimo pozo, como quien cruza un espejo o la calle. Esa serenidad a prueba de bomba que transmite en todo momento no es sólo resultado de la pericia del fotógrafo, del encuadre y de la acertada elección de la locación: sin duda, el modelo tiene algo intrigante, algo… Algo que siempre he querido probar (y no me refiero a la ayahuasca).
Burroughs (primero a la derecha) a sus 29 años, con Ginsberg, Kerouac y Hal Chase (NY, 1945)
El norte del arte fotográfico nunca ha sido, como se cree, revelar la verdad de los seres que sus máquinas congelan. Incluso las imágenes más palmarias son un misterio: lo esencial permanece desapercibido, no hace más que ocultarse. De modo que mirar una foto se convierte en una persecución de lo real, una incursión de nuestros ojos al mejor estilo de “atrapa y cobra la presa” contra el tiempo coagulado en el papel o en los bits.
Fue quizás, guiada por esta intuición, que empecé a escudriñar al Burroughs icónico, personaje público, antes de zambullirme en sus libros. En mis días de colegio deseaba leerlo con fervor, pero luego me olvidé del asunto y me convencí de que, si no llegaba a devorar una página suya, verlo retratado "en situación" sería igualmente satisfactorio.
La venganza de los nerds: con Lucien Carr y Allen Ginsberg
Resulta difícil explicar aquí cómo una quinceañera caraqueña sucumbió a su oscura fascinación por ese señor uxoricida y bisexual, que siempre estaba de traje (la armadura de un caballero moderno) como un empleado bancario y que, bajo su pinta impecable y su sombrero, amparaba sordidez y desparpajo, todo un desafío a los convencionalismos del American Way of Life a mediados del siglo pasado. De hecho, Burroughs era uno de los poquísimos gringos viejos con los que me habría encantado entablar una conversación de parada de autobús en una tarde de invierno (idea sospechosa, porque yo suelo enmudecer ante los extraños y Bill no parecía un tipo fácil de abordar).
Leyendo Vientos, de Saint-John Perse (NY, 1953)
¿De qué hubiéramos podido hablar a finales de los noventa, antes de su muerte? Con un tipo así no puedes tratar de romper el hielo diciendo: “Wow, qué casualidad, usted y yo somos acuario”, pues corres el riesgo de que su mirada te petrifique. Empero, sin excesivas confianzas, habría intentado corroborar qué era cierto y que era falso de cuanto había oído y leído sobre él. Le habría preguntado por la máquina de sueños de Brion Gysin y por los trances bioenergéticos a los que lo inducía su acumulador de orgones (del que yo, sin saberlo, tenía una versión casera: una cama metálica plegable con su —también plegable— colchón con estampado de manzanas rojas y azules, que formaba una caverna tan estrecha como el canal del nacimiento y me hacía sentir, bueno, orgásmica —¿a los ocho años? — cuando mis primos o mis amigas me metían ahí para jugar a los rayos X).
Con su caballo de batalla y su lanza
Alguna vez, Burroughs declaró que, mientras usaba el acumulador, “notaba un silencio especial que a veces se siente en los bosques profundos o ciertas calles de la ciudad, un zumbido que es más una vibración rítmica que un sonido”. Eso era exactamente lo que yo percibía: un silencio raro, envolvente, de latencia, que me anulaba al tiempo que pujaba por proyectarme a otra dimensión. Sí, estoy segura de que por ahí habrían ido los tiros de nuestra plática… Y hablando de tiros, supongo que hablaríamos de su colección de armas, porque no hay que olvidar que mi héroe era un Tiro Loco McGraw.
Esta me recuerda un cuadro de Hopper... Sólo que Burroughs está vestido
y el modelo de Hopper no (París, 1959)
y el modelo de Hopper no (París, 1959)
Desgranaríamos trivialidades, cómo no: su comida favorita, sus amigos y enemigos, la música que le gustaba y, por retruque, sus colaboraciones en discos de los noventa (Stoned Inmaculate, September Songs, The Priest They Called Him) y su influencia en Bowie, Rollins, Waits, Frank Zappa... Luego lo haría evocar para mí la impresión que le produjo su encuentro con Kurt Cobain (“Algo está mal en ese chico”, comentó Bill luego de haberlo conocido. “Frunce el ceño sin el menor motivo”).
Ni lo digas...
Eso sí: no hablaríamos de su obra (el año pasado compré El almuerzo desnudo para saldar mi vieja deuda, pero todavía no le he hincado el diente). A lo sumo, de la mía, la futurible… Le pediría consejo profesional: cómo sobrevivir a todo y a todos en tres simples lecciones, dejando una ración suficiente de prosa rara, encomiable y entretenida.
Sweet dreams are made of this: con Brion Gysin y su máquina de sueños
A decir verdad, toda esta fantasía sobre una conversación con Burroughs que ya no tendrá lugar (a menos que, al final de mis días, me asignen por error al mismo búnker donde él vive ahora y donde ha de tener montada tremenda juerga con sus eternos camaradas) es una farsa. No quiero oír al viejo. Sus grabaciones tienen algo escalofriante, tal vez por la monotonía de la lectura… De mirarlo, en cambio, no me canso jamás. Y entre más huesudo, arrugado y calvo se me aparece, mejor. Su estampa es la prueba que puedes hacer de tu vida un descomunal experimento sensorial, nadando a contracorriente como el salmón, y morir como un venerable anciano, con honores y demás.
En el sauna, con Ginsberg y Gordon Ball
En adelante, a quien me pregunte si he leído a Burroughs, le diré: “Sí… En sus fotografías”. Es una manera tan buena (y tan alimenticia para la imaginación) como cualquier otra de acercarse a un creador en este mundo de prisas malvadas, fervores pasajeros y leteos marca ACME.










