Esta mañana desperté con una mano extendida, el gesto de quien intenta asir algo. No recuerdo que era, pero recuerdo haber sentí su contacto del otro lado. Bah, soy bastante floja para acarrear objetos físicos de un sueño a otro, de un sueño a la vigilia, de un lugar de la vigilia a otro.(Con las ideas me pasa lo contrario, quizás porque hasta las más pesadas son físicamente livianísimas, perfectamente portátiles, aptas para su incesante trasiego).
El asunto es que, mientras me despejaba la mirada, la conciencia, con la vista fija en el techo, se me ocurrió lo de la máquina.
¿Y si los sueños funcionaran como esas máquinas dispensadoras de refrescos (o de tickets del Metro, o de snacks; sí, preferiblemente la de snacks)? ¿Y si solo necesitáramos de una moneda etérea (¿el zahir, quizá?), empujada hasta su vientre por un tragamonedas, para sacar de ellos lo que nos placiera?
¿Se puede dragar, desvalijar, expoliar un sueño? ¿Cuántas manos, cuántas monedas, cuántas complicidades, cuántas noches se necesitan para la labor? (De plazos habría que preguntarle a Borges por la experiencia de aquel demiurgo accidental, protagonista de "Las ruinas circulares").
¿Y si un hombre (o una mujer, o dos niños tomados de la mano) traspasara el umbral del paraíso en sueños y sacara de esa máquina dispensadora de sinsentidos una flor como prueba de que su alma ha estado de verdad ahí y al despertar se encontrara la flor en la mano (o la moneda, en caso de que la máquina estuviera descompuesta, o un vale para el próximo sueño)? ¿Entonces qué? ¿Qué?
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