Bobas. ignoradas. Corrientes. Decepcionadas. Abismadas por la tranquilidad con que se toman todas las anteriores. Y a la vez, culpables por esa tranquilidad anómala (así se sienten). Si las pinchas, no pasará nada. "Las estadísticas no sangran", escribió Arthur Koestler. Lívidas. Incómodas. Sorprendidas en la distracción de vivir. Arrinconadas. Caídas en el combate que no dieron. Asqueadas de la lluvia y el silencio nocturno. Inermes.martes, 30 de noviembre de 2010
Así se sienten las estadísticas
Bobas. ignoradas. Corrientes. Decepcionadas. Abismadas por la tranquilidad con que se toman todas las anteriores. Y a la vez, culpables por esa tranquilidad anómala (así se sienten). Si las pinchas, no pasará nada. "Las estadísticas no sangran", escribió Arthur Koestler. Lívidas. Incómodas. Sorprendidas en la distracción de vivir. Arrinconadas. Caídas en el combate que no dieron. Asqueadas de la lluvia y el silencio nocturno. Inermes.viernes, 26 de noviembre de 2010
Adicta al Post-It

Porque, de un tiempo para acá, funge de puente entre mis neuronas.
En serio: a veces es como si mis neuronas se cruzaran en las congestionadas avenidas de mi cerebro y no fueran capaces de reconocerse unas a otras, pese a que todas vienen siendo de la misma familia.
El Post-It es mi apuntador, mi nomenclator, mi despertador, mi gatillo.
El Post-It es un toquecito en el hombro, sólo que escrito.
El Post-It es un grito en "mute".
Por lo que sé, surgió por error, del afortunado accidente de uno de esos creativos de 3M a cuya disposición ponen presupuestos que ya quisiéramos muchos, partidas y recursos técnicos para que creen lo que su ingenio les dicte.
A menudo, el Post-It es el niñero de mi memoria. No la de cosas importantes, la de grandes momentos y ocurrencias. Pero memoria al fin. La memoria de los detalles, la puntillosa.
Uno es su propio laboratorio o su propio hotel. Pienso en coitos químicos: algunas neuronas no vuelven a conectarse jamás, otras hallan nuevas maneras de enchufarse. Se la pasan en eso, es una orgía. Pero a veces... A veces andan por ahí, desganadas. No quieren con nadie. Y las ideas no te cuajan, los asuntos pendientes no te vienen a la mente.
Ahí es donde entra el Post-It, como argamasa, como diplomático, como celestina, como asistente personal.
Pero otras veces... Otras veces las neuronas sueltan chispas, chocan como si quisieran explotar, hacerse añicos, se muerden como si no se hubieran encontrado en siglos y estuvieran hambrientas de guerra. En medio de esas tormentas, ¿quién se acuerda del Post-It, de la muleta adhesiva, del remiendo para las troneras de tu capacidad retrospectiva, del anzuelo con el que reflotas esos buquecitos hundidos en el letargo o en la espera?
Ni cuenta te das. Pareciera que nada sucede, porque tu memoria brilla y casi canta... Pareciera que nada sucede, cuando todo está sucediendo a velocidades de vértigo allí, en tu cabeza.
martes, 23 de noviembre de 2010
domingo, 21 de noviembre de 2010
Crononautas: apaguen sus celulares antes de que comience la película

"Ella es más que una dama", canta Simon Le Bon, de Duran Duran, en "Girls on Film".
Allí está de nuevo... La pillaron. Bueno, ella se delató. Más que una dama, es una metedora de pata profesional, un error ambulante. No cesa, regresa una y otra vez, tantas como queramos retroceder el carrete y volverlo a correr para hundirnos en el desconcierto. ¿Cómo pudo ser tan torpe, exponer así a toda una civilización?
La pescó uno de esos videonerdos entrometidos que examinan las cintas cuadro por cuadro. Como quien halla diferencias entre las viñetas de los pasatiempos del periódico dominical, sí, señor. ¡Tanto que se lo dijimos! Que tuviera cuidado con el celular. Que no podía ir por ahí (por ciertas calles de ciertas épocas) hablando alegremente, exhibiéndolo cual si fuera un zarcillo. Y no porque un policía de tránsito pudiese verla y ponerle una multa. O porque un ladrón pudiera arrebatárselo. No, eso era lo de menos.
"Los acontecimientos -escribió Jim Morrison en 1969, un par de años antes de morir en su bañera parisina- tienen lugar más allá de nuestro conocimiento o control. Nuestras vidas las vivimos nosotros. Sólo podemos intentar esclavizar a los demás. Pero las percepciones especiales se van desarrollando gradualmente. La idea de los «Señores» empieza a cobrar forma en algunas mentes. Debemos alistarlas en bandas de perceptores para recorrer el laberinto durante sus misteriosas apariciones nocturnas. Los Señores tienen entradas secretas, y saben disfrazarse. Pero se traicionan a sí mismos por el detalle más nimio. Demasiado brillo en los ojos. Un gesto inoportuno. Una mirada demasiado insistente y curiosa".
Entonces sucedió lo que temíamos. Nuestra chica se traicionó: apareció con su posmoderno corotico en El circo, una cinta de Chaplin estrenada en 1928. ¡No pudo escoger algo más oscuro, más disimulado, más anónimo! Pum, qué cachetada. Desentonó. Llamó la atención. Despertó la extrañeza de un espectador fortuito, a casi un siglo de ese episodio. Como si hubiese aparecido en technicolor en una película en blanco y negro. Como si hubiese dicho "holaaaaa" en una película muda.
Quizás hasta lo hizo adrede, la muy muérgana. A ver qué pasaba. O quizás quedó "atrapada" sin querer en una toma defectuosa que, según suponía, sería desechada.
En cualquier caso, la torta.
No olvido esa vez que, durante un sketch ambientado en el Imperio Romano que preparamos para la Cátedra de Historia Universal, la niña olvidó quitarse el Swatch. Sólo por eso nos descontaron un par puntos al equipo completo. "Un anacronismo imperdonable", dijo el profesor. "Alguien tenía que haberse dado cuenta". (A decir verdad, hubo un segundo incidente durante la representación: a otro de nosotros se le ocurrió prenderle fuego a un cristiano de utilería con un yesquero, una tecnología que los romanos tampoco poseían... Lo que, en su momento, no fue obstáculo para que Nerón hiciera alumbrar la ciudad con teas humanas, espantosas crisálidas de lino y aceite. En resumen, la Historia es inevitable, es cruel. El teatro universitario también lo es).
Se lo dijimos no una, ni dos, ni diez veces. Se lo dijimos trescientas, mil veces. Por su propio bien. Para protegerla, para evitar que tuviera que dar explicaciones engorrosas a gente que no estaba ni remotamente preparada para oírlas. Pero a ella le gustaba arriesgarse. Le gustaba llamar a su propio número y dejarle mensajes en la contestadora a sus alter ego de otros tiempos, como la escéptica psiquiatra de 12 Monkeys, o como ese científico infeliz que llevaba décadas varado en Marte, el protagonista de Llamada nocturna, un cuento de Bradbury que la conmueve hasta la médula:
“No esperes mi simpatía. Eres como un extranjero que está en otro país. No puedo ponerme triste. Ahora que grabo estas cintas estoy vivo. Y tú estás vivo mientras escuchas. Los dos, el uno para el otro, incomprensibles. Ninguno puede prevenir al otro, aunque se responden, uno automáticamente, el otro cálida y humanamente. Yo soy humano ahora. Tú eres humano después. Es una locura. No puedo llorar; porque como no conozco el futuro no puedo ser sino optimista. Estas cintas escondidas sólo reaccionan a cierto número de estímulos tuyos. ¿Pueden pedirle a un hombre muerto que llore?”.
Ella no está muerta. Es una y muchas a la vez. Anda por ahí y no anda, bajo cualquier identidad, con otro corte de pelo, otro atuendo, otra dirección. Es intermitente, a eso me refiero. Discontinua. Cambia de idioma y de coartada como de ropa interior. Es como ET, sólo quiere volver a casa. Si sólo supiera dónde queda, cuál es la punta del hilo, cómo empezó todo esto.
Se llama Natalie. No, se llama Valeria. No, se llama Chloe. No, se llama Verónica, o Lucy, o Ariadna-en-Naxos, o Santaladiabla, o Micaela, o Ifigenia, o Amagoya, o Muriel, o Raphaela, o Ludovina, o Madó, o Anastasia-la-Romanov-perdida, o Tadzio, o como quiera que...
No es rusa, no es astronauta, no ha perdido la memoria. Es un taxión hembra. Crononauta y, por añadidura, imprudente. La imprudencia no tiene nacionalidad. Y raramente conoce el arrepentimiento. Por eso recurre, recae.
Si hay una Interpol transmilenaria, seguro han de estar buscándola. Ha de estar solicitada en varios mundos. Su cabeza ha de tener precio en varias monedas, en distintas eras. Le esperan cientos de escarmientos creativos , como salidos de un libro de recetas de cocina.
Se lo dijimos, pero seguro no estaba oyendo: pegada, como siempre, al celular, charlando con sus amigas, versiones de sí misma. Enamorada de sus posibilidades, perdida en el laberinto. O, citando a Fito: hablándose al espejo sola. Y ahora, desnuda en su vicio favorito ante el implacable siglo XXI.
viernes, 19 de noviembre de 2010
Molestias

Miles de misiles apuntándome. Legiones de ángeles cantando mi nombre. Monótonos ritmos ondulando a mi alrededor. Millones de niños batiendo sus palmas para animarme (los Chimichimitos y qué sé yo). Melodías huérfanas floreciendo a mis pies. El viento y el eco viajando hasta los confines de mi percepción. Delfines sibilantes saliéndome al encuentro. Luces y cláxones embistiendo mi rauda sombra. Expertos dj’s brillando en la oscuridad y rayando viniles, aunque no los trago. Fajarse, moverlo. ¿Por qué se toman tantas molestias? En serio, yo no bailo.
martes, 16 de noviembre de 2010
Exile On Main Street
Dice Severo Sarduy: "Y, después de todo, el exilio geográfico, físico, ¿no será un espejismo? El verdadero exilio, ¿no será algo que está en nosotros desde siempre, desde la infancia, como una parte de nuestro ser que permanece oscura y de la que nos alejamos progresivamente, algo que, en nosotros mismos, es esa tierra que hay que dejar?". domingo, 14 de noviembre de 2010
El sinvergüenza de costumbre

Es bastante improbable que la gente de American Eagle se haya copiado de una carátula de Los Melódicos para estampar esta franela… En cualquier caso y pese a que entre una y otra imagen median casi cinco décadas de diferencia, Manolo Monterrey, ejem… el diablo sigue igualito: el mismo bigote, la misma sonrisa, las mismas cejas enarcadas, las mismas mallas y hasta la posición de ataque.
viernes, 12 de noviembre de 2010
Una mañana desperté… ¡y me dio por secuestrar piscianos!

Tal cual. Fue así. Supongo que el calentador estaba desenchufado, no sabía qué día ni qué hora era y me entraron ganas de hacer algo “diferente”. O que lo tenía atragantado.
Hace rato que no le paro ni medio a los horóscopos: da igual que pequen de excesiva especificidad o excesiva ambigüedad, siempre son absurdos. Pero me gusta creer ese cuento de que los planetas ejercen un misterioso influjo sobre nosotros desde el instante en que nuestras madres nos expulsan de su cálida galaxia interior. Y como soy amante de las gavetas, las carpetas, las categorías y cualquier intento taxonómico que reacomode momentáneamente mi visión de lo existente dotándola de cierta coherencia, me divierte el zodíaco: ese mueble de doce cajones (o trece, si admitimos al pobre Ophiucus, el paria de los signos, ignorado por consenso durante siglos porque la Humanidad prefiere los números pares).
A Cortázar también lo divertía, a juzgar por las ridículas ideas de “militarismo” que —en el capítulo 133 de Rayuela— proponía un tal Ceferino Piriz, autor del utópico libro La Luz de la Paz del Mundo:
“La Guardia (tipo «Metropolitana») para los militares nacidos bajo el signo zodiacal Aries; los Sindicatos del antigobierno fundamental, para los nacidos bajo el signo zodiacal Tauro; la Dirección y auspicios de festejos y reuniones sociales (bailes, reuniones de veladas, conciertos de noviazgos: hacer parejas de novios, etc.) para los militares nacidos bajo el signo zodiacal Géminis; la Aviación (militar) para los militares nacidos bajo el signo zodiacal Cáncer; la Pluma pro gobierno fundamental (periodismo militar, y de las magias políticas en pro de todo el Gobierno fundamental y nacional) para los militares nacidos bajo el signo zodiacal Leo; la Artillería (armas pesadas en general y bombas) para los militares nacidos bajo el signo zodiacal Virgo; Auspicios y representaciones prácticas de fiestas públicas y/o patrias (uso de disfraces adecuados por parte de militares, ya un desfile de carnaval, ya una comparsa carnavalesca, ya una fiesta de las de «vendimia», etc.) para los militares nacidos bajo el signo zodiacal Escorpión; la Caballería (caballerías comunes y caballerías motorizadas, con las respectivas participaciones, ya de fusileros, ya de lanceros, ya de macheteros: caso común: «Guardia Republicana», ya de espadachineros, etc.) para los militares nacidos bajo el signo zodiacal Capricornio; y la Servidumbre militar práctica (chasquis, propios, bomberos, misioneros prácticos, sirvientes de lo práctico, etc.) para los militares nacidos bajo el signo zodiacal Acuario”.

No suelo elegir a mis compañías ateniéndome a la compatibilidad de los signos. Pero se tejen tantas conjeturas, tantas coincidencias y tantas tonterías en torno a este timo de la astrología que a veces cuesta resistirse a su llamado.
(En un plan totalmente lúdico, desde luego).
Las inexactitudes astrológicas pueden dar pie a cualquier cosa. ¡Menos mal que quienes hacen las cartas astrales no son los encargados de trazar los mapas terrenales! De la difusa frontera entre signos se han beneficiado bribones como André Breton: nacido el 18 de febrero de 1896, en la casa de Acuario, prefería presentarse como nativo del 19 y, por tanto, de Piscis: “¿No soy yo el pez soluble? ¡He nacido bajo el signo de Piscis y el hombre es soluble en su pensamiento”, escribió de lo más ufano en el Manifiesto Surrealista (1924).
Su inconformidad es la mía, en espejo. ¡Por eso lo reclamo de vuelta!
Breton (quien al igual que Cortázar es invitado frecuente de este blog, tanto que quizás debería crearles sus propias etiquetas: “Cortazariadas” y “Bretonerías”) es apenas uno entre cientos de piscianos célebres que me habría encantado que, como yo, fueran acuarianos. Ciertamente, abundan los acuarianos geniales, pero el prestigio adicional que estos luminosos pececillos podrían aportarle a mi club —antojo personal aparte— no tiene precio.
(Sé que suena a ambición de villano de comiquitas… ¿Y qué? Este tipo de retortijones del pensamiento suelen ser, a la larga, catalizadores de cambios históricos, ¡JAAA!).
Alguna vez pensé iniciar una campaña por la elevación de un clamor mundial para que todos esos piscianos más o menos significativos culturalmente (junto a Breton, del 19/02; Kurt Cobain, 20/02; Max Walter Svanberg y Chuck Palahniuk, 21/02; Hugo Ball, Edward Gorey y Arnon Grunberg, 22/02; Georg Haendel, 23/02; Severo Sarduy, 25/02, etc.) y nacidos en la "zona en reclamación" fueran desplazados, sin demora, a mi casa astral (que es también la de Lewis Carroll, por mencionar a uno de nuestros distinguidos socios). Pero dudo de la eficacia del abajofirmantismo, es demasiado comeflor.
Quizás sea mejor secuestrarlos. Eso: robarme a mis piscianos favoritos sin pedir permiso (como han hecho sopotocientas veces con La Gioconda y con El grito, los cuadros más "paseados" en los anales del arte) y empezar a presentarlos por ahí como si fueran de la familia.
Ya luego veré si pido perdón.
martes, 9 de noviembre de 2010
Extrañeza

Estas pequeñas extremidades,
estos ojos y manos que aquí hallo,
este corazón jadeante con el que mi vida comienza;
¿Dónde has estado? ¿Tras
qué cortina te ocultaste de mí durante tanto tiempo?
¿Dónde, en qué abismo, estaba mi lengua recién formada?
Mientras permanecía callado
por miles y miles de años
yaciendo en un caos bajo el polvo,
¿cómo pude percibir sonrisas, o lágrimas,
o labios, o manos, u ojos, u oídos?
Bienvenidos sean tus tesoros, que ahora recibo.
Del polvo me alzo
y de la nada despierto;
estas regiones brillantes que saludan mis ojos
las tomo como regalo de Dios:
la Tierra, los mares, la luz, los majestuosos cielos,
el sol y las estrellas me pertenecen; si los aprecio.
Aquí un extraño
encuentra cosas extrañas, ve gloria extraña,
extraños tesoros aparecen alojados en este mundo bueno,
extraños todos y nuevos para mí:
pero, que habrían de ser míos, para quien nada era
es lo más extraño de todo; aún por suceder.
Salutación, de Thomas Traherne (1637-1674)
sábado, 6 de noviembre de 2010
Peinada y asesorada por Marilyn M.
Una cálida mañana de septiembre despegué hacia la Dimensión desconocida en un parpadeo. Si me hubieran avisado, a lo mejor me habría arreglado un poquito. Digo, me habría puesto rímel o algo así. O no, porque, a fin de cuentas, ¿a quién rayos le importa cómo luces allá? Nadie sabe, por eso la llaman “desconocida”.Antes de despegar hacia la Dimensión desconocida sueles hallarte en un lugar familiar, donde nada te hace albergar la más mínima sospecha de lo que va a suceder a continuación. Un lugar tan anodino que sería facilísimo agarrarte “fuera de base” allí (ya sea que te agarre un ovni, o esa comparsa de atorrantes que se hace llamar “la Invasión Sensacional”). El lugar en cuestión resultó ser mi peluquería de confianza, situada en una avenida decadente de la ciudad y custodiada por un can desdentado, enorme, idéntico a Ralph, el perro ovejero con el que el coyote siempre tiene problemas.
Recuerdo que era sábado y que, harta de la cháchara mujeril, el rugido simultáneo de los secadores de pelo y el penetrante olor a barniz para las uñas, abrí mi bolso, saqué mi ejemplar de Industria cultural y sociedad de masas y reanudé la sabrosa lectura de "Masscult y Midcult", un ensayo en el que, con distancia y categoría, Dwight MacDonald descosía el orden imperante en la sociedad norteamericana de mediados del siglo pasado.
Estarán preguntándose a quién se le ocurre leer textos de crítica cultural mientras espera turno en la peluquería. Bueno, no siempre lo hago. A veces ni siquiera llevo un libro conmigo, así que me clavo los audífonos y pongo, ¿yo qué sé? ¿Amaral? ¿PJ Harvey? ¿Rubén Blades? ¿Paris Combo? ¿Tomates Fritos? ¿Janacek? Lo que sea, a toda mecha, eso sí. Para evadirme de las revistas de moda requetemanoseadas, las manicuristas que se rebuscan vendiendo Avon, L’Ebel, carteras, bisutería y ropa interior, la impúdica exposición de pies callosos, uñas encajadas, michelines, estrías y pelambres en terapia intensiva…
Total que Dwight MacDonald. Y aquel festival de laca en el aire, y el televisor encaramado casi en el techo, con la novela mayamera de las dos a todo volumen, y el gluglú del lavacabezas. Y entonces, una conversación entre la peluquera nueva, que apareció justo en ese momento (y de la que había oído comentar que era un travesti flojazo y caprichoso), y una clienta, sobre cuya cabeza la dueña del establecimiento llevaba rato trabajando con ademanes de repostera.
—¡Ay, chica, pero qué bello tienes ese pelo! ¿Qué te hiciste? —preguntó la clienta.
—La keratina, mi reina —replicó la peluquera con voz gutural, una voz ronca y desencantada que, sin embargo, trataba de dominarse, de aterciopelarse, de sonar femenina y modesta—. Y un tinte.
—Te quedó precioso.
—Hum, no creas, no estoy nada contenta.
—Pero si te quedó precioso…
—Es que me equivoqué de tinte y me quedó demasiado oscuro, dulzura.
—A mí me encanta ese color, hasta te iba a preguntar qué número era…
—Nah, hay que arreglarlo. Óyeme bien: nunca vayas con un estilista peruano, tu pelo no es un plato de ceviche… Es preferible que lo hagas tu misma… En la comodidad de tu hogar. O vienes aquí y...
Cuando volteé a mirar, incapaz de imaginar las facciones que encajaban con semejante voz y semejantes conceptos, me llevé una sorpresa mayúscula.
¡La peluquera era Marilyn Manson!
(Después de todo, supongo que lo que me sorprendió fue su impecable dominio del español).
Su palidez sugería que no debía llevar mucho tiempo en el trópico. ¿Estaría de incógnito? Al menos en aquel salón de belleza nadie parecía tener la menor idea de que “la chica nueva” era una superestrella de rock. Tenía la mirada viciosa de Eva Green (un ojo azul y un ojo castaño), la nariz parecida a la mía (con el tabique desviado y todo) y la jetita “mullida” de Mae West (sip, los mismos labios que inspiraron aquel sofá rojo que está en el Museo de Dalí, en Figueres). Su atuendo era sencillo, como “de andar por casa”: jersey lila que delataba su pecho plano, jeans pegados que le resaltaban el “pompi” (así lo llamaba), cinturón de remaches (detalle punk) y sandalias plateadas, en las que relucía una pedicure perfecta, negra, a juego con las manos. Sus manos, sin embargo, eran regordetas, hombrunas.
(Más tarde me confesaría al oído que era tan bueno en su oficio como Eduardo Manosdetijeras. Si su idea era aliviarme, se peló).
Por cierto, no sé de qué se quejaba: luego del tinte y la keratina, su cabello lucía bellamente photoshopeado (o sea, como salido de una cuña de Pantene). De haber estado vivo, apuesto a que Michael Jackson le habría pedido el teléfono de ese estilista peruano tan denostado… En fin, supongo que aquella insatisfacción era el modo en que Marilyn drenaba la profunda infelicidad que aún le causaba su reciente rompimiento con Dita Von Teese. Si yo hubiera terminado con Dita Von Teese, estaría igual… O peor.
—Pero, bueno, ¿qué estás esperando? Ponte a trabajar, atiende a la niña —le ordenó la dueña, implacable, refiriéndose a mí—. Y súbete ese cierre...
Mientras le obedecía con cierta dificultad debido a la longitud de sus uñas acrílicas, Marilyn murmuró algo como “no puede ser que haya venido todo el camino así, sin darme cuenta de esto”. Luego me indicó una silla, a la que salté con el espíritu periodístico alebrestado por la incertidumbre. Manson posó sus manos sobre mis hombros y por un momento nuestras miradas se encontraron en el espejo, expectantes. Sonreí con timidez. Estaba a punto de explicarle que sólo tenía que secarme el pelo (y sin plancha, porque mi cabello era fino y quebradizo, y tal), cuando su boca se frunció en un mohín burlón y soltó:
—Tú no necesitas un cambio de peinado… ¡Necesitas un cambio de vida!
Al ver entre mis manos el ejemplar amarillento de Industria cultural y sociedad de masas, frunció el ceño. Por cortesía, como quien presenta a dos amigos de círculos distintos en una reunión social, le comenté del kilométrico ensayo de MacDonald, que era —para que se hiciera una idea— lo mejor del pasado reciente combinado con lo peor del futuro que se desmigajaba en el presente: “Un cruce de Truman Capote y Umberto Eco metido a jurado de American Idol”. —Ajá, ¿y entonces? —dijo Marilyn.
—No sé —le dije, y era verdad—. Es… ¡Es inspirador!
Guiándolo con mi dedo índice, lo hice pasearse por comentarios como:
“Nueve páginas a todo color con reproducciones de Renoir, seguidas por la fotografía de un caballo con patines de ruedas (…) La conclusión final ha de ser que tanto Renoir como el caballo tienen mucho talento”.
“Es tanto su carisma, que la gente pagará 250 dólares o más para escucharlo —en realidad, sólo para verlo— y los directores de periódicos lo recompensarán con abundancia por artículos sobre temas que desconoce”.
“La obra misionera de Lorimer la completó una muchacha de Stanford con la que Rockwell se casó unos años después; una graciosa y sensible mujercita que, siguiendo la más pura tradición norteamericana, lo ayudó a recuperar el equilibrio y a conservarlo. Por lo que parece, la mujercita consiguió un verdadero triunfo en esa tarea no demasiado hercúlea”.
O bien, una crítica contra las formas de la Midcult, resumida en esta frase magistral:
“Estoy de acuerdo con todo lo que Thorton Wilder dice, pero lucharé hasta mi último aliento contra su derecho a decirlo de ese modo”.
Párrafos como aquellos lograban la ironía de que MacDonald sonara tan frívolo a ratos como Cosmopolitan, Vanidades o Marie Claire (víctimas propicias para sus venablos sociológicos). Sólo que, en vez de ofrecer consejos de belleza o sexo como ellas, ofrecía tips de “alta, media y baja cultura” (dicho en los términos de los teóricos de la Escuela de Frankfurt) con similar agudeza.
—¡Ya me gustaría manejar los argumentos y la perspicacia de este tipo! —dije entusiasmada.
—Hum —dijo Marilyn.
—Es como metralla, uno se queda…
Marilyn me miraba de hito en hito, como dicen que solía hacer Andy Warhol.
—¿No serás uno de esos chiquillos perturbados que van por ahí tiroteando a la gente con las escopetas de sus padres? —preguntó.
—Bueno, las monjas no nos dejaban usar maquillaje, ni medias cortas, ni más de un par de zarcillos a la vez —le dije, como si eso explicara muchas cosas—. Pero no… A pesar de eso, nunca me cruzó por la cabeza tirotear a nadie. Sólo con palabras… Tú pareces ser bueno con las palabras, he leído una que otra entrevista tuya… ¿Me darías un consejo?
—Después de lo de Columbine, mis abogados me aconsejaron que me abstuviera de dar consejos —dijo Marilyn, entornando los ojos y llevándose una mano al pecho, como parodia inconsciente de una imagen de la Virgen María—. De todos modos, eso no sirve de mucho… Hay gente que chupa consejos de tu silencio. Oyen lo que quieren oír en tus declaraciones, creen que pueden oír hasta tus pensamientos y luego salen haciendo cosas terribles en tu nombre… Es raro. De verdad, me hacen sentir violado.
—No me digas —murmuré, mordaz.
Temiendo que se tomara a mal mi sarcasmo, me apresuré a revelarle que éramos colegas. O que lo habíamos sido en algún momento, antes de que él se entregara a su orgiástica y macabra visión musical… Él seguía mirándome con su ojo azul y su ojo castaño, como lentes de contacto para ver en 3D. Me miraba sin pestañear, sin decir nada, totalmente inexpresivo.Cuando por fin dejó de mirarme, mientras me separaba el pelo en varias secciones con ayuda del peine y formaba moñitos que sujetaba con pinzas plásticas, suspiraba a menudo, como si estuviera muy cansado o muy decepcionado de todo. Su suspiradera me preocupaba: lo último que yo quería era decepcionar a Marilyn Manson o a cualquier rockero que estuviera de incógnito en Venezuela.
Al rato, mi cabeza tenía el aspecto de una piña. Las manos regordetas volvieron a posarse sobre mis hombros. Esta vez, apretaron levemente. Era el preámbulo de una revelación:
—Si me citas, te demandaré, ¿entendido?
Asentí con cierto nerviosismo.
—Tesoro: el único modo de vencer las cosas a las que les temes es convertirte en ellas. Funcionó para mí, a lo mejor funciona para ti. Ahora estoy vendiendo velas aromáticas, las confecciono yo mismo. Me compras una o dos, y las enciendes en tu cuarto a medianoche. Es bonito ver un cuarto iluminado por una vela. Es como ver tu alma iluminada por una vela. Claro, si no lo tienes demasiado desordenado…
Le dije que no traía efectivo, sólo las tarjetas. Marilyn dijo que no importaba, que lo apuntaría a mi cuenta de la peluquería. Y ya que estábamos sobre el tema, también me convendría llevarme unas sales para el baño… Le dije que no tenía bañera.
—Algún día… —dijo Marilyn, volviendo a suspirar, pero sólo pude ver su trasero, porque estaba inclinado hacia la pared, enchufando el secador. Luego de incorporarse y aparecer nuevamente en el espejo, añadió: —¿Sabes? No es fácil ser la chica nueva. A veces puedes irte de un sitio sin haber dejado de ser nunca la chica nueva.
—¿Fue eso lo que te llevó a incursionar en el mundo del espectáculo? —le pregunté.
Sin darle chance de responder, le confesé que su música no me gustaba, pero que había algo en él —esto es, en el personaje que había elegido encarnar en público— que despertaba mi más sincera admiración: esa actitud, forjada durante años y años de secreta impaciencia, mirando desde la barrera, cuando era periodista musical y tuvo que escuchar las estupideces de unos cuantos papanatas que se creían mejores que sus fans sólo porque sabían aporrear unos instrumentos con cierta gracia y hacer algunas rimas ingeniosas. Una actitud que podría enunciar como: “Ay, no, pana, quítate y mira: esta vaina se hace así”.
—Okey —dijo Marilyn, encendiendo calmosamente el secador con el gesto de un pistolero que dispara al aire para hacerse respetar.
jueves, 4 de noviembre de 2010
El-que-ahí-en-alguna-parte-escucha

¿Qué hay de esos poetas que interpelan al padre, vivo, muerto o eterno?
Más dormidos que despiertos (y, sin embargo, más despiertos en su duermevela de posesos que cualquier mortal), conversan con un poder que reside más allá del último cendal de la noche y al que no se le puede mirar porque, invariablemente, los ojos enceguecen al fulgor de su precedencia, que es también carga y misterio.
Pareciera que sólo así, en versos que se asemejan a la llama de un fósforo, pueden consultársele al dador terrenal —oráculo, voz de la razón y la experiencia, origen, guía— los asuntos más difíciles, esos de los que no suele hablarse durante la sobremesa. Y no por falta de confianza, sino más bien, de hábito.
“Padre, ¿es esto poesía, padre?
La belleza, he leído, es aquello infrecuente,
escaso, pocas veces vislumbrado
en otros, siempre en otros
mundos y personas. No está en mí.
Pero estoy segura: el reflejo en mis ojos
sobre mi pupila sólo es miedo
y soledad en esta
malhadada noche”
En: El viaje largo a casa, de Verónica Jaffe (1994)
martes, 2 de noviembre de 2010
Si intercalamos la M de maleficio...
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