
Monje frente al mar, de Caspar David Friedrich (1808-1810)

La eternidad de Andy debe ser tan precaria como lo fue su existencia, así que cabe hablar de él como si jamás hubiera muerto. Vive en el cuento del traje nuevo del Emperador, en cada cosa "pop", en cada episodio mordaz, en cada bofetada de guante blanco que una estrella del rock le propina a un periodista con pretensiones frustradas de estrella de rock… Sí, más allá de las latas de sopa Campbell’s y los estallidos de color que reproducen en serie el rostro de Marilyn Monroe, ese es el Warhol que me interesa: el oral. El que administraba magistralmente los monosílabos y los silencios, el que no temía contradecirse y demoler lugares sacrosantos de la cultura y de la costumbre, banalizándolos.
Este post podría subtitularse, parodiando la película de Godard, Dos o tres cosas que sé de Kokoschka. Aunque suene poco serio, lo primero que me atrajo de este pintor austriaco, contemporáneo de Klimt, fue su mirada en la foto que ilustra estas líneas, la lánguida hermosura de sus ojos (ausente en sus retratos de vejez). Y luego, sí, algunos de sus caóticos cuadros, que repelen y atraen a la vez debido a su tremenda fuerza expresiva. 
“EDGARDO: ¿Le extraña a usted que yo lleve acostado, sin levantarme, veintiún años?

Todo me gusta de Balthus, al menos, todo lo conocido. Empezando por su nacimiento, el día falso de un año bisiesto en el seno de una familia noble... Y por su nombre artístico. Realmente necesitaba resumir el original (Balthasar Michel Klossowski de Rola). Balthus, por Balthasar: es nombre de gato acólito del diablo, de rey mago. Perfecto para el señor de las niñas y los gatos. De cada niña, de cada gato suyo podría escribirse una historia, sólo mirando, afinando el ojo: todo está allí, servido en la delicia de los colores, en la pose, en el magnífico trazo. La tensión sexual y la pureza recorren sus cuadros en un curioso equilibrio de fuerzas. Una y otra vez tropezamos con ese picón de la modelo, como al descuido, pero no porque el pintor persiga la perfección. Es otra cosa, otra cosa… “Pintar es como rezar”, decía Balthus. Concebía ambas actividades como formas de entrega.
Un año y un día, exactamente, después de mi nacimiento, se marchaba Thelonious Monk. Nuestro encuentro (en la puerta, aunque para muchos luzca improbable que las almas que llegan entren al mundo por la misma puerta que las que se van, pues no sucede así en los consultorios psiquiátricos) fue un poco como esa canción de los Beatles: "I don't know why you say goodbye, I say hello". No me lo tomo como algo personal; a fin de cuentas, el hombre ya había prestado sesenta y cinco años de honroso servicio por estos lares.

“29”, en: New Miserable Experience, de Gin Blossoms (1992)

Nada que decir sobre el Cronopio Mayor… Él ya lo dijo todo (y más).
Breve, brevísimo fue el paso por la Tierra de Marcel Schwob. Murió en París a los treinta y siete años, edad a la que muchos autores comienzan apenas a crear textos maduros, capaces de resistir los embates del tiempo. Schwob, en cambio, como si presintiera su límite, se apresuró a cincelar un evangelio profano anegado en imágenes inquietantes y una sobriedad formal que causa estupefacción.