
Una de estas tardes, cuando el sol barra la lluvia, extraiga una libra de belleza de alguno de los bolsillos del aire. Contémplela maravillado: no podría callársela, guardarla, demasiado musical para eso. De todos modos, ella hallaría su cauce: haría saltar cualquier tapa, haría trizas cualquier mordaza, despalillaría cualquier jaula para avasallar a la incredulidad con su brillo.
Acompáñela en su paseo, sea su paje. Ofrézcala a todo el que quiera adorarla: que la toquen, que la mezan, que lloren ante ella, que rabien, que se maravillen. Que tomen una porción y la lleven consigo a casa, para plantarla o inyectársela a medianoche. Que los atraviese el fulgor que lo transparentó a usted al hallarla.
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