
Vengo de lejos, de gente que nunca había visto el mar. Asombros que se llevan en la sangre como en un relicario, incendios que no se extinguen en el vagar de las generaciones sucesivas, conciencia de una ausencia esencial.
La primera vez en mi vida que recuerdo haber visto una piscina corrí a zambullirme en ella de cabeza, sin pensármelo. Solo anticipaba la felicidad inmediata que era aquella alberca hondísima, de club de fin de semana (a la que tuvieron que lanzarse de prisa para sacarme, pues yo no sabía nadar). Tendría cuatro o cinco años. Me pareció fascinante ver tanta agua junta, quieta. O quizás era el canto dormido, el júbilo ingenuo, peligroso por ingenuo, de esos que venían de lejos, de gente que nunca había visto el mar.
Venir de lejos, con una fatiga y una sed de colores que no es de uno, y aprender que no se puede dejar que lo vean frotándose los ojos, como si uno no se creyera la inmensidad, el azul, la alegría disuelta en toneladas de agua. Venir de lejos y quedarse de pie, en silencio, contemplando un llegadero que jamás imaginó. Y seguir siendo, de algún modo, contra la mejor voluntad de conocer, todos esos que vienen de lejos, esas visitas de hablar quedo y mirada esquiva que solo conocen el mar de oídas.
0 navíos de paso:
Publicar un comentario en la entrada