miércoles, 26 de octubre de 2011

Droopy y ellas


Experimento de gente ociosa: ponerle a las hormigas "Un poco loco", de Bud Powell, a todo volumen, y observar qué hacen, cómo reaccionan. ¿Se vuelven, a su vez, un poco locas? ¿Bailan mambo, como en las comiquitas viejas? ¿Oyen las hormigas? ¿Entienden la música? ¿Les gusta? ¿Las altera de algún modo?

Esto de las hormigas requeriría (psico)análisis profundo. Tengo algo mesmérico con ellas.

En mi libro Cancelado por lluvia hay un texto sobre hormigas, un texto que procede de la observación de una curiosa (y fúnebre) experiencia que tuve con ellas en uno de los baños de mi casa. O, más bien, que ellas tuvieron y de la que yo fui testigo accidental.

Luego están las famosas hormigas de Salvador Dalí, con las que me quedé malpegada durante un buen rato en mis años universitarios por razones que no viene al caso comentar.

Por Favor Sea Breve (ese concurso español con el que tuve una historia un poco rara pero al final feliz) usa como imagen una fila de hormigas, a las que relacionaba simbólicamente con los microrrelatos.

De vez en cuando les da por migrar "a la vista" en ciertos lugares del apartamento donde vivo, lo que resulta tan fascinante como irritante.

Las rutas de hormigas me anonadan. Puedes limpiarles el rastro con cualquier clase y cantidad de remedios caseros y al poco tiempo ellas reanudan el paso por ahí, como si anduvieran por carreteras invisibles, como si las guiaran telepáticamente desde su secreto punto de llegada. Porque así son: nunca se sabe de dónde salen exactamente, ni adónde van a dar.

Hay hormigas que caminan sobre la piel y hay hormigas que van siempre bajo la piel. Estas últimas son más difíciles de ahuyentar o matar. Y entonces toca acostumbrarse a su tránsito.

Cierta noche del año pasado, en casa de unos amigos, me vi repentinamente envuelta en un segmento de “solución de problemas domésticos”. Un matrimonio se puso a hablar de lo que debieron hacer para matar hormigas en una suerte de guerra relámpago que les hicieron en Puerto La Cruz, y otro se puso a decirles qué hacían ellos cuando amagaba con establecérseles un caminito fórmico aquí en Caracas. Cloro. Tiza china y no sé cuántas cosas más. En ese momento pasó la anfitriona y, como el pan en rodajas que degustábamos con la charcutería se había terminado, me ofrecí a cortar un poco más. Eso me permitió refugiarme en la cocina, a salvo de las hormigas de aquella conversación que parecía una emboscada.

De niña me atacaba a veces la sensación de que algo me caminaba sobre la piel, y no era nada. Ahora es impelable: reconozco a una hormiga no bien ha dado dos o tres pasos en mi territorio. ¿Acaso no distinguen entre un ser vivo y una hogaza de pan?

Qué decir de las hormigas que, por más previsiones que tomes, se zampan de vez en cuando en el azúcar, hundiéndose en él, excavándolo, jugando a desaparecer y reaparecer en sus blancas dunas cual video de Coppertone, cual Flipper, como si tu azucarera de vidrio fuera su granja, su estanque, su Disneylandia.

Qué decir de esas hormigas que encuentras flotando amontonadas en la miel, inmóviles en el ámbar con que sueles regar tus panquecas.

El problema es justamente ese: la fealdad del enjambre. La palabra en sí misma ya hace que uno sienta algo desagradable en la lengua, como si se le hubiera deslizado en la boca una hebra de pelo o una hormiga muerta.

Una sola hormiga pasa inadvertida. Se le perdona la vida. Pero cuando son multitud, o te haces a un lado para que la vida siga, o impones tu superioridad (al menos, de tamaño) sobre ellas. Y eso que difícilmente representarían una amenaza. La mayoría de las hormigas “caseras” no son venenosas. No le hacen daño a nadie. Pueden coexistir tranquilamente con los humanos.

¿No han comprado un delicioso dulce milhojas o cabello de ángel, por mencionar alguno, y visto frustrado su deseo de despachárselo al hallarlo cundido, colonizado, sorpresivamente invadido por hormigas? ¿O alguna vez se han comido algo con hormigas incluidas, o luego de expurgar las hormigas, por no tener corazón para desecharlo? Deben ser los animales más limpios en la cadena trófica. Incluso entre los insectos. A diferencia de las moscas, por ejemplo. Sé de gente a la que, basada en esa percepción, no le importa embuchárselas.

Como sus equivalentes simbólicos no pueden quedarse rezagados, también tengo imán para las canciones de hormigas. Está “Army Ants”, de los Stone Temple Pilots, mi recurrente "canción de la temporada”, potente, doliente, catártica. El intro es tan bueno que, un lustro después, Rage Against the Machine lo copió en “Born of a Broken Man” (incluido en su disco Battle of Los Angeles). También está “Ants in the Kitchen”, de Masters of Reality, que invita a menearse un poco con su ritmo sabroso. Y Adam Ant (o sea, el señor Hormiga) canta “Wonderful”, una balada dulzarrona de 1995 que todavía hoy me produce un doble efecto: tan pronto reconozco sus acordes iniciales, me saca una sonrisa y me emociono; pero a medida que voy cayendo en la letra y la melodía, el corazón se me vuelve un terrón de azúcar mojado.

En cualquier caso, aunque mueran jóvenes, parece que las hormigas siempre consiguen darse postín a costa de nuestra inquietud. Tal es el modo como la naturaleza hace que los seres más diminutos se equiparen con los supuestos gigantes.

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