martes, 15 de noviembre de 2011

Una libra de belleza



Una de estas tardes, cuando el sol barra la lluvia, extraiga una libra de belleza de alguno de los bolsillos del aire. Contémplela maravillado: no podría callársela, guardarla, demasiado musical para eso. De todos modos, ella hallaría su cauce: haría saltar cualquier tapa, haría trizas cualquier mordaza, despalillaría cualquier jaula para avasallar a la incredulidad con su brillo.

Acompáñela en su paseo, sea su paje. Ofrézcala a todo el que quiera adorarla: que la toquen, que la mezan, que lloren ante ella, que rabien, que se maravillen. Que tomen una porción y la lleven consigo a casa, para plantarla o inyectársela a medianoche. Que los atraviese el fulgor que lo transparentó a usted al hallarla.

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