
Una de estas noches, mientras veía por segunda vez Sherlock Holmes (con los guapérrimos Robert Downey jr. y Judd Law en los papeles principales), me pareció escuchar en el aire esa pegajosa canción de los Cardigans que dice: “He sido tu madre, he sido tu padre, ¿quién puede pedirme más? He sido tu hermana, he sido tu señora, tal vez fui tu puta, ¿quién puede pedirme más?”.
En la película, Watson exuda eso (ironía mediante), incluso contra su propia voluntad. ¡Pero es que Holmes resulta demandante a niveles sobrehumanos! Es un desastre ambulante. Provoca piedad y risa a un mismo tiempo. Y Watson tiene una infinita paciencia para ponerlo de nuevo sobre los rieles cada vez que...
No sé cuál será el arquetipo de las relaciones tipo Holmes-Watson. Me refiero a esas amistades imperfectas, cojas, en las que siempre hay uno más “afincado” que el otro (o en el otro). Relaciones regidas por una insólita fidelidad, una callada admiración mutua, una química explosiva que a ratos luce inexplicable.
Al ver a Holmes tan genial y tan despelotado, más de una vez me sorprendí pensando: ¿qué sería de este tipo sin su rubio ayudante? Porque Watson es su “instrumentista”, su ángel guardián, el que completa sus pensamientos, el que responde sus salmos, su “notario” y, también, su mejor admonitor. El que le echa una mano así le complique un poco la vida.
Sin Watson no habría Holmes: uno define al otro como el fondo a la forma. Sin Watson, Holmes sería un loco hablando y deduciendo solo, sin coto a su neurosis, a su caos de caballero andante. Pero Watson (y aquí se le acaba la cuerda a los Cardigans, y entra Placebo a atormentarme con su mantra de filigranas electrónicas) le deja claro a Holmes cada vez que lo saca del atolladero: “Tú me necesitas más de lo que yo te necesito”.
¿No es malvado atreverse a desear algo así? Un partidario personal, siempre a la mano, pero consciente de su poder sobre nosotros, del impacto que tendría su ausencia en nuestras vidas. Un Gran Gazoo. Una navaja múltiple antropomorfa, un salvador de bolsillo. Alguien que nos azuce y nos asista, que nos provoque y que nos riña, que nos haga barra, que le dé gas a nuestras locuras, que nos enseñe a vivir sin maltratar nuestro orgullo, bajo la modesta apariencia del compañero de aventuras. Aunque, a la larga, tanta buena voluntad, tanta aquiescencia (tanta cabronería, sí) nos haga daño. O tal vez no... Tal vez ese alguien sea un simple cable a tierra, el amable lastre que impide que nuestra cometa se remonte hasta la luna sin boleto de regreso. El que se queda en mitad de la plaza sostieniendo el hilo del globo mientras su dueño va a ocuparse de algo más urgente. Y el globo es... nuestra cabeza hinchada, delirante.
Y si no, que lo diga don Quijote, que le dio un trabajón horrible a Sancho.
























