lunes, 28 de junio de 2010

Asimetría de la necesidad


Una de estas noches, mientras veía por segunda vez Sherlock Holmes (con los guapérrimos Robert Downey jr. y Judd Law en los papeles principales), me pareció escuchar en el aire esa pegajosa canción de los Cardigans que dice: “He sido tu madre, he sido tu padre, ¿quién puede pedirme más? He sido tu hermana, he sido tu señora, tal vez fui tu puta, ¿quién puede pedirme más?”.

En la película, Watson exuda eso (ironía mediante), incluso contra su propia voluntad. ¡Pero es que Holmes resulta demandante a niveles sobrehumanos! Es un desastre ambulante. Provoca piedad y risa a un mismo tiempo. Y Watson tiene una infinita paciencia para ponerlo de nuevo sobre los rieles cada vez que...

No sé cuál será el arquetipo de las relaciones tipo Holmes-Watson. Me refiero a esas amistades imperfectas, cojas, en las que siempre hay uno más “afincado” que el otro (o en el otro). Relaciones regidas por una insólita fidelidad, una callada admiración mutua, una química explosiva que a ratos luce inexplicable.

Al ver a Holmes tan genial y tan despelotado, más de una vez me sorprendí pensando: ¿qué sería de este tipo sin su rubio ayudante? Porque Watson es su “instrumentista”, su ángel guardián, el que completa sus pensamientos, el que responde sus salmos, su “notario” y, también, su mejor admonitor. El que le echa una mano así le complique un poco la vida.

Sin Watson no habría Holmes: uno define al otro como el fondo a la forma. Sin Watson, Holmes sería un loco hablando y deduciendo solo, sin coto a su neurosis, a su caos de caballero andante. Pero Watson (y aquí se le acaba la cuerda a los Cardigans, y entra Placebo a atormentarme con su mantra de filigranas electrónicas) le deja claro a Holmes cada vez que lo saca del atolladero: “Tú me necesitas más de lo que yo te necesito”.

¿No es malvado atreverse a desear algo así? Un partidario personal, siempre a la mano, pero consciente de su poder sobre nosotros, del impacto que tendría su ausencia en nuestras vidas. Un Gran Gazoo. Una navaja múltiple antropomorfa, un salvador de bolsillo. Alguien que nos azuce y nos asista, que nos provoque y que nos riña, que nos haga barra, que le dé gas a nuestras locuras, que nos enseñe a vivir sin maltratar nuestro orgullo, bajo la modesta apariencia del compañero de aventuras. Aunque, a la larga, tanta buena voluntad, tanta aquiescencia (tanta cabronería, sí) nos haga daño. O tal vez no... Tal vez ese alguien sea un simple cable a tierra, el amable lastre que impide que nuestra cometa se remonte hasta la luna sin boleto de regreso. El que se queda en mitad de la plaza sostieniendo el hilo del globo mientras su dueño va a ocuparse de algo más urgente. Y el globo es... nuestra cabeza hinchada, delirante.

Y si no, que lo diga don Quijote, que le dio un trabajón horrible a Sancho.

martes, 22 de junio de 2010

III muestra de carátulas con aire de familia (o el por qué de ciertos déja vú)

No importa si la similaridad es descarada o caprichoso producto de la asociación mental: vuelvo a constatar que el Doppelgänger (como refrito visual) ha hallado terreno fértil en la industria discográfica... y lo que es peor: en mis estanterías.

1. Al aire libre (la calle, la chaqueta, la actitud, la fuente del título). Once Again, de John Legend (2006) vs. Calle Ilusión, de Alex Ubago (2009).




2. Encaramados en alguna parte. Twentysomething, de Jamie Cullum (2004) vs. Into The Wild, de Eddie Vedder (2007) vs. Already Free, de The Derek Trucks Band (2009).




3. Pelirrojas vestidas de azul. Little Earthquakes, de Tori Amos (1992) vs. Followed the Waves (CD Single) de Melissa Auf Der Maur (2004).





4. Sombras nada más. Tricks for Dawn, de Mary Lorson & Saint Low (2002) vs. One of a Kind, de Bill Bruford (1990).





5. Delirio de grandeza. Bryter Later, de Nick Drake (1970) vs. Akuma No Uta, de Boris (2005).




6. De cartel. Working on a Dream, de Bruce Springsteen (2009) vs. Happy in Galoshes, de Scott Weiland (2008).



7. Brilla, brilla, estrellita. The Desert Sessions Vol. V/VI (1999) vs. N° 4, de Stone Temple Pilots (1999).



8. La foto de grupo (o el tributo recurrente a una gran idea del pasado que comienza a aburrir). Sgt. Peppers Lonely Hearts Club Band (1967), de The Beatles vs. Grandes Éxitos, de Los Tres (2006).




9. Macilentas bajo el foco. White Chalk, de PJ Harvey (2008) vs. Ellipse, de Imogen Heap (2009).




10. Labios tentadores. Ravel: Bolero, de Hermann Scherchen & Vienna State Opera Orchestra (¿1962?) vs. Pull the Pin, de Stereophonics (2008).




11. El camafeo afroamericano. Get Lifted, de John Legend (2004) vs. Blacksummers' Night, de Maxwell (2009).



12. Cositas desperdigadas. Les Fleurs. The Minnie Riperton Anthology, de Minnie Riperton
(2001) vs. A Hundred Millions Suns, de Snow Patrol (2008).




13. Favor escribir en letra de imprenta. Know Your Enemy, de Manic Street Preachers (2001) vs. Attack Decay Sustain Release, de Simian Disco Mobile (2007).



14. Esa mano. System of a Down, de System of a Down (1998) vs. Beyond the Sound Barrier, de Wayne Shorter Quartet (2005).



15. La orquesta y la mujer orquesta. The Who Sell Out, de The Who (1967) Vs. Petra Haden Sings The Who Sell Out, de Petra Haden (2005).



16. Marido y mujer en el negocio: segundos debuts. Queens of the Stone Age, de Queens of the Stone Age (1998) vs. Spinerette, de Spinerette (2009).



Más dobles en:

Juguemos memoria: Deutsche Grammophon vs. sellos "pop"
Del homenaje a la parodia: más carátulas parecidas

domingo, 20 de junio de 2010

De padres, papis y papacitos

Josh y Camille. ¿Quién será el muñequito de quién?
(Lo confieso: sufro del Complejo de Minerva. He dicho "Minerva", no "Electra").
Con el Día del Padre, para decirlo en jerga futbolística, erré el tiro "una semana".
Enmiendo el capote con un bis, esta estampa pletórica de ternura y stoner rock.

viernes, 18 de junio de 2010

Esto del querer


Esto del querer, como un mandato que viene de lejos, de antes, de adentro, tierra ignota, luminoso imperio, puño que ronda vidrieras. Te quiero a gritos o con sigilo. Te quiero bien y te quiero mal, e incluso, peor. Te quiero, porque es un alivio quererte y, como dicen ahora, "es complicado". Te quiero a fuego lento o en altas hogueras. Te quiero mar o laberinto. Te quiero techo con claraboya o aromática intemperie. Te quiero, pese a la veleta de los días y las ideas raras que toman por asalto el palacio de la mente y el yugo de los números ordinales. Quiero lo mucho y también lo poco que tengas; lo que haya allí para mí, aunque me lances un zapato a cada rato, como quien juega con un grupito de hormigas a las rutas truncadas. Te quiero aunque, para disimular, mi cara se borre o trastoque lo que delata mis ansias; juro que entre más borrón y torcedura, más te quiero. Te quiero en mis compulsiones, en mis retiradas, en cada uno de mis gestos, pero, sobre todo, en los actos fallidos y los dichos insensatos que nos prodigamos de vez en cuando. Te quiero, y no puedo dejar de quererte ni siquiera cuando me das pared por mirada, oídos y tacto, cuando obtengo truenos o sordina en lugar de voz amable y el instinto me dice que tal vez no debería quererte tanto “a crédito”, a cuenta del quizás, del clima tropical. Te quiero entonces con redoblada intensidad, a riesgo de que el porrazo sea mayor… Pero no importa, porque te quiero necia, honesta, torpe y pacientemente (y que conste en el acta). Te quiero, y entre más quieta me quedo para hacerme leve y no aplastarte con mi anhelo, más te quiero. ¡Y cómo duele esta inmovilidad, amarrarme las manos, porque no nací estatua! Quisiera canjear mi etéreo querer por una felicidad terrena, pero mi querer no es un vale. Ni siquiera lo llevo en la mano, como una rosa o un puñal: es la mano en sí misma, una tercera mano, invisible pero firme a la hora de las caricias o de apretar el cuello. ¿Sabes? Te quiero como me quieras, y cuando ya no me quieras o si ya no me quieres o si nunca me has querido, me costará horrores quererte menos. Porque la incapacidad de hacer que retroceda el torniquete es inherente a la especie (y la celebro, pues la gente cabal no se desdice, no desanda, y me considero gente cabal). Te quiero a pulso. Te quiero a borbotones. Te quiero sin malla de seguridad. Te quiero en ayunas y con el estómago lleno de flores. Te quiero al arrullo de la crisis, bajo la tiranía y entre la decadencia. Te quiero 24X7 (e incluso, en horas extras, aunque no presenciales). Te quiero con claustrofobia y con agorafobia. Te quiero entre sargazos y nubarrones, en vilo, a trompicones y a mano armada, y en época de racionamientos y escasez. Te quiero, aunque no entienda, y está bien, porque querer es el permiso que nos damos de vez en cuando para creer irracionalmente en algo, en alguien. Y esquivar ese permiso sólo nos hace más vulnerables a la fuerza de sus garras. Umjú, por eso, por eso me empeño en quererte.