lunes 28 de noviembre de 2011

La Historia y sus lugares comunes

“En el Oeste, cuando la leyenda es más bella que la verdad, imprimimos la leyenda”

El hombre que mató a Liberty Valance (1962)


En el libro
¿Qué es la Historia?, Edward Hallet Carr define esta disciplina como “la compilación de la mayor cantidad posible de datos irrefutables y objetivos”. A grandes rasgos, la tarea de un historiador consiste en investigar, documentarse, reflexionar y construir una exposición (y un discurso) de momentos sucesivos, únicos y trascendentales, en una trama cuya consistencia debe provenir de su ordenamiento interno y, al mismo tiempo, de su adscripción a algún discurso de los que predominan en la realidad. Hay, sin embargo, quienes discrepan de la “irrefutabilidad y la “objetividad” a las que alude Hallet Carr, argumentando que a pesar de sus esfuerzos por evitarlo, los historiadores le imprimen una importante carga subjetiva a su trabajo.

En torno a la Historia se han tejido algunos lugares comunes que, a fuerza de ser repetidos, no hacen sino poner de manifiesto defectos vinculados con el problema de la subjetividad y sus alcances. Uno de esos clichés reza: “La Historia es la memoria de los pueblos”. Si partimos del supuesto de que la Historia es una versión, el reflejo de un pasado colectivo tamizado por la visión de un grupo de individuos a los que les asiste la autoridad de un grado académico y una práctica profesional, así como el respaldo de una tradición, el tópico “memoria de los pueblos” se revela absurdo; sobre todo, cuando nos remontamos a episodios álgidos en los que la verdad ha sido rehén del poder y, su encubrimiento, cómplice de excesos contra la dignidad humana.

De algún modo, los pueblos recuerdan lo que se quiere que recuerden (y si son, por idiosincrasia, desmemoriados, peor para ellos, pues quedan más a merced de las versiones oficiales, de los relatos triunfalistas), aunque un pequeño sector –menudo, el de las víctimas– sostenga su propia versión de lo acontecido. Tal es el caso de los familiares de los desaparecidos durante las dictaduras.

Pero, ¿qué sucede cuando se eliminan las pruebas de esos excesos, como ha ocurrido en algunas guerras, masacres y regímenes políticos represivos? ¿Se puede pretender que no existieron y, que por tanto, deben ser excluidos del recuento de los hechos? Parece increíble que grandes atrocidades puedan llegar a ser negadas —en ocasiones, con complicidad de expertos—, como se ha pretendido hacer con el Holocausto, el exterminio masivo de judíos ideado por Hitler a mediados del siglo pasado. ¿Acaso es posible inventar un genocidio? Peor aún, ¿cómo se puede cerrar los ojos ante los cientos de testimonios gráficos y verbales que certifican el horror?

Otra frase hecha sobre el carácter acomodaticio de la Historia es la que atribuye su autoría a “los vencedores”, es decir, a los que detentan el poder y desde allí cuentan las cosas a su manera, esperando perpetuar su relato, su versión, como modo de perpetuarse a sí mismos y asegurar la hegemonía de su visión del mundo (estaremos de acuerdo en que toda versión histórica se construye sobre una armazón ideológica). Esto nos lleva a otra cuestión de interés: ¿en qué criterio se basan los historiadores para contar “sólo lo que es digno de ser conocido”, con el fin de preservar la cultura de una nación? ¿Quién ha decidido, en los entretelones de la tradición, qué es digno de ser conocido y qué no lo es?


Al igual que otras disciplinas, la Historia se construye –como conocimiento– sobre la suma de los esfuerzos intelectuales y la acuciosidad investigativa de un grupo de individuos que, para su tarea, parten de enfoques teóricos e hipótesis diferentes y que, quiéranlo o no, están influenciados por su contexto político y social. Sabemos que, aunque la Historia es una sola, las versiones sobre un mismo hecho pueden ser infinitas, debido a la interpretación particular de cada historiador.


También habría que considerar el problema de las “verdades a medias”. ¿Es objetivo pretender que se da a conocer un conjunto de hechos, al mismo tiempo que se ocultan otros, por conveniencia o afán de consistencia (el caso de los hechos que parecen inexplicables)? Como sucede en el periodismo —aunque en menor grado, pues parte de la ciudadanía tiene cierta conciencia del carácter “mediado” o “mediatizado” de las versiones de lo real que consume a través de la prensa, los noticieros e Internet—, la censura en la Historia puede distorsionar el desarrollo de la cultura con la que el historiador pretende contribuir.


La Historia “nos entretiene o advierte, nos pone atentos”, señala
Alberto Jiménez Ure en un artículo publicado en El Universal en 1995, bajo el título “El drama de la historia y los historiadores”. “Por muy buenas que parezcan sus intenciones, los historiadores suelen ser frágiles exponentes de hechos que les impactan o que conmueven a un gran número de habitantes del mundo. Más serios lucen quienes desestiman elementos que sólo a ellos impresionan, por supuesto. Pero, igual parecen poco severos los que sopesan los acontecimientos de acuerdo con sus adherencias doctrinarias”. El caso es que, si se ocultan desatinos, peligros del pasado para no desentonar con la explicación oficial de los sucesos, esa función de alerta queda desactivada. Las naciones construirán sus vidas sobre pilares falsos, sin saber exactamente de dónde vienen y sin oportunidad de evitar los mismos errores en el futuro.

La educación que recibimos desde niños nos aproxima a la Historia como un conocimiento incuestionable, no sólo por estar compuesta por hechos “irrefutables” —como dice Hallet Carr— sino por su carácter de tradición. Eso, precisamente, es lo que debería movernos a dudar, a ser críticos. Es importante saber qué motiva a los historiadores y qué factores influyen en sus procedimientos para no creer ciegamente todo lo que se dice sobre la Historia, para no creer a pie juntillas en el pasado impecablemente dispuesto, “predigerido”, al que ella nos asoma.

Agradecemos que los historiadores indaguen, contrasten, sinteticen, poden un poco y ordenen los hechos para hacérnoslos comprensibles, pero no deberíamos conformarnos: las distintas versiones que depara ese ejercicio han de ser confrontadas. Quizá con menor meticulosidad; a fin de cuentas, la Historia no es nuestra esfera profesional. Se trata, simplemente, de desconfiar un poco, de mantenernos atentos para distinguir entre lo verosímil y lo verdadero.


0 navíos de paso:

Publicar un comentario en la entrada