lunes, 22 de febrero de 2010

Ellos morían y yo acababa de cumplir años (y X): Andy Warhol (1928-1987)


“Un artista es una persona que produce cosas que la gente no necesita, pero que —por alguna razón— piensa que está bien proporcionárselas a los demás”, declaró alguna vez Andy Warhol. En su caso, esa razón (o, más bien, esa sinrazón) acabó cotizándose a precios exorbitantes.

La eternidad de Andy debe ser tan precaria como lo fue su existencia, así que cabe hablar de él como si jamás hubiera muerto. Vive en el cuento del traje nuevo del Emperador, en cada cosa "pop", en cada episodio mordaz, en cada bofetada de guante blanco que una estrella del rock le propina a un periodista con pretensiones frustradas de estrella de rock… Sí, más allá de las latas de sopa Campbell’s y los estallidos de color que reproducen en serie el rostro de Marilyn Monroe, ese es el Warhol que me interesa: el oral. El que administraba magistralmente los monosílabos y los silencios, el que no temía contradecirse y demoler lugares sacrosantos de la cultura y de la costumbre, banalizándolos.

"En el posfacio de
I’ll Be your Mirror", señala Rodrigo Fresán en un artículo que no tiene desperdicio, "Wayne Koestenbaum define a Warhol como un 'artista vocal', alguien que hacía “cosas raras con los lugares comunes, como Chaplin o Beckett, alguien parecido a esos cantantes de standards que deforman la canción hasta volverla irreconocible pero, aun así, fiel, o uno de esos idiotas de pueblo con toques de genialidad oracular”.

"Hello, Mr. Zebra, ran into some confusion with a Mrs. Crocodile..."

Ellos morían y yo acababa de cumplir años (IX): Oskar Kokoschka (1886-1980)


“Desde los densos bosques de pájaros del Norte… seguí tu rastro”
Los jóvenes soñadores (1908)


Este post podría subtitularse, parodiando la película de Godard, Dos o tres cosas que sé de Kokoschka. Aunque suene poco serio, lo primero que me atrajo de este pintor austriaco, contemporáneo de Klimt, fue su mirada en la foto que ilustra estas líneas, la lánguida hermosura de sus ojos (ausente en sus retratos de vejez). Y luego, sí, algunos de sus caóticos cuadros, que repelen y atraen a la vez debido a su tremenda fuerza expresiva.

Hace algunos años, intrigada por conocer al menos uno de los muchos motivos que hubieron de inspirarlo en su casi centenaria existencia, tropecé con Lilith, una chica sueca, estudiante de arte en la Kunstgewerbeschule, que solía vestir una falda roja de campesina con la que Kokoschka se obsesionó en sus tempranos veintes. Así dicen: que la chica le gustaba, que los versos de Los jóvenes soñadores hacen las veces de carta de amor para ella... Pero que fue esa falda encarnada lo que, en definitiva, embrujó su retina.

De alguna manera, ese rojo misterioso y andante se prendió a mi memoria, y hoy ya no me es posible pensar en Oskar Kokoschka sin asociarlo a eso.


jueves, 18 de febrero de 2010

Ellos morían y yo acababa de cumplir años (VIII): Enrique Jardiel Poncela (1901-1952)


“EDGARDO: ¿Le extraña a usted que yo lleve acostado, sin levantarme, veintiún años?
LEONCIO: No, señor. Eso le pasa a casi todo el mundo.
EDGARDO: Y que yo borde en sedas, ¿le extraña?
LEONCIO: Menos. ¡Quién fuera el señor! Siempre he lamentado que mis padres no me enseñaran a bordar, pero los pobrecillos no veían más allá de sus narices”.

Enrique Jardiel Poncela, en donde estés, has de saber que pocas veces me he divertido tanto "en el teatro" (en realidad, sentada en un sillón azul que solía tener junto a la ventana de mi cuarto antes de redecorarlo) como me sucedió con Eloísa está debajo de un almendro (1940). Con su mezcla de absurdo y suspenso (que, por lo que sé, no tuvo buena acogida en su momento), la trama participa de un humor muy español, ciertamente, pero también negro y disparatado como pocos.

En mi mente suelo emparejarla con un drama de Strindberg que me causó un efecto similar, La sonata de los espectros (y que, como imaginarás, no tiene nada cómico y es mucho más oscura que tu mejor intento de serlo). Al igual que parte de la acción de Eloísa…, La sonata… se desarrolla en una casa de gente “tocada”, donde el sinsentido bordea lo cruel y está a la orden del día. Ambas obras se tejen sobre un misterio, que en la tuya llega a un desenlace “convencional” (se “desanuda” de un modo simpático, como en una película de Cantinflas), mientras que en la de tu colega escandinavo ese misterio “colapsa” en lo sobrenatural.

No te tocaron tiempos fáciles, pero la posteridad ha venido a lavarte la frente. Mi risa (y la de muchos otros, estoy segura) en 2010 es tímida prueba de eso.


Ellos morían y yo acababa de cumplir años (VII): Balthus (1908-2001)


“La mejor manera de comenzar es decir: Balthus es un pintor del cual no se sabe nada. Y ahora, contemplemos sus obras”.

Todo me gusta de Balthus, al menos, todo lo conocido. Empezando por su nacimiento, el día falso de un año bisiesto en el seno de una familia noble... Y por su nombre artístico. Realmente necesitaba resumir el original (Balthasar Michel Klossowski de Rola). Balthus, por Balthasar: es nombre de gato acólito del diablo, de rey mago. Perfecto para el señor de las niñas y los gatos. De cada niña, de cada gato suyo podría escribirse una historia, sólo mirando, afinando el ojo: todo está allí, servido en la delicia de los colores, en la pose, en el magnífico trazo. La tensión sexual y la pureza recorren sus cuadros en un curioso equilibrio de fuerzas. Una y otra vez tropezamos con ese picón de la modelo, como al descuido, pero no porque el pintor persiga la perfección. Es otra cosa, otra cosa… “Pintar es como rezar”, decía Balthus. Concebía ambas actividades como formas de entrega.

miércoles, 17 de febrero de 2010

Ellos morían y yo acababa de cumplir años (VI): Thelonious Monk (1917-1982)

Un año y un día, exactamente, después de mi nacimiento, se marchaba Thelonious Monk. Nuestro encuentro (en la puerta, aunque para muchos luzca improbable que las almas que llegan entren al mundo por la misma puerta que las que se van, pues no sucede así en los consultorios psiquiátricos) fue un poco como esa canción de los Beatles: "I don't know why you say goodbye, I say hello". No me lo tomo como algo personal; a fin de cuentas, el hombre ya había prestado sesenta y cinco años de honroso servicio por estos lares.

Monk... Thelonious Monk. Un nombre grandioso para un grande de la música. No sé a ustedes, a mí, tan sólo verlo escrito siempre ha inspirado un respeto tremendo (yo y mi extraña manía tipográfica o... ¿tipofílica?). Admitirán que no cualquiera puede llamarse Thelonious Monk... Suena a boxeador, detective o pianista de jazz. Sin duda, el destino le reservó la mejor opción.


De sus composiciones, mi predilecta indiscutible es "Round Midnight". Y casi siempre puedo saber cuando es Monk el que la interpreta, o algún talento que intenta seguir sus pasos, sin igualarlo. Si la noche pudiera encerrarse en un frasco de perfume, el resultado sería "Round Midnight"... Un momento tímido de las altas horas que no discurre a la intemperie, como sucede con otros estándares del jazz, que evocan el encanto tardío de la calle.

"Round Midnight" es un tema intimista, vacilante, añoso, de habitación a media luz y delicioso abandono; de gato dormido, pies descalzos y colillas tibias; de sentirse intensamente vivo y asombrado de vivir mientras los otros duermen; de bar cerrado, con músicos recogiendo sus bártulos y mesoneros secando vasos y poniendo las sillas sobre las mesas; de vigilantes en su garita, esperando que no pase nada frente a la luz azulada de un monitor parpadeante; de vestíbulos solitarios y de gente que tiene la sensación de ser un vestíbulo solitario.

Ahora es ese momento, es mi hora, la hora de la estrella, la hora en que mi llama arde con mayor intensidad, sin que ningún viento adverso la intimide. Y soy feliz oyendo a Monk, en la frontera de mi cumplevida y su cumplemuerte. Para esto he venido. ¡Qué lujo!


martes, 16 de febrero de 2010

29 (y contando): “Sólo el tiempo dirá si los pozos de los deseos pueden traernos algo”


Time won't stand by forever
if I know it's true
And I've learned not to say never
Or else I'll seem the fool

29, you'd think I'd know better
Living like a kid
When my lies may seem less than clever
Is when I fall for it

Only time will tell
if wishing wells
Can bring us anything
Or fade like scenes
from childhood dreams
Forgotten memories

Some rides don't have much of a finish
That's the ride I took
Through good and bad and straight through indifference
Without a second look

There's no intentions worthy of mention
If we never try
So hang your hopes on rusted-out hinges
Take 'em for a ride

Only time will tell
if wishing wells
Can bring us anything
Or fade like scenes
from childhood dreams
Forgotten memories


“29”, en: New Miserable Experience, de Gin Blossoms (1992)


viernes, 12 de febrero de 2010

Ellos morían y yo estaba por cumplir años (V): Julio Cortázar (1914-1984)


Nada que decir sobre el Cronopio Mayor… Él ya lo dijo todo (y más).

“Eres el dios de los cuerpos, das y quitas la miel del abrazo más hondo,
gozas en nuestro grito, en el ascenso, paulatino a la delicia
para flotar después en el reposo,
medusa a medio sueño entre el agua y el sol.

Pero también esperas en el verbo, eres entonces más temible,
te agazapas detrás de cada nombre, y cuando
regresa del olvido una palabra que decíamos
entre besos o lágrimas o Londres,
oh el más amargo de los amos, cómo clavas
tu dardo de infinitas espumas en mitad de mi vientre,
tus uñas de tortura en plena boca!

No puedo decir noche, decir lágrima,
echar al vuelo la paloma de su nombre en los tejados de París,
repetir su murmullo de colmena,
ser en sus dulces sílabas el viento y la campana,
porque también estás ahí con tus mastines y tus águilas,
única realidad de tanto olvido y tanto tiempo,
el amo con su risa de mármol contra el cielo,
su sexo cenital y su nocturna espalda”


De “Naufragios en la isla”, en: Último Round (1969)

Ellos morían y yo estaba por cumplir años (IV): Marcel Schwob (1867-1905)

“Acabo de leer dos veces La cruzada de los niños, de Marcel Schwob, con una profunda admiración y reverencia, turbado en lo más profundo de mí. ¡Qué obra! Y pensar que nunca he oído el nombre de Marcel Schwob. ¿Quién es?”
Carta de Rainer María Rilke a O.J. Bierbaum, 1902


Breve, brevísimo fue el paso por la Tierra de Marcel Schwob. Murió en París a los treinta y siete años, edad a la que muchos autores comienzan apenas a crear textos maduros, capaces de resistir los embates del tiempo. Schwob, en cambio, como si presintiera su límite, se apresuró a cincelar un evangelio profano anegado en imágenes inquietantes y una sobriedad formal que causa estupefacción.

Fue favorito casual de Borges, quien confesó que se había inspirado en
Vidas imaginarias (actualmente, editadas en español junto Especilegio, Mimos y Corazón doble por Siruela) para fraguar su Historia Universal de la Infamia (no descartamos, además, cierta identificación entre “owners of a lonely heart”). Si de algo sirve aquello de “dime con quién andas y te diré quien eres”, convendrá saber que contaba entre sus amigos a Jules Renard, Alfred Jarry, Remy de Gourmont, André Gide, Paul Valéry, Stephane Mallarmé, Colette, Paul Claudel, Anatole France, Oscar Wilde y Robert-Louis Stevenson.

De mi museo de cuerpos de febrero, es el que lleva más tiempo bajo tierra sin descomponerse y uno de los más conmovedores, por hermético, por agridulce, por fugaz. La infancia nunca volvió a ser territorio seguro luego de pasar por la lenta ordalía de su pluma, en
La cruzada de los niños y El libro de Monelle.

“Y Monelle dijo: te hablaré de tus acciones.

Que toda copa de barro transmitida se pulverice entre tus manos. Rompe toda copa en la que hayas bebido.

Sopla sobre la lámpara de vida que el corredor te alcanza. Pues toda lámpara antigua hace humo.


No te legues nada a ti mismo, ni placer, ni dolor.


No seas esclavo de ninguna vestimenta, ni de alma ni de cuerpo.


No golpees nunca con la misma con la misma cara de la mano.


No te contemples en la muerte; deja ir tu imagen en el agua que corre.

Huye de las ruinas y no llores en medio de ellas.

Cuando por la noche te quites tus ropas, desvístete de tu alma de la jornada; desnúdate en todos los momentos.


Toda satisfacción te parecerá mortal. Azótala de antemano.

No digieras los días pasados: nútrete de las cosas futuras.

No confieses las cosas pasadas, porque están muertas; confiesa ante ti las cosas futuras.

No desciendas a recoger las flores junto al camino; conténtate con toda apariencia. Pero abandona la apariencia, y no te vuelvas.

Nunca te vuelvas: detrás de ti llega el jadeo de las lágrimas de Sodoma, y mudarías en estatua de lágrimas petrificadas.

No mires detrás de ti. No mires demasiado adelante. Si miras en ti, que todo sea blanco.

No te sorprendas de nada por la comparación del recuerdo, sorpréndete de todo por la novedad de la ignorancia.

Sorpréndete de todo; pues todo es diferente en la vida y semejante en la muerte.


Construye en las diferencias; destruye en las similitudes.


No te dirijas hacia permanencias; no están ni en la tierra ni en el cielo.


Siendo la razón permanente, tú la destruirás y dejarás que tu sensibilidad se transforme.


No tengas miedo de contradecirte; no existe contradicción en el momento.

No ames tu dolor; pues no durará.

Considera tus uñas que crecen y las pequeñas escamas de tu piel que caen”.


Fragmento de El libro de Monelle, de Marcel Schwob (1894)